viernes, 7 de marzo de 2014

Estrenos, celebraciones y sorpresas.

Hoy es un día especial. Estrenan la secuela de 300, peliculón si dejamos aparte lo de cenar en el "infierno" - en el Hades, catetos, en el Hades -, que a mí me gusta mucho.
Hay griegos, batallas, pectorales de maromos guapos y calzoncillos de cuero. Ya seas cinéfilo, te gusten los chicos, o simplemente respires, tienes que verla. En serio. TIENES QUE.
Os dejo el trailer:


Tiene buena pinta, ¿eh? Espero que no la fastidien.

Aparte de eso, también es mi cumpleaños.


Diecisiete ya, como pasa el tiempo...
Espero pacientemente a que las fuerzas del orden entren rompiendo nuestras ventanas para romperme el DNI y darme uno del 98. Vamos, dudo que me dejen tener diecisiete. A mí. Sería muy irresponsable por su parte. Elevaría una queja.
Me gustaría contaros alguna aventura que os haga emocionaros, que os haga levantaros del asiento y aplaudir, o caeros de la silla y revolcaros por el suelo de risa, pero no ha pasado nada especial.
...
Ya, en España no se hacen fiestas sorpresas ni nada chulo.
Pena.
Pero, como ahora soy una adulta de pleno derecho en el mundo mágico - maldita lechuza que perdió mi carta de Hogwarts... -, he decidido que tengo que hacer algo especial.
Y como tampoco le he dado mucho al coco, pues os dejo el prólogo de algo que estoy escribiendo. Y así me fuerzo a mí misma a centrarme en ello, y no ponerme con cualquier otro proyecto. Lo hago mucho. Mucho mushísimo. Y cuando no, fanfic. Y cuando no, series. Y cuando no, libros. Y cuando no, exámenes. Muy inconstante soy, lo sé.
Pues eso, que os lo dejo aquí, y os pido humildemente que lo leáis, saquéis un bolígrafo que no sea rojo - ODIO los bolígrafos rojos - y corrijáis, critiquéis y saquéis cada pequeño, mínimo y liliputiense defecto que pueda tener. Sin miramientos. Sin educación. Quiero maldad. Bueno no, pero objetividad, sí. Miradlo como un regalo de cumpleaños. No os pido a Gary Oldman, después de todo. Ni a Benedict Cumberbatch. Ni a David Tennant. Ni a Eoin Macken. Ni a Jensen Ackles. Ni a Patrick Criado. Ni a Johnny Deep. Ni Nikolaj Coster-Waldau. Ni a Colin O'Donoghue. Ni a Gale Harold. Ni a Martin Freeman. Ni a Hugh Grant. Podría pediros muuuuuuuuuuuuuuuucho más. Me estoy pensando seriamente hacerlo. Pero bueno, con esto me vale.
Gracias por adelantado, queridos maestros del frikismo. Recordad que es mi cumple. Y si comentáis o seguís el blog o cualquier cosa, pues mejor. Porque, inmerecido o no, merito mío o no, es mi cumple. Y mi unicornio os mirará mal si no lo hacéis. Y todo el mundo sabe que si un unicornio te mira mal es que eres un ser deleznable que no se merece vivir. Así que, ya sabéis. No seáis Voldemort, ¡los unicornios molan!




0         Prólogo.


La Bruja del Oeste volvió entrada la noche. Tendió su capa gris ceniza al temeroso aprendiz, y sin mediar una palabra, entró en sus aposentos.
Llevaba un grueso libro, cuya cubierta se estaría deshaciendo en sus manos de no haberla estado manteniendo con magia.
Lo posó con verdadera delicadeza sobre el brillante escritorio, y se sentó ante él. Murmuró un par de palabras, que con el adecuado movimiento de sus dedos, restauró el libro. No mucho, pero lo suficiente. Tampoco era su intención devolverle el aroma de la tinta fresca o algo por el estilo. El libro era y debía seguir siendo antiguo. Simplemente quería evitar que se deshiciese entre sus manos.
Se quitó los guantes de cuero que la habían protegido del frío, y abrió el libro.
La cubierta crujió de forma amenazadora y el fino pergamino que la unía a las hojas se tensó. Posó el cuero endurecido sobre la mesa con todo cuidado y observó fijamente las palabras que la tinta negra dibujaba en la primera hoja. Se le escapó una sonrisa al reconocer el papel de vitela, pero se le borró al recordar las condiciones en las que es pequeña y poco accesible joya había sido almacenada durante siglos. Daba igual su calidad, las huellas del tiempo habían sido rotundas y crueles.
Trazó con una delicadeza y un cuidado extrañamente ajeno a ella el ornamentado dibujo que reposaba bajo el título. Trazó el círculo un par de veces con el dedo corazón, dejando que el olor a pergamino antiguo, la expectación y la euforia que precedía a la lectura, la inundasen.
Pasó la página, y la portada dio paso a las columnas de retorcida letra negra. Tres, para ser exactos. Tres columnas en la primera página. La segunda y la tercera estaban cortadas por el retrato de un hombre maduro. Sus rasgos eran duros y aristocráticos, no especialmente bellos, pero rezumaban dignidad y poder. Esas dos virtudes eran mejores que la belleza.
En una lengua antigua, las palabras, tanto tiempo olvidadas, comenzaban a desgranarse:

“Mi nombre es Másedes, que significa hijo de la tierra. Escribo estas palabras, tantos años después de las acciones por las que seré recordado por la eternidad y las generaciones venideras, bajo un complejo hechizo que alejará a los que carezcan de magia y a los enemigos de mi familia, para que solo mis descendientes puedan acceder a ellas.
Yo soy un brujo, aunque me revelase contra mi pueblo.
Yo soy Másedes I, fundador de Thélarien, rey de las Tierras Arrebatadas, u Orí, como comienzan a ser llamadas por los que en verdad se creen con derecho sobre ellas. Estúpidos. Yo soy aquel que alzó la Gran Cordillera y dividió en dos al mundo. Yo soy leyenda. Yo soy aquel cuyo poder no conoce límites. Yo soy tu ancestro y tu maestro. Y tú, que eres de mi sangre, aprenderás, y obedecerás.”

La Bruja sonrió, divertida. Debería haber puesto un hechizo mucho más global. Las familias de brujos que estaban en las Tierras Arrebatadas, eran como mucho cuatro. Eso quería decir que sólo cuatro familias de brujos, ya extintas, y aquellos que carecían de magia, tenían vetado el acceso al libro.
Siguió leyendo, devorando las palabras de Másedes con expectación y verdadera hambre.
El sonido de las hojas le acompañó toda la noche.
Era un libro grueso, complejo, lleno de cosas que comprobar y asimilar.
Tardó cinco días enteros en leerlo todo. No le dedicó ni un segundo a dormir, y sólo comió aquello que pudo invocar desde sus cocinas sin dejar de leer. ¿Quién necesitaba dormir? Ella no, desde luego. Irse a descansar cuando tenía ese libro entre sus manos, tanto tiempo después, sería tan ridículo e inconcebible que no sabría como reaccionar si la idea apareciese por su mente. Seguramente de forma agresiva.
Sonrió al acabar la lectura, y planes comenzaron a dibujarse en su mente, salpicados de hechizos, sobornos, chantajes y planos de pasadizos secretos que acababa de descubrir.
Pero eso sería después. Una vez agotada la adrenalina y la euforia, el cansancio le sacudía con fuerza.
Sentía sus ojos cerrarse de puro agotamiento, cercados por enormes ojeras. Le dolía el cuello una barbaridad, y toda su espalda estaba en tensión. Bostezó largamente, mientras maldecía a la migraña que se había instalado en su cabeza y sintiéndose algo mareada.
Se levantó de la silla con pesadez y se estiró un poco, acercándose a la cama.
Fue entonces cuando oyó unos fuertes golpes en la puerta.
La Bruja del Oeste esbozó una mueca irritada, ¿cómo se atrevía su aprendiz a interrumpirla en esos momentos? Le había dado órdenes estrictas de no hacerlo.
Con un gesto de la muñeca, todo rastro de cansancio desapareció y ella quedó perfectamente arreglada. Bostezó de nuevo, exhausta, pero no iba a permitir que la viesen débil.
Abrió, entonces, la gruesa puerta de caoba.
Un hombre, a decir verdad bastante atractivo, la atacó con una daga.
No necesitó ni siquiera un movimiento de los dedos para mandarla volando hasta clavarla en el otro extremo del pasillo.
No estaba ayudando a disminuir su irritación.
--Diría --comenzó arrastrando las palabras -- que ha sido un buen intento, pero ni siquiera alguien tan estúpido como debes serlo tú podría creérselo.
Él echó a correr. La Bruja consideró matarlo desde allí e irse a la cama, pero desistió con un suspiro de frustración. Nunca estaba de más saber quién quería matarla.
El joven se había metido en su armería, y ella sintió como la ira comenzaba a bullir en el interior de sus venas. ¿Esa cucaracha se estaba atreviendo a buscar hierro brándico en su propia casa?
--Prepárate para la muerte, bruja -- le espetó, sujetando de la cintura a su esposa.
--Laretián, querida --ironizó --. Veo que has conseguido rescatar a tu maridito.
--No gracias a ti --sus ojos azules ardían devorados por el odio.
--Al contrario, querida, yo te vendí el amuleto que te lo trajo de vuelta.
--Y no se te ocurrió mencionar que el que lo usase moriría, ¿verdad? --preguntó Úfeel con actitud amenazante.
--Se me ocurrió --sonrió con arrogancia --, pero ella no se molestó en preguntar.
--Eres…
--Todo lo que se te ocurra llamarme --le interrumpió sin perder la afilada sonrisa -- me lo ha llamado antes gente más importante, y con más motivo.
--Eres un presagio de dolor y muerte --afirmó Laretián --. Todo lo que se acerca a ti acaba dañado.
--En mi defensa, todo lo que acude a mí suele estar dañado de antes.
--Y por ello --continuó como si no la hubiese escuchado --, tenemos que detenerte.
--El miedo me devora --dijo con sorna; podría haberse reído, pero no estaba de buen humor.
--Debería --Úfeel tiró de una cadena, y la trampa cayó sobre ella.
Lo que una semana antes había sido una lámpara circular, con aros donde enganchar las velas por fuera, cayó ciñendo sus caderas. Sólo habían quitado las velas.
--Es hierro normal --rió divertida. Y furiosa.
--Pero esto no.
Lo primero que pensó al sentir una fina cadena de hierro brándico en el cuello fue que había sido una distracción para que Laretián aprovechase y pudiese atacarla por la espalda. Lo segundo fue que el dolor era tan fuerte como siempre lo era: insoportable. Lo tercero fueron formas de torturar hasta la muerte a los dos.
Se revolvió, furiosa, tratando de arrancarse esa maldita cadena, que comenzaba a hundirse en su carne, quemando como si estuviese al rojo vivo. Laretián no era precisamente débil, pero ella lo era menos.
Sintió un fuerte golpe en el estómago, y se dobló sin poder evitarlo, con lágrimas de dolor y frustración ardiendo en sus ojos.
--Ni se te ocurra, bruja.
Úfeel sustituyó a su mujer, aumentando la presión hasta cortarle la respiración. La Bruja trató de arrancarse la cadena, arañándose el cuello con las uñas, desesperada por un poco de aire.
-Úfeel, ¡rápido!
Se vio arrojada a su propia jaula de hierro brándico. Al dejar de sentir la presión, se arrancó la cadena, que estaba empezando a verse cubierta por una desagradable costra al cerrarse la herida, hundiéndose más en su carne, y la azotó contra los barrotes. Se escurrió entre ellos, produciendo el sonido grave, como campanadas profundas y pesadas, que emitía el hierro brándico.
--Hijos de puta… --temblaba violentamente por la ira.
--Puede que no se os pueda matar, pero tú no vas a salir de ahí.
La bruja rió, estallando en llamas verdes que bailaron ante la sorpresa del matrimonio.
--Vuestro plan tiene un pequeño fallo.
--Puedes hacer magia ahí dentro, pero ni tú ni tus hechizos podéis atravesar esto --dio un par de palmaditas a los barrotes con aire satisfecho.
La Bruja se abalanzó sobre los barrotes, aferrándolos fuertemente con las manos, ignorando el humo que surgía ante el contacto y el dolor agónico que recorría sus brazos hasta electrificar sus clavículas, con el rostro desencajado en una aterradora mueca y sus ojos reducidos a dos esferas negras, con finísimos arcos del un color miel cambiante cercándolas.
--Saldré de aquí --les espetó --. Y os arrepentiréis de este día.
--Vamonos, Laretián --le indicó, volviendo a rodear su cintura con el brazo derecho, pero sin apartar la mirada, fingidamente impertérrita, del rostro de la bruja.
--¡Os maldigo! ¿Me estáis oyendo? ¡Os maldigo! Saldré de aquí y os arrancaré a vuestra hija de los brazos. ¡Lloraréis lágrimas de sangre cuando acabe con vosotros! Pagaréis este momento hasta el mismo instante de vuestra muerte, ¡lo juro por mi nombre y por mi sangre!
--¿Hija?
--No le escuches, Laretián, sólo quiere hacernos daño.
--Sí, no me escuches, Laretián. Podría contarte la verdad sobre las ereidas.
--¿Qué verdad? ¿De qué estás hablando?
--Laretián, no la…
--¡No les encierran, Laretián! --rió -- Mientras tú te desesperabas buscándole, él estaba disfrutando con seres del agua, preñándolas de pequeños bastardos. ¡No duran dos meses, Laretián! ¡Las que mataron a la pobre enamorada eran sus hijas! ¡Él yació con sus propias hijas! Y lo disfrutó, querida, siempre se disfruta con una ereida.
--¡Mientes!
La mujer rió, soltando los barrotes con un gesto de desdén. Enormes marcas de piel quemada y sangrante decoraban ahora las palmas, y de ellas surgía un olor ácido y podrido que resultaba asfixiante.
--Sería tan sencillo entonces, ¿verdad? La malvada bruja está mintiendo, todo lo que nos dice es falso, sólo son mentiras para hacernos daño. Pena que me confundas con las hadas, las brujas no mentimos. Manipulamos, omitimos información, jugamos con las mentes, hipnotizamos… Pero no mentimos. No nos hace falta hacerlo.
--¡No es cierto!
--Oh, te encantaría eso, ¿verdad? Te encantaría saber que no sembró los estanques de agua dulce con sus pequeñas bastardas, que no yació con ellas, y que nunca volverá a disfrutar en tu lecho después de una experiencia como esa. Te encantaría. Pero sabes que tengo razón.
--¡No la escuches, Laretián! ¡Sólo trata de dañarte!
--Por supuesto --admitió con superioridad --, pero eso no quiere decir que no sea cierto.
Ella miró de uno a otro alternativamente, antes de sepultar el rostro en el pecho de su marido.
--Vamonos, Úfeel.
--¡Os arrepentiréis de este día! ¡Os arrepentiréis! ¡Tú sabes la verdad, Laretián! ¡Sabes que tengo razón! --les gritó mientras salían del lugar.
Fue entonces cuando reparó en el cadáver de su aprendiz, oculto detrás de la mesa de las espadas. Nadie acudiría.
Soltó un largo aullido, lleno de frustración y desesperación. Incluso los barrotes de hierro brándico se doblaron momentáneamente, impactados de lleno por el alcance de su ira.




Bueno, es un mero prologo del que no se puede sacar mucho, ni para lo bueno, ni para lo malo, pero seguro que algo podréis decirme. ES MI CUMPLE. Sé que abuso de ello, pero es solo una vez al año. Y no celebro los no-cumpleaños, así que tengo más derecho.

Un abrazo muy fuerte a todos vosotros. Mucho love.


PD: Mi madre me ha hecho una tarta y Sofía me ha mandado una canción de feliz cumpleaños por twitter. Si vosotros no hacéis nada, vais a quedar fatal...

domingo, 2 de marzo de 2014

El desfile de modelos de StoryBrooke

He acabado Once Upon a Time. Y, joder, que de cosas han pasado.
Supongo que esperaréis mis lágrimas, mis quejas, y mis amenazas, por eso de que mi personaje favorito y el mejor de la serie y la persona más inteligente y maquiavélica y fantástica de cualquier mundo haya muerto. Las tengo. Muchas. Porque vamos, hay que ser cabrones.


Acabé tal que así:


No es justo PARA NADA. Pero no vengo a hablar de ello. Venga, Rumple está vivo. Él y Bella volverán a estar juntos y le darán a Baelfire un hermanito. Lo tengo clarísimo, vamos.


En todo caso, dejando a un lado el rumbelle, la maravillosidad de Henry, el que hayan jodido mi infancia volviendo a mi amado Peter Pan el malo y al tristísimo final que no era nada feliz por mucho que diga Blancanieves, hoy vengo a hablar de otra cosa.
Esa cosa, tiene que ver con Emma, porque, hoy, toca un repaso a la vida sentimental de la susodicha.

Si bien Emma ha sufrido un taco durante toda su vida y no ha tenido muchas relaciones, debemos reconocer que no es por falta de oportunidades, ya que StoryBrooke, más que el tablero de juego de una maldición, y sobretodo de Rumple, parece un desfile de modelos:

1. Neal/Baelfire:


Si bien de niño/adolescente era mucho más mono, como hombre adulto tampoco tiene desperdicio alguno. Sí, definitivamente adoras a Baelfire desde que le ves por primera vez, y es imposible no tener aprecio a alguien con tanto encanto como Neal.
Su relación fue muy bonita y muy romántica, con el escarabajo amarillo - y también explica porque Emma no cambiaba el coche con todos los arañazos que acabó teniendo y con lo feísimo que era -, Tallahassee y la postal para poder volver.
Por otra parte, si yo estuviese enamorada de mi novia y me apareciese un motero a alejarme de ella, le daría un puñetazo en la nariz y no saldría huyendo al oír mi propio nombre. Vale, puede que no esté siendo objetiva porque mi shipp es otro, ¡pero es que es cierto!
En todo caso, Neal es genial, un buen padre para Henry, y yo les shippee hasta la aparición de Hook, así que...

2. Graham/Huntsman:


Puede que durase poco, pero no me neguéis que eran monos. Y que el cazador está empotrable que no veas. Vamos, si hasta el subconsciente de Regina ideó parte de la maldición para poder trajinárselo. A mí me caía muy bien y me parece totalmente injusto que lo matasen. Eso estuvo feo, que Graham molaba mucho.
Sé que no tuvo mucha repercusión, pero le guardo cariño al pobre, y me pareció que su historia fue demasiado cruel. Y que Regina era muy patética si necesitaba arrancarle el corazón a un hombre para llevarlo a la cama. Pero eso ya es otro tema.
En todo caso, esto nos da un mensaje muy claro: Emma no quiso a Neal siempre.
Le quiso en su día, y a lo mejor ahora le vuelve a querer - NO -, pero él recuperó su memoria con un beso de amor verdadero, no de seudo-amor-verdadero-corrompido-por-el-recuerdo-de-otro. No. AMOR VERDADERO. Lo que significa que Emma solo está confundida y ha superado a Neal. Lo significa.

3. Jefferson/El sombrero loco:


Sé que no estaban liados, pero durante un tiempo había esa posibilidad. Y el sombrerero está... Como está el sombrerero, por amor de Chuck. Y esos pañuelos en el cuello, vale, eran para tapar las marcas, pero le quedaban... Como le quedaban, al cabrón.
Y, por favor, ¿nos os caíais muertas de amor cuando estaba con Grace? Grace era taaaaaaaan mona, y él era tan guay y la quería tanto y sufría de una manera...
No sé, yo le habría dado una oportunidad.

4. August/Pinocho:


Yo creí que, realmente, esos dos se iban a liar. Vamos, lo tenía clarísimo. Por supuesto, no contaba con que August fuese Pinocho, y menos con que se convirtiese en madera, y menos con que después volviese a convertirse en un pipiolo pelirrojo. Me cabreó eso. Que sí, que lo necesitaban para que no contase lo de Tamara. Que sí, que Gepeto se merecía ese tiempo con su hijo. Si yo lo sé. Pero tienes a un motero buenorro y escritor, y no es lo mismo tener luego a un niño vestido de pardillo. Duele.
En todo caso, hacían una pareja bastante mona.
Y él era excesivamente ::el unicornio turquesa aparece con un cartel de CENSURA y no se oye:: sobre esa moto, no me lo neguéis.

5. Killian Jones/Captain Hook:



Es un pirata, y ya sabéis que la de un pirata es la vida mejor. Y es un pirata que le echa morro. Y es un pirata romántico. Y en realidad es un hombre de honor. Vamos, es una pizca de Jack Sparrow, una taza de pirata Roberts, unas cucharaditas de heroísmo y un cuerpazo de ::vuelve a salir el unicornio con el cartelito de CENSURA, y se pone a bailar claqué con las patas traseras para entreteneros porque va para largo; pasan cinco minutos hasta que se va::. Uff, si es que le cogía por banda y...
Bueno, pues eso.
Y además, es monísimo y es imposible que te caiga mal. En serio. Vamos, casi mata a Rumple y pegó un tiro a Bella que fue causante indirecto de que se convirtiese en Lacey ::se estremece con cara de asco::. Son mis dos personajes favoritos y shipp predilecto. Y le amo. Es imposible que te caiga mal.
Ya no digamos esas frases que tiene, porque son para morirse.




Vale, sé que el último no es la escena en sí, pero es genial y maravilloso, me reí mucho, y no quería buscar otro.
En todo caso, Emma, que es un poco lela, no se le lanza encima para hacerle a Henry un hermanito. Lo sé, lo sé: inteligible. Cuando éste se le acerca a decirle que sigue amándola, y que aunque ella no pueda recordarles la recordará cada día, sólo consigue un "Good". ¡Ni siquiera un abrazo como le da a Neal! Me indigno.
Y están Emma y Henry desayunando, tranquilos y desmemoriados, cuando llaman a la puerta. Esto fue lo que pasó en mi cuarto:



Artemisa: Que sea Hook, que sea Hook, que sea Hook, que sea Hook...

::Emma se acerca a la puerta ::
A: No va a ser Hook, seguro que es Neal.
::Emma abre la puerta::
::le da a pausa::
A: ¡¡¡ES HOOOOOOOOOOOOOOOOOOK!!!
H: Emma... ::sonrisa matadora; intenta entrar::
E: ¿Quién eres tú? ::desconfiada, parándole y en inglés::
H: Necesitamos tu ayuda. Algo ha pasado. Algo terrible. Tu familia está en problemas (aprox.) ::mirada matadora porque no tiene otra::
E: Mi familia está dentro. ¿Quién eres? ::comenzando a cabrearse::
H: Sé que no me recuerdas, (frase en inglés que no acabo de pillar en el vídeo) ::la besa::.
A: KIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIISSSSSSSSSS!!!!! ::convulsiona::
E: ::patada en la entrepierna y le separa estrellándolo contra la pared::
H&A: Auch! ::gesto de dolor::
H&E: (conversación alterada)
E: ::cierra la puerta en sus narices a mitad de su frase::
Henry: ¿Quién era?
E: Ni idea, alguien ha debido dejarse la puerta de abajo abierta.
A: ¡YO LA DEJO ABIERTA Y NO ME VIENEN PIRATAS BUENORROS A COMERME LA BOCA, GUAPA! ::llora; da saltos; convulsiona; grita "Hoooooooooooook...!"::


Ver series conmigo es toda una aventura, como habéis visto.
En todo caso, espero que mi shipp funcione. Porque vamos, es Once Upon a Time, en estas series los shipps sieeeeeeeeempre se hacen realidad. Espero.

PD: No sé porque, pero me muero por saber como lían a Regina con Robin Hood.
PD2: Que Mulan estuviese colada por Aurora y no por Felipe es muuuuuy fuerte.
PD3: La próxima temporada empieza coordinada con mi época de exámenes, ¡me cago en todo!

miércoles, 26 de febrero de 2014

Alanis: Capítulo 2

Bueno, pues aquí estoy de nuevo.
En primer lugar quiero decir que Laura y Martín son OTP y que ambos se fueron juntos después de que ella viese a Jacobo rehacer su vida. Es un símbolo de su amor puro y verdadero.
En segundo lugar quiero que veáis la serie.
En tercer lugar quiero que veáis también Velvet.
En cuarto lugar quiero que veíais B&B porque me he visto del tirón los dos capítulos que llevan y son geniales y me encantan mucho.
En quinto lugar quiero que alguno rechace a un par de horas de sus días y me las ceda, porque no me llegan las horas, y eso está feo.
En sexto lugar voy a colgar el segundo capítulo de mi fic Alanis.
Sé que algunos os negaréis a leerlo porque flipé mucho con lo del caldero. No os guardaré rencor. Pero os perderéis el siguiente capítulo en el que Álvaro abre su corazón en un aeropuerto. Y el que avisa no es traidor.
Dedicado a la suma sacerdotisa, que es un faro iluminado en la senda del kenal. Y hay que hacer piña:





2          De porras, cereales insípidos y resacas.


Ariadne abrió tanto la boca que podían contársele los empastes. La cantidad era inesperada para los que no sabían su adicción al dulce.
Tania inclinó ligeramente la cabeza, sin saber si había entendido bien el mensaje o era una jerga de ladrones.
Jero tenía el rostro desencajado, y parecía sinceramente incrédulo.
Deker Sterling se sorprendió, soltó una corta risotada, y tendió la mano abierta a su amigo.
-Me debes veinte euros.
Álvaro arqueó una ceja.
-¿Tú sabías algo de esto?
-Sabía que la guerra que se traían Edwar y Jacob era por ti, Bella, lo del bebé ha sido una inesperada sorpresa.
Hizo una mueca ante las referencias a Crepúsculo.
-Más bien es un culebrón venezolano. Y una broma. ¿Verdad?
La esperanza brillaba en el rostro de Ariadne, esperando la confirmación de que todo había sido una broma absurda.
-Lo siento, pero no. Tendrás un primo – confirmó Felipe.
-No sabes si es tuyo.
-Dudo sinceramente que tú cuentes como hombre.
-Dudo sinceramente de que alguno de los dos sobreviva los nueve meses necesarios para descubrirlo a menos que os calléis.
Ambos obedecieron ante el tono de Álvaro, frío, cortante, ligeramente arrastrado, y lleno de ansias asesinas.
-Y… ¿Habéis elegido nombres?
-¿Crees que provocar a un asesino furioso es una buena idea?
-Buena no, pero, ¿divertida? Divertida es un rato.
Felipe tosió para llamar la atención.
-Os contamos esto porque confiamos en vosotros…
-Y os ibais enterar de todas formas – añadió Kenneth.
-… pero debe quedar en el más absoluto secreto.
-Bueno, no es cómo si alguien fuese a creérselo – mencionó Jero.
-¿Eso es bueno o malo?
-No lo tengo muy claro, estoy en shock.
-Esa no es excusa. Apoquina.
Jero refunfuñó mientras sacaba la cartera.
-Quién podría haberlo imaginado…
-Yo pude.
-Tú no cuentas.
-¿Sabéis que es lo peor? – añadió Tania; todos le miraron – Que lo del bebé inesperado y secreto sí que es parte de la trama de Crepúsculo.
-Tania, ¿por qué eres tan cruel conmigo? – se lamentó Álvaro.
-Sólo prométeme que si es una niña no la llamaréis Renesmee.
-¿Ese nombre existe?
-No, fue una amalgama entre los nombres de las abuelas. Fue un detalle bonito, pero el nombre no es que quedase muy bien, a decir verdad.
-Carpetera – tosió Deker.
-¡Dejad de decir eso, jolín!
-Cada vez que dices “jolín” muere un hada.
-¿Eh?
-Referencias a Peter Pan aparte, creo que la conversación a terminado – sentenció Álvaro levantándose para salir.
Kenneth y Felipe se apresuraron a seguirle, seguramente para tratar de convencerle de que se quedase, llorarle, o suplicarle.
-Esto es… Raro.
-Rarísimo.
-Quiero decir – continuó Ariadne –, ¿alguno ha entendido con cual de los dos está?
Hubo unos segundos de silencio.
-Yo creo que ni siquiera ellos lo saben – resolvió Jero.
-Mi tío parecía querer desmembrarles a los dos.
-Yo creo que esta situación exige una porra.
-¿Una porra?
Deker se levantó para coger una libreta al azar y un bolígrafo.
-¿De quién decís que es?
-¿Te parece apropiado hacer esto? – le preguntó Tania cruzándose de brazos con actitud reprobatoria.
-No – reconoció haciendo la tabla –. Yo voto porque es de Murray.
-¿No le odiabas? – le recordó Jero.
-Es un compromiso; él es inglés.
-Mi tío es medio inglés – mencionó Ariadne.
-… Ya me he puesto en la tabla.
-Yo voto por el profe, con lo de la máquina de escribir se portó.
-Eso no tiene nada que ver – bufó Ariadne.
-¿Y entonces, Rapunzel?
-Está claro que es de mi tío. Apúntame cinco euros.
-¿Cinco? ¿Qué clase de sobrina eres?
-Yo no voy a poner más de diez, ya me he arruinado con nuestra última apuesta – declaró Jero.
-Yo pongo quince por Felipe.
Todos miraron a Tania, que se sonrojó.
-El profesor Murray no parece tener genes dominantes, ¿vale?
-¿Te parece apropiado? – preguntó Deker sarcástico.
-¿Tienes miedo a perder o qué? Apúntame de una vez.
-Yo subo a veinticinco – añadió Ariadne.
Deker lo apuntó, riendo entre dientes de una forma que habría hecho estremecerse a todas las madres del mundo.


-Habla más despacio – pidió Mateo frotándose el puente de la nariz –. ¿Qué le ha pasado a un caldero?
-Voy a ser padre, Mateo. ¡Yo! ¡Si ni siquiera supe ser hijo, ¿cómo voy a ser padre?!
Mateo suspiró, sin haber pillado la referencia a Física y Química y sin saber como reaccionar a las noticias de su amigo.
-¿Estás seguro de eso?
-En ese caldero hay algo. Y está creciendo – su mano tembló descontrolada cuando se la pasó por el pelo.
-Bueno, a ver, sé que es impactante, pero no tiene porque ser necesariamente malo.
Al ver su mirada, decidió callarse.
-Es algo malo. Es algo horrible, Mateo. Voy a tener un hijo. ¡Yo! ¡Y ni siquiera sé con quién!
-¿Y quién quieres que sea?
-¿Eh?
-¿Quién quieres que sea el padre?
-Yo… ¿Cómo esperas que lo sepa?
Mateo le fulminó con la mirada.
-Pues eso es lo primero que tienes que saber. ¡Aclárate! Si lo hubieses sabido desde un principio nada de esto habría pasado.
-¡Es que no lo sé! Es decir, cada uno es… Y yo… Y ellos… ¡No lo sé! ¡No lo tengo nada claro! ¡Ambos son idiotas!
-Sí, ¿pero cuál es tu idiota?
Su amigo le miró sin poner ninguna expresión.
-¿Me estás vacilando?
-Cuando te aclares, podrás actuar en consecuencia. Hasta entonces, métete en tu casa y no respondas al teléfono.
No es que hubiese mucho más que hacer, después de todo.

-Felipe.
Mateo siguió hundiendo sus cereales con la cuchara sin variar la expresión.
-Felipe, ¿qué?
-Quiero que el padre sea Felipe.
Mateo cambió de oído el auricular para echarse azúcar.
-¿Y por qué?
-Estoy siendo objetivo – explicó; Mateo podía ver el aspaviento sin esforzarse –. Felipe es rey, y Kenneth miope.
-Así que le has descartado por ser miope.
-No me molesta que sea miope – replicó; Mateo oyó un murmullo acerca de gafas eróticas, pero decidió ignorarlo –, pero si mi hijo lo evita, mejor.
-¿Ese ha sido tu criterio? – preguntó con un suspiro – Estás eligiendo un novio, no un semental.
-No ha sido sólo ese – se defendió –, también he investigado para saber si hay casos de calvicie en sus familias.
-Es una broma – masculló pescando los cereales con la cuchara –, ¿y si no hubiese gafas ni calvicie?
-… Las hay.
Mateo suspiró, probándolos. Sabían a cartón.
-Déjate de gafas, calvicies, y tendencias a las enfermedades coronarias. El niño está encargado. Búscate novio.
-Tú me preguntaste quien quería que fuese el padre – le recordó.
-De forma sentimental, no genética.
-Llevo buscándolo de forma sentimental meses, y no me he aclarado.
-Pues date prisa, el niño no va a esperar a que te decidas.
-¿Quieres meterme presión por alguna razón en particular?
-A ver, Álvaro, eres consciente de que no tenemos quince años, ¿verdad? – preguntó mientras leía la parte de atrás de los cereales.
-¿A qué te refieres?
-Esto podría ser un tema al que dar vueltas si fuésemos adolescentes. Y tuviésemos pechos. Decídete por uno y punto.
-No es tan fácil.
-Ni tan difícil.
-He pensado en tirar una moneda al aire.
-Si haces eso tendré que pegarte – le advirtió –. Se serio, Álvaro, es importante.
-¡Es que me gustan los dos!
-Pues dudo que quieran montarse un trío, así que tendrás que hacer algo.
-¿El qué?
-No lo sé, prueba a buscarlo en Google – ironizó.
Hubo unos instantes de silencio.
-De perdidos al río.
Mateo suspiró ante los pitidos del teléfono y lo dejó en su sitio.
Miró la caja de cereales integrales y volvió a suspirar. Adiós a su iniciativa de dieta sana. Los tiró a la basura y sacó los churros congelados del congelador. Encendió la freidora mientras tatareaba Yellow Submarine, de los Beatles.


La búsqueda en Google no había dado resultados. Se lo esperaba, pero Álvaro volvía a estar sin ideas.
Empezaba a considerar subirse a la mesa y cantar una canción sobre sus sentimientos, esperando que la tostadora cobrase vida y le diese una solución como si estuviesen en una película de Disney.
-Si estuviese aquí la señora Potts…
Cuando tu última esperanza es una tetera de dibujos animados, sabes que has llegado a un punto muerto.
En ese momento, Álvaro tomó una decisión. No fue una decisión que cambiase su vida. No todo apareció claro en su mente. No hubo ningún cambio significativo, más que el cómo sus hombros se destensaron, y la resignación inundó sus rasgos.
No era capaz de elegir.
Seguir esforzándose y dándole vueltas a las cosas carecía de todo sentido.
Que fuese el caldero el que eligiese.
Al relajarse, su cuerpo se hundió más en el sofá, pero Álvaro no se movió un ápice. Continuó mirando al techo, con la mente en blanco.
Y sonó el teléfono.
-¿Sí?
-Álvaro, soy Dylan.
Recordaba a Dylan, o Jesús, como decía su DNI. Rubio, ojos marrón chocolate, buena musculatura, sonrisa bonita y un culo de infarto. Lo había conocido unos años atrás, y ambos habían congeniado rápido. Era un buen compañero para ir de fiesta.
-Hola, Dylan, ¿cómo estás?
-Me he enterado de que has vuelto a Madrid, ¿cuándo ibas a llamarme?
-He estado ocupado – se excusó.
-Tienes que venir de fiesta esta noche, han abierto un club genial, te va a encantar.
La definición de un club genial que tenía Dylan, era aquel en el que había camareros guapos.
-No sé… Tengo mucho trabajo – mintió.
-Siempre tienes mucho trabajo. ¡Somos jóvenes! No te matará una buena juerga.
Álvaro suspiró. No tenía cuerpo para fiestas, pero las paredes de su piso se hacían más pequeñas por minuto, y empezaba a ahogarse ahí dentro. Además, en nueve meses no iba a poder salir por la noche…
-¿Voy a recogerte? – accedió.
-No hace falta, paso yo a por ti.

Como habíamos mencionado, Álvaro era una sartén de teflón para la fealdad, simplemente le resbalaba sin afectarle lo más mínimo. Y, además, era bastante coqueto. Por lo cual, siempre estaba guapo y perfectamente arreglado.
Esa noche batió su propio record.
Brillaba con luz propia, resaltando entre la gente.
Bebió hasta marearse, bailó durante horas, y consiguió veintiún números de teléfono.
La resaca al día siguiente fue brutal.
Sacó lentamente la colcha de encima de su cabeza, e hizo una mueca al sentir la luz natural en la cara. ¿Quién había abierto las cortinas? Se giró, apretando sus maltratados ojos contra la almohada para evitar esos rayos malignos venidos del mismo averno.
Sintió el hombro de alguien en su mejilla.
Se tensó automáticamente.
Él nunca llevaba extraños a su casa.
Giró lentamente la cabeza, para ver el rostro dormido de Felipe Navarro a su lado.
Le gustaría decir que no soltó un grito y se cayó de la cama.
Pero no siempre tenemos lo que queremos.
También le gustaría decir que no fue un grito extremadamente femenino y agudo.
Pero Álvaro, ante todo, es un hombre sincero.


Felipe era una persona capaz de pensar en un millón de cosas a la vez. Siempre lo había sido. Pensaba en mil cosas y conseguía prestarle una atención adecuada a cada una de ellas. Orden en su desorden mental. Él era así, un desorden largo y extenso, dentro del cual había un orden propio. Intrínseco.
Por eso, le resultaba incómodo y exasperante tener un pensamiento monopolizando su cuidado orden mental.
Ese pensamiento era Álvaro.
Y es que era ilógico. Era absurdo. Era un sinsentido.
Porque le conocía desde hacía años, y esos sentimientos siempre habían sido suaves, tranquilos, mansos. Siempre habían estado en un segundo plano.
Ahora monopolizaban su mente.
Álvaro, Álvaro, Álvaro, Álvaro.
Se preguntó cómo era posible que quedasen en algún momento ocultos por una chica cualquiera. Ni siquiera cuando estaba obsesionado con ellas causaban los estragos que causaba el recuerdo de Álvaro.
Constantemente.
Se preparaba unas tostadas y recordaba su sonrisa. Intentaba concentrarse en las cuentas del internado y pensaba que, coño, él había tocado esas hojas, las había organizado, las había redactado, seguramente con una mueca de aburrimiento. Se servía una copa para tratar de relajarse, y recordaba que él lo había hecho ese fatídico día, veía como si estuviese allí el movimiento de sus hombros mientras servía, y el efecto de la luz en su cabello rubio. Pero lo peor era cuando llegaba de improviso, cuando veía ese recuerdo enterrado por los años sin ninguna relevancia pero le ponía la carne de gallina. Un mechón de cabello sobre la frente. Dedos largos y suaves retirándolo, ocultando menos de un segundo sus ojos azules. Los dedos, hábiles, colocándolo tras su oreja, acariciando en un roce la carne suave y flexible antes de caer como si nada. Ese pequeño tirabuzón que formaba el mechón rebelde, doblado contra el lóbulo, atrayendo la luz. Sentía ganas de llorar de frustración cuando recordaba ese mechón y ese roce. Ni siquiera estaba seguro de si ese recuerdo era real.
A veces, bajaba a la cámara de los Objetos y miraba el caldero, brillando con esa luz rosada. Sentía, entonces, una presión el pecho tan fuerte que podría vomitar sus pulmones y su corazón. Porque estaba aterrado. Porque no quería ser padre. Porque quería que fuese suyo. Porque necesitaba a Álvaro en esos momentos y no lo tenía.
Nunca lo tocaba.
Nunca.
No se atrevía a alargar la mano hasta él y tocarlo.
Seguía pensando que no podía ser real, que todo era un extraño sueño.
Pero no lo era.
No lo era.
-Mucho has tardado – suspiró Gerardo, poniendo los ojos en blanco mientras él se abrochaba el abrigo.
-Encárgate de todo.
-Volved rápido – le ordenó.
-¿Plural?
-Oh, vamos, he visto esto desde el principio. Puede que Álvaro haya cogido cariño a Murray, pero lo vuestro viene de atrás.
Felipe le dedicó una sonrisa tan amplia que podría haber iluminado media España en Navidades. Y sin que las bombillas de los adornos fuesen de bajo consumo.

Todas sus fantasías de comedia romántica se desmoronaron al ver que no estaba en casa.
Suspiró con pesadez, y se sentó en el sofá a esperar. No pensaba irse sin hablar con él. No iba a levantarse de ese sofá hasta que volviese.
Incumplió eso último un par de minutos después para quitarse el abrigo. Y diez minutos después de eso se sirvió un vaso de agua. Y veinte minutos después de lo último tuvo que ir al baño. Pero aparte de eso, no se movió. Porque el mando de la televisión le quedaba cerca y no tuvo que levantarse.
Tres horas después de su llegada, Álvaro apareció por la puerta.
No le veía tan borracho desde el Incidente Edimburgo.
-¿Dónde has estado?
-De fiesta – su voz sonaba espesa e insegura –. ¿Y tú que haces aquí?
-Quería hablar contigo.
-Hablar, ¿así lo llaman ahora? – rió – Todo el mundo ha querido hablar conmigo esta noche, estoy servido.
-Lo que estás es borracho.
-Puede – admitió encogiéndose de hombros –, pero también servido. Los cuartos oscuros son el mejor invento desde el vodka.
-Te llevaré a la cama – suspiró.
Álvaro se apartó de él, tambaleándose violentamente.
-Tarde. Muy tarde. Tuviste años para llevarme a la cama. Ahora no quiero.
-Necesitas dormir – le explicó cogiéndole con delicadeza y llevándole a su cuarto.
-Siempre había otras – sollozó apoyando la cabeza en su hombro –. Siempre. Lo hacías siempre. Una, y otra, y otra.
-Lo sé – susurró algo inseguro –. Lo siento.
-Y eran más feas que yo.
-Todo el mundo es más feo que tú – rió.
-Y malignas.
-Ahí tienes razón.
-Y estúpidas.
-Ahí ya no.
-Y ni siquiera te atreviste a besarme. Nunca. En todos esos años – le reprochó mientras él le apoyaba en la cama.
-Era un crío verdaderamente estúpido – se disculpó.
-Hazlo ahora.
-¿Qué?
Antes de que pudiese reaccionar, Álvaro le estaba besando con ansias. Felipe no pudo contener un gemido, pero le separó.
-Estás borracho.
-Mucho – admitió riendo, con expresión traviesa.
-Necesitas descansar.
-Aburrido.
-Duerme – le ordenó con dulzura, retirando ese mechón rebelde de cabello rubio que a veces, sólo a veces, le caía sobre la frente.
-Felipe.
-¿Sí?
-Te he mentido.
-Te perdono.
-No estoy servido.
-¿Eh?
Felipe se reprendió a sí mismo, parecía que el borracho era él por no enterarse de nada. Trató de separarse de Álvaro, otra vez, pero no es que estuviese en su mejor forma física, y su viejo amigo era más fuerte de lo que parecía.
Además, su cuerpo había estallado en abierta rebelión contra sus órdenes mentales. Su cerebro gritaba “no”, pero el resto era “sí”. Lo gritaba, lo chillaba, lo gemía. Sintió un ramalazo de celos al preguntarse donde había aprendido a besar así. Celos que no tenía derecho a tener. Era un puto pecado. No, Álvaro, era el pecado hecho carne. Pensar en pecado y en carne no ayudó, precisamente. Su último pensamiento coherente fue “mierda”, al oírle gemir contra su boca.
Uno era humano, después de todo.

-¿Qué ha pasado aquí?
Álvaro, despeinado, sonrojado, y algo horrorizado, le miraba desde el suelo de la habitación. Habría sido divertido de no ser por la parte del horror.
-¿No te acuerdas? – bostezó.
-Me acuerdo de que salí de marcha, y que Dylan me trajo a casa, y… – cerró los ojos con fuerza, apretándose la sien – Oh, Dios.
-Te acuerdas.
-¡Oh, Dios!
-¿Estás bien?
-¿¡Cómo voy a estar bien!? ¡Estaba como una cuba, Felipe! ¿Cómo has…?
-¿Yo? Fuiste tú el que casi me viola, te lo recuerdo.
-¡Estaba borracho!
-Bueno, eso es exclusivamente culpa tuya.
Estaba ligeramente irritado por un despertar tan alejado de lo que esperaba. Y por ese tal Dylan.
-¿Se puede saber que hacías en mi casa?
-Quería hablar contigo.
-¿De qué?
-De nosotros.
Álvaro le miró con incredulidad, sin hacer todavía movimiento alguno para levantarse del suelo.
-Fuera.
-Álvaro…
-Fuera antes de que te mate.
-Pero yo…
-¡Fuera!





Bueno, pues ya veis lo que ha pasado. La cosa no acabará así. Se va a liar. Si Álvaro no da la impresión de estar borracho lo siento mucho. Soy una niña buena y puritana que nunca ha tomado más que un sorbito de vino ni ha visto a nadie borracho fuera de la tele. Lo sé. No lo digáis. Es triste.
¿Y vosotros que opináis? ¿Felipe se aprovechó? ¿Álvaro está exagerando? ¿Debería haber escrito lo que pasó esa noche? Obviad la última pregunta. O no. Mientras comentéis... ;P