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domingo, 5 de enero de 2014

Bodas

Bueno, se suponía que esto era una comedia romántica. Se suponía. Porque no lo es. Hay una boda, pero apenas tiene humor. Me dejé llevar por el drama. También, es que una boda de conveniencia no es divertida.
...
En todo caso, no es que me convenza mucho, sobretodo el final, pero os presento la boda de Kenneth y Ariadne - no, no la he escrito mal, es con Kenneth, pero confiad en mí -. Dedicado especialmente a esta foto:



Que después de todo, en gran parte es la culpable de que estéis leyendo esto. Lo digo sin miedo porque no seríais capaz de linchar a alguien tan mono como a Martin Freeman, ni a alguien tan sherlockniano como Benedict Cumberbatch.





Bodas.



Se sentía verdaderamente incómodo.
Kenneth ajustó de nuevo la pajarita, pero sabía que no era por eso. No, su incomodidad no tenía nada, absolutamente nada, que ver con la ropa. Aunque esta no ayudase.
Llevaba un chaqué clásico, con un chaleco de color claro y una pajarita. Nunca había tenido problemas con la ropa elegante, pero en esa ocasión… Se sentía ridículo.
Le quedaba bien, por supuesto, pero se disponía a salir a la catedral de los ladrones, oculta en las entrañas de Lyon, y a la que la gente consideraba la mayor obra arquitectónica jamás construida. Y lo haría para colocarse al lado de Ariadne. Podía recubrirse de oro, y seguiría pareciendo pequeño e insignificante al lado de ambas.
Por supuesto, no era eso lo que le molestaba, realmente. El sentirse menos que Ariadne era algo que había asumido. Era algo global. Y la catedral, era la catedral. Ni el mayor de los ególatras podría considerarse por encima de algo tan hermoso.
El problema, era lo que había pasado esa noche.
Había pasado poco más de una semana desde entonces, y no sabía muy bien si le había parecido una eternidad o unos segundos.
No había tenido una despedida de soltero, propiamente dicha. No había ido a un local de strepteasse, ni a las Vegas, ni a ningún lugar que saliese en las películas. Sólo había sido una pequeña cena.
Después de todo, sólo había invitado a una persona. Su familia estaba ansiosa por ir, por relacionarse con gente de mayor estatus social y medrar, pero él se sentía demasiado cansado como para concederles ese estúpido capricho. Dijo que no la celebraría, ellos tuvieron que fastidiarse, e invitó a Álvaro a un restaurante.
Ambos cenaron, rieron, y se lo pasaron bien, pero no estaban del todo cómodos. Por una parte, Álvaro consideraba a Ariadne como a una hija, y sabía que detestaba la idea de la boda, por lo que no podía sentirse cómodo en su compañía.
Y después… Después estaba esa tensión. Entre ellos, con el paso de los años, había ido creciendo cada vez más y más. Kenneth no estaba del todo seguro de lo que significaba, no quería preguntárselo a sí mismo, no quería saberlo. Lo único que sabía es que, cuando se concentraba demasiado en su cercanía, sus manos temblaban, el corazón comenzaba a latirle desbocado, la boca se le secaba, le faltaba el aire, se sentía ligeramente mareado y tenía ganas de llorar sin tener ningún motivo ni comprender el porqué.
Y esa noche… Esa noche estaba muy cansado, y quería olvidar esa tensión.
Puede que… No, puede no era el verbo correcto para lo que había acontecido. Era una certeza. Habían bebido demasiado. Era un buen vino, de una cosecha excelente, combinaba a la perfección con lo que habían pedido y ambos estaban incómodos. ¿No era una increíble colección de casualidades? Y gracias al alcohol, todo carecía de sentido. La boda, principalmente. Todas las razones que uno hubiese esgrimido eran realmente absurdas. Y su pelo estaba tan bien esa noche…
Hay una enorme laguna en su mente, entre las copas y la charla, y el estar en el piso de Álvaro – realmente desordenado, por cierto –. Besándose. No era un beso especialmente hábil, a decir verdad. Era lento, empalagoso, sabía a vino y a la tarta de fresas que habían tomado de postre. Kenneth estaba convencido de que cualquier mujer – u hombre, o ser con un mínimo de gusto por el sexo masculino – lo había hecho mejor de lo que lo hacía él.
Pero no importaba.
¿Cómo iba a importar realmente en ese momento? ¿Cómo iba a importar cuando era Álvaro, y su pelo, y su piel, y sus labios, y su olor, y los sonidos guturales que surgían de su garganta o pecho o de donde quiera que saliesen, y sus manos, y su nariz chocando ligeramente con la suya, y sus cuerpos en contacto, y esa especie de corriente eléctrica que le recorría de cabo a rabo y le hacía querer llorar, esta vez de clara frustración, porque era demasiado y muy poco y quería más pero no y era Álvaro? ¿Cómo?
Y acabaron, lógicamente, en el dormitorio. Trastabillando, botones saliendo de los ojales, hebillas de cinturones desabrochándose, más besos, susurros que ninguno entendía, manos aflojando corbatas, caricias en la piel, el pelo, la ropa, en todas partes, olores embriagantes y la certeza de cómo iba a acabar todo.
Y la certeza, como también era lógico por propia definición, era correcta.
A la mañana siguiente sentía que la cabeza le iba a explotar. Sentía ganas de morirse. De no salir de esa cama. De llorar. De cancelar la boda. De huir a las Bahamas. De aferrarse a él y no irse.
No habían hablado desde esa incómoda mañana.
La pregunta muda.
Su respuesta clara.
Había boda.
Por supuesto que había boda.
¿Qué diría su abuela si no la hubiese?
La habría.
La estaba habiendo.
Comenzaría en unos minutos.
Y él estaría allí.
Y sería imposible no verle.
Imposible.
Porque se sentaba en su mesa.
Porque siempre le buscaba con la mirada.
Porque era imposible no reparar en la presencia de Álvaro Torres.
Y seguía sintiéndolo.
Sus labios, torpes por el vino. Suaves, cálidos, lentos, carnosos, con un roce que te hacía tocar el cielo con la punta de los dedos.
La fricción de su piel perfecta y aterciopelada contra la suya.
Su olor masculino y embriagante.
Esa corriente eléctrica que había recorrido su cuerpo con un chasquido al enredar la mano en su pelo.
Por supuesto que lo sentía.
Por supuesto que no debía.
Se casaba en unos minutos y no es que pensase en otra, es que pensaba en otro. En alguien a quien su futura esposa apreciaba sinceramente.
Se asqueaba a sí mismo.

¤

Todos parecían expectantes. Bueno, todos los que no conocían realmente a los novios. Los que les conocían parecían tristes, como si se sintiesen mal por el futuro matrimonio.
No tenían ni puta idea de lo que era sentirse mal.
Se había acostado con el novio.
Con dos cojones.
Se sentía TAN Ana de Bolena…
Dios, si hasta las nacionalidades de los novios concordaban.
Pero su dolor no se refería sólo a su orgullo herido – ni a su corazón roto –, se refería a algo mucho más complicado.
¿Qué pasaría si se lo dijese a Ariadne?
Se trataba de Ariadne, era completamente impredecible, podría incluso escribir una ópera al respecto y no estaría sorprendido realmente.
Podía ser que se enfadase. Que se enfadase mucho. Que le gritase. Que la aporrease con el ramo como en las películas. Que rompiese a llorar. Que le odiase por el ridículo, la vergüenza, y sobretodo la traición.
Podía ser que se desmayase por la sorpresa.
Podía ser que no le importase.
Podía ser que montase un espectáculo y aporrease con el ramo a Kenneth por cabrón infiel.
Podía ser que montase el espectáculo para escaquearse del matrimonio.
También podía ser que les pegase un tiro a los dos.
A decir verdad, la penúltima opción era la que más le dividía.
Si se lo contaba, si ella lo utilizaba para dejar atrás ese matrimonio, todo iría bien. Es decir, ella estaría con Deker, que era lo que quería. Y él… Él… A decir verdad, él, en ese preciso momento, se importaba una mierda a sí mismo. No pensaba dirigirle la palabra a Kenneth en mucho tiempo, eso lo tenía claro. Tampoco pensaba responder a las ligeras y casi invisibles insinuaciones de Felipe. ¿Después de lo de Valeria y todas las mujeres de las que su “amigo” se había enamorado a lo largo de los años en cuanto empezaban a avanzar? No, gracias. Claro que volver a su vida de antes, de mero ligoteo sin sentimientos, se le antojaba imposible y le provocaba una enorme pereza, junto con ganas de tirarse por un puente. Por otro lado, la idea de acabar rodeado de gatos no le parecía demasiado divertida. En todo caso, él no importaba.
Importaba Ariadne. Incluso un poco Kenneth. Poco.
Miró a su alrededor, fingiendo apreciar la estructura del lugar. Deker no estaba allí.
Oh.
Mal asunto.
Aunque claro, ¿cómo iba a estar?
Sacó el móvil maravillándose de esa perfecta estructura que la catedral. Estaban a kilómetros bajo tierra, y había Wifi. Increíble.
¿Se invita al amor de tu vida a tu boda con otro?
Por desgracia, incluso el todopoderoso dios Google carecía de respuestas. Había una pregunta en un foro sobre ir a la boda de tu ex, un enlace a la página web de Águila Roja, y artículos femeninos sobre ex-novios, amor, y sueños. Nada que pudiese serle útil.
Por una parte, que él hubiese aparecido habría sido completamente descarado por parte suya y de Ariadne.
Por otra, también significaba distanciamiento entre ambos.
Conclusión: lo mejor es casarse por amor, ahorra problemas logísticos.

¤

El cigarrillo sabía amargo en su boca.
Por supuesto, no era culpa del cigarrillo, si no de la situación.
En ese mismo momento, estaría comenzando la boda. Ariadne estaría preciosa vestida de novia, mientras se casaba con Murray.
Que asco le daba ese tío.
En realidad, lo único que quería era desaparecer. Quería fundirse lentamente con la cama y dejar de existir.
Sin dramas. Sin llantos. Sin pruebas.
Bueno, eso, y pegar una paliza a Murray. Con una silla. O una porra. O algún instrumento de tortura. De algo le tenía que servir el horrendo entrenamiento que había recibido, ¿no?
Pero, como no podía hacer ninguna de las dos cosas, fumaba. Llevaba ya media caja de cigarrillos y se sentía sinceramente enfermo. Aunque sinceramente, prefería con mucho ese tipo de malestar.
Sabía que no debía. De verdad que sí. Pero, de todos modos, en lo que llevaban de mañana había cedido cinco veces. Y eran las once. Se había despertado a las diez y media.
Cogió la fotografía que tenía sobre su mesilla, y la desdobló otra vez.
En ella, Ariadne le sonreía. Estaban en el paseo marítimo de Niza, una mañana algo fría de Marzo en la que el viento les despeinaba y se respiraba tranquilidad, alejados de le época turística.
Era media mañana y acababan de salir de su habitación en el hotel Negresco. La noche anterior no habían dormido hasta muy tarde, y ella parecía algo adormilada todavía. Se había recogido el pelo húmedo en dos trenzas despeinadas por el viento y que caían sobre sus hombros, cubiertos por una camiseta amplia de un color suave. Sus ojos brillaban y sonreía de forma suave, cálida y familiar, con el mar de fondo y un cielo cubierto por las nubes. La fotografía era una gama de colores suaves, grisáceos y brumosos. La había sacado con una cámara polaroid que ella misma le había regalado por su cumpleaños, de esas que sacaban la fotografía al instante por una ranura. Tenía algunas gotas de lluvia, porque poco después había comenzado a llover, y ellos habían tenido que correr al hotel. Habían pasado varios meses, y el ambiente entre ellos era distinto, extraño. Una mezcla de “la boda se acerca, falta poco” y de “aun tenemos tiempo, aun queda tiempo” que había resultado en desastre. Pero en esas pequeñas vacaciones no. Fueron unas buenas vacaciones, después de todo. Y estuvieron juntos. Eso era importante.
Los cuatro cuadrados en los que se dividía la foto por haberla doblado para meterla en su cartera, la gama de colores, las gotas de lluvia. Todo eso le daba un aspecto antiguo, viejo, apagado. Había pasado poco tiempo, pero éste era relativo, después de todo. En ese mismo momento, puede que Ariadne estuviese dando el sí quiero. Eso les distanciaba más de esa fotografía que varias décadas.

¤

Tenía la mirada perdida en el espejo.
Estaban haciendo los últimos arreglos a su vestido de novia, murmurando incansables lo guapa que estaba, lo bonita que era la boda, y demás felicitaciones.
Era como si no estuviese allí. Como si lo estuviese viendo desde fuera para no sentir emociones.
El vestido era una preciosidad. Una preciosidad increíblemente alejada de ella. Tanta tela, esa cola larguísima, las docenas de adornos que lo cubrían… Era el vestido que todos esperan de una boda real. Y cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de arrancárselo y salir de allí.
-Estás preciosa.
Ariadne se giró hacia Tania, que le sonreía cogiendo su mano con delicadeza. Se esforzó en devolverle la sonrisa.
-Gracias.
Obviamente, Tania sabía que no le importaba en absoluto, que no estaba bien, y que daría lo que fuese por salir de ahí, pero no dijo nada al respecto y actuó como si todo fuese felicidad.
No sabía como le habían dado el papel de Doña Inés, con lo mal que actuaba.
-Princesa – dijo una de las primas de Kenneth – es la hora.
Ariadne suspiró, asintió con seriedad y bajó de la banqueta, mientras todas las desconocidas que actuaban como si fuesen sus mejores amigas colocaban bien la cola y el velo. Aceptó el ramo que Tania le tendía y cogió aire.
Las puertas se abrieron, mientras la clásica y manida música de las bodas llenaba la catedral. Su tío colocó sus brazos con delicadeza y ambos avanzaron por el larguísimo pasillo. Cada paso era una tortura, y no precisamente por los tacones.
Kenneth esperaba, nervioso e inseguro, delante del altar. ¿Dónde estaba María Luisa? Ariadne se encogió de hombros mentalmente. Cada segundo en el que no tenía que ver a esa mujer era un maravilloso regalo, aunque, teniendo en cuenta que esa boda era su culpa, podría haber aparecido.
Ese tipo de ceremonias las oficiaba el rey, es decir, su tío, puesto que con ella iba incluida la coronación de ambos como reyes. Aparte de eso, era bastante parecida a la tradicional.
-Y, por supuesto, si un ladrón se opone a esta unión, deberá hablar ahora, o callar para siempre y obedecer a sus reyes.
Hubo unos instantes de silencio, y entonces, un móvil comenzó a sonar.
Un murmullo recorrió la catedral, mientras su tío arqueaba una ceja.
-Bueno, que alguien lo coja y veremos si es una señal divina.
Hubo algunas risas, mientras uno de sus primos le pasaba a Kenneth su móvil. Éste, rojo como un tomate, descolgó tartamudeando, antes de quedarse blanco como el papel.
-Mi… Mi abuela está en el hospital en medio de una operación de urgencia.
-¿Que qué?
-Le ha dado un ataque cardíaco.

Kenneth y algunos de sus familiares habían corrido al hospital, mientras que otros se habían quedado para acosarla sobre que podían volver a planear la boda. Ni siquiera sus miradas de princesa de hielo podían alejar a esas aves de rapiña.
El resto de invitados se había pasado por allí para dar el consabido consuelo y alabar su vestido de novia, pero ahora disfrutaban del convite, que no habían cancelado para no armar un escándalo.
Ella apenas había comido, y parecía la viva imagen de la prometida afligida, mirando el móvil como si esperase una llamada. En realidad, estaba mirando fotografías.
Tenía muy pocas, la verdad, pero la que estaba mirando bastaba. Se la había sacado a escondidas, para meterse un poco con él. Llevaba una camiseta vieja, y no se había molestado en ponerse unos pantalones de pijama. Estaba sentado, mirando por la ventana abierta mientras se fumaba un cigarrillo. No tenía mucha calidad, pero era suficiente.
No creía poder volver a pasar por eso de nuevo. Volver a ponerse ese vestido de novia, que se había quitado nada más llegar, como tenía planeado, sustituyéndolo por un elegante vestido de fiesta mucho más cómodo. Volver a salir a la catedral. Volver a escuchar todo el discurso. Decir que sí.
Era demasiado duro, y ella se sentía más cansada de lo que lo había estado nunca.
A esas horas, él estaría en su piso de Londres. No planeaban volver a verse nunca más.
Habían discutido por última vez hacía una semana, y no estaba dispuesta a que todo se complicase aun más. No podía hacerle eso, no podía permitir que le viese con otro hombre, simplemente no podía.
Y, la verdad, tampoco podía hacerse eso a sí misma.
Iba a cerrar el móvil, cuando este sonó. Una fotografía de Kenneth aparecía en pantalla.

¤
-María Luisa está muerta – comentó como si nada.
Él asintió, sentándose a su lado.
Estaban sentados en el borde de la fuente que coronaba ese pequeño jardín. El restaurante lo alquilaba como escenario para fotografías. Era bastante bonito.
-¿Cómo está? – preguntó, reprochándose a sí mismo que le importase lo más mínimo como se sintiese Kenneth.
-En shock – ella acarició el móvil con el pulgar, absorta en sus pensamientos –. Ha cancelado la boda. Dice que estoy libre del compromiso.
-¿Y?
-No lo sé. Puede que lo diga por el dolor, puede que los cabrones de sus familiares le convenzan para ello.
-Lo dudo, no quiere casarse contigo, Ariadne.
-Eso espero. Vosotros sois amigos, ¿qué crees que va a pasar?
-No lo sé – admitió –, es un tema complicado.
-Sé que lo sabes.
-¿El qué?
-Que sé que estás ocultando algo.
Álvaro se pasó la mano por el pelo, con un suspiro.
-No sé como decirte esto. Es decir, puedes reaccionar de mil maneras diferentes, y no te haces idea de lo mal que me siento.
-Porque…
-Me he acostado con Kenneth.
-¿Perdón? – preguntó sorprendida, alzando por fin la cabeza para mirarle a los ojos.
-Lo siento, de verdad, lo siento mucho. Estábamos borrachos y… Y no sabía si me ibas a odiar, o si ibas a cancelar el matrimonio, o si te daría igual…
-¿Con Kenneth? ¿En serio? ¿De verdad te gusta?
Álvaro dejó caer la cabeza hacia atrás en un suspiro.
-Me odio a mí mismo.
-No te ofendas, pero deberías dedicarte a las mujeres, siempre que eliges a un hombre es el peor de todos.
-Me lo he planteado, no te creas.
-¿Y qué pasó?
-Apenas entendí lo que dijo mientras recuperaba su ropa, pero el mensaje estaba claro: había boda.
-Que cabrón.
-¿Me lo dices o me lo cuentas?
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-Me siento dividido entre que raza de gato debería elegir.
Ella se rió.
-En el fondo es un buen chico. Pero sin carácter.
-Lo sé.
-Perdónale, aunque sea sólo para que yo pueda ver las caras de su familia.
Ambos estallaron en carcajadas.
-Fliparían mucho, ¿verdad?
-Habría más ataques al corazón en el seno de la familia Murray.
-Entonces vale. Todo sea por una buena causa.
-Pero hazle sufrir un poquito antes.
-Completamente de acuerdo – quedaron en silencio unos segundos –. ¿Y tú?
-¿Yo? No lo sé. Deker y yo discutimos antes de… – hizo un gesto abarcando la situación.
-Estoy seguro de que cuando se entere de esto, se le olvidará ese detalle.
-Es complicado, Álvaro. Es un Benavente. ¿Crees de verdad que esta gente se olvidará de ese detalle?
-No les invites a la boda, te ahorrarás una buena cantidad. La alta nobleza de los ladrones come como una lapa.

¤

Era una boda sencilla. Se habrían casado directamente por el juzgado, pero esa iglesia tenía unas tallas del período barroco verdaderamente increíbles. Y después de todo, la novia elige.
Deker llevaba un chaqué clásico que le quedaba como un guante y el pelo peinado hacia atrás. Lo llevaba todo con una naturalidad pasmosa que le hacía parecer un modelo, un actor, o ago por el estilo.
Ariadne llevaba un vestido mucho más acorde con su personalidad que en esa primera boda/no-boda interrumpida. Un vestido de novia vintage hasta el suelo en color crema, con encaje sutil y amplias mangas de tul de seda acabadas en puños con poca pedrería.
Había sido una boda polémica, que había conllevado cuatro meses de papeleo, de llamadas a abogados, de reuniones, de debates, de lecturas de antiguos códigos de los ladrones, de acuerdos prematrimoniales y de demás cosas difíciles de comprender. El resultado final: Deker no era rey, ni siquiera consorte, y sus hijos deberían contar con la aprobación del Consejo para poder reinar.
El primero ya estaba en la boda.
Tania tenía en brazos al pequeño Brandon – con múltiples incomodidades, provocadas seguramente por su embarazo de seis meses, gemelas, además – perfectamente vestido y arreglado para la ocasión. Éste no paraba de preguntar donde estaban sus padres y de intentar escaparse para ir a jugar fuera.
Finalmente, viendo que iba a ser imposible, Tania optó por encasquetarle el niño a Álvaro y a Kenneth, con la excusa de que ella tenía que estar en el altar como madrina.
La balada nupcial había sido sustituida por Time after time por cortesía del padrino, lo que le conllevó la mirada sorprendida de ambos novios. Jero se puso a silbar la melodía fingiendo prestar atención a las cristaleras. Nunca confesó como sabía que esa era su canción.
Y, por supuesto, nadie interrumpió la ceremonia, por lo que sí hubo boda. Posteriormente, Deker confesaría que había tenido la esperanza de que sonase para decirle que su abuelo había muerto, pero que nada era perfecto.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El Pensamiento Sofista

Bueno, por esta semana ya no tengo más exámenes.
Me queda pasar todos los apuntes de Ciencias del Mundo Contemporáneo para mañana y hacer dos trabajos para el lunes.
:3
Y, claro, aprovechando mi libertad - se tapa los oídos por si queréis despertarla - voy a publicar más fanfic.
Pensé en dejarlo para cuando se acabasen los exámenes, pero... Entonces Magik habrá publicado. Y de esa publicación saldrá nuevo fanfic. Así que, nada, a eso voy.
No es un fic en sí mismo, sino una viñetilla de ese mundo que cree para Sueños de futuro, y que me ha inspirado un comentario de la diosa Magik:

Qué bueno, me encanta, encima Ariadne es la que manda en la familia lo que me pega muy mucho :P
La familia futurista muy mona, por cierto, me encantan =D Y, ey, al mayor le llamarían Bran en vez de Brandon, por CDHYF ;)

Sí, cuatro líneas suyas me inspiran a mí un fic de cuatro páginas de word. Porque ella lo vale. ¿Qué pensabais? Yo no montó religiones alrededor de cualquiera ::alza la nariz con autosuficiencia::.
Bueno, pues aquí está, una de las contadas veces en las que Deker saca su sangre Benavente. Cualquier parecido con 50 Sombras de Grey es coincidencia, y si lo asocias automáticamente es que ese libro te ha dejado muy tocad@. Cualquier error sobre filosofía es culpa de mi profesora, que es la que lo ha explicado así :P
Magik, siento, como siempre, lo que he hecho con tus personajes.
Sofía, te aviso desde ya para que no haya decepción luego: No salen Álvaro ni Kenneth. Lo lamento. No se dio la cosa, en realidad es bueno porque en esa época, ¡Álvaro tendría más de cincuenta!




El Pensamiento Sofista


Deker se masajeó el puente de la nariz. Alzó la mirada, donde Bran estaba encogido en el sillón.
A buenas horas.
Ariadne estaba en Viena, en un asunto ladronil del que él no sabía ni podía saber nada. El solo hecho ya le ponía de mal humor, porque eso significaba a) que se quedaba en la inopia, b) que sólo podrían hablar con ella una media hora al día, y c) que tenía que encargarse solo de tres niños.
Que vale, Bran era mayor, pero estaba demostrando ser gilipollas.
De no ser por el notable parecido físico, empezaría a preguntarse si Ariadne no le habría engañado con Rubén Ugarte o con el asno de Sreck.
Peor, porque el asno al menos molaba.
-Te das cuenta de que se te va a caer el pelo, ¿verdad?
-Lo siento – le aseguró –. Sólo quería impresionar a una chica.
-Robando un coche.
-Ya, ahora parece tonto – admitió –, pero en ese momento tenía todo el sentido del mundo. ¡Puede que usase un Objeto!
-O puede que te cayeses demasiadas veces de pequeño – ofreció con voz falsamente calmada –, porque empiezo a preguntarme si nos correspondería subvención.
-Lo siento, sé que estuvo mal y no volveré a hacerlo.
-Es que verás, Bran, esto no es algo que se pueda dejar pasar – le explicó con voz lenta –. Le has robado un coche al director.
-Mamá lo hacía.
-Tu director no es tu tío.
-Vale, lo comprendo, no volveré a hacerlo.
-Ahora eso no vale, Bran. He tenido que hacer malabarismos para poder venir y convencer al director de que no pusiese una denuncia. Con lo que he pagado podrían ponerle mi nombre al ala de un hospital. Y todo para que tuvieses el expediente limpio por tu futuro como ladrón.
-No quiero ser ladrón.
-Eso me importa una mierda, yo ya he pagado, y no ha sido poco.
-Lo siento – repitió.
-¿Es que no había más coches?
-… Es complicado.
-¿Qué has hecho en ese coche, Bran?
Su hijo se sonrojó hasta la raíz del cabello.
Mierda.
Cómo se entere su madre estamos todos muertos.
-Genial – puso los ojos en blanco –. Al menos dime que usaste protección.
Bran se indignó, aun más rojo.
-¡Por supuesto que la he usado!
-Bueno, al menos no debo ser tan mal padre. Las mujeres te manipulan y utilizan, pero eres lo bastante listo como para no preñarlas.
-Marta y yo vamos en serio – le espetó de mal humor.
-¿Y eso que coño tiene que ver? Cómo nos hagas abuelos tu madre te mata. Y a mí también.
-No pensaba hacerlo…
-¿Y pensabas robar un coche?
-¡Te he dicho que lo siento!
-¡Tus disculpas no me valen! Te va a caer un castigo tan gordo, que la Santa Inquisición me mirará con reprobación por pasarme de cruel.
Brandon suspiró, repantigándose en el sillón aun más.
-Pues acaba rápido, quiero volver a mi cuarto.
-Te voy a cortar el grifo – afirmó –. Vamos, que no vas a tener ni medio euro para salir por ahí, porque también voy a bloquear tus cuentas, y a llevarme tu hucha.
-¡Pero papá…!
-No he acabado. Porque volverás TODOS los fines de semana a casa, y no saldrás de tu cuarto menos para comer. Desayunarás y cenarás allí. Por suerte, tu habitación tiene baño.
-No puedes hacer eso – le aseguró asustado.
-¿Recuerdas el segundo libro de Harry Potter? Pues seguro que podremos instalar una trampilla para pasarte la comida. Y no tendrás ordenador, ni móvil, ni reproductor de CD, ni libros que no sean de texto.
-¡Pero…!
-¡No hay peros que valgan!
-¡Mamá también robaba coches!
-¡Pero a ella no le pillaban!
-¡Eso es injusto!
-Hijo, ¿has oído hablar del pensamiento sofista? – le preguntó.
-Eh… No.
-Pues fíjate, hago bien castigándote así, es obvio que necesitas repasar filosofía. Los sofistas creían en el relativismo moral, en que no existía el bien y el mal, es decir, si robabas una barra de pan, para Sócrates eras un criminal, pero si no te descubrían, ellos no le veían nada de malo.
-¿Y?
-Que a ti te han descubierto, y que yo cuando me cabreo soy peor que Sócrates.

Cogió el móvil, que comenzaba a sonar.
En la pantalla apareció la fotografía de Ariadne, y a él se le escapó una sonrisa. Menos mal que nadie se había dado cuenta. Descolgó el teléfono.
-¿Deker?
-No, soy Claudia, ¿quién eres tú?
Se oyó un bufido al otro lado de la línea.
-Esa broma nunca ha tenido gracia.
-¿Qué broma?
-Déjalo. Me ha llamado Brandon gritando, muy enfadado y acusándote de maltrato infantil.
-¿Y?
-Tenía curiosidad. ¿Qué ha hecho?
-¿No te lo ha contado?
-No, se le puso la voz aguda y comenzó a disertar sobre que eso no tenía importancia, y que ningún crimen se merecía tal castigo, y que tú eras peor que Elsa Calzas.
-¿Quién es esa?
-Ni idea, será algún personaje de esa serie a la que es adicto.
-¿Recuerdas cuando nos sabíamos todos los personajes de todas las series y libros que salían a conversación? – preguntó con añoranza.
Ella rió.
-En ese entonces no teníamos hijos ocupando cada segundo de nuestro tiempo libre. Y además, la industria televisiva prácticamente se ha ido al garete.
-Internet, que es muy fuerte.
-Vale, y ahora no me cambies de tema, ¿qué ha hecho para que te pongas así? – él suspiró, incómodo – Deker, en dieciséis años puedo contar con los dedos de una mano las veces que has impuesto un castigo serio a alguno de los niños. Si no me lo cuentas apareceré por allí a preguntarlo personalmente.
-Ha robado el coche del director para irse con una chica.
-¿Una chica?
Eso es lo malo de que tu mujer sea la reina de los ladrones, reflexionó, que está acostumbrada a los robos, y aunque teóricamente lo desapruebe, en la práctica no le importa mucho que vuestros hijos roben algo.
-Sí. Y un coche. Del director.
-Tienes razón, es serio. Deberíamos hablar con él.
-¿Sobre el coche o la chica?
-Sobre ambos.
-No es necesario, ya lo he hecho yo. Y le he castigado.
-Sí, un castigo un poco duro, ¿no crees?
-Ha robado un coche – repitió más despacio.
-Cuando te pones así recuerdo que eres de familia de policías – bromeó.
-Pero bien que disfrutas tú de mi dominio con las esposas.
-Puedo sacar mis manos de las esposas en menos de un minuto.
-Pero no cuando te las pongo yo.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
-A lo mejor es que no lo intento, ¿no crees?
-No. Porque cuando no hago el truquito siempre te las quitas y me lo restriegas por la cara.
-No estábamos hablando de esto.
Deker rió, divertido por su incomodidad. Si su abuelo supiese que era capaz de esposar a la reina de los ladrones sin que esta pudiese escapar, puede que hasta se sintiese orgulloso. De no ser porque estaba casado con ella, y las esposas eran parte de un juego sexual. Eso lo hacía incluso más divertido.
-Te echo de menos – admitió.
Cuando llamaban, había una especie de competición por ver quien aguantaba más hasta decirlo. Lo triste es que solía perder él. Dios, se había convertido en Tania.
-Yo a ti también – su voz sonaba suave y cálida a través de la línea, y él volvió a maldecir a los estúpidos ladrones y sus estúpidas misiones.
-¿Qué llevas puesto, Rapunzel?
Volvió a oír risas al otro lado de la línea.
-Un pijama.
-Me gusta. ¿Qué pijama?
-Uno de andar por casa.
-¿Y debajo?
-Lencería fina – ironizó.
-¿Con o sin corsé?
-Deker, llamaba para saber como iba todo, conoces las reglas.
Odiaba las reglas.
-Sí, sí, lo sé. Media hora máximo.
-Y ha pasado hace unos cinco minutos.
-Pienso endurecer el castigo de Bran por llamarte.
-No lo hagas, las pocas veces que castigas, castigas a lo bestia.
-Creo que va a empezar un régimen.
-Mira, ya hablaremos de esto cuando vuelva, ¿vale? No te pases mucho con él. Y averigua quien era esa chica.
Reinas, ladronas, o enfermeras, una madre seguía siendo una madre, después de todo.
-Vale, ¿cuándo volverás?
-Pronto – le aseguró, hubo unos segundos de silencio –. Te quiero.
Al menos, era ella la que perdía en esa categoría.
-Y yo a ti.
-Ah, ¿y los demás niños?
-Carlota está convencida de que tengo que comprarle un vestido de princesa para Carnaval, no de esos que venden en las tiendas, quiere uno de verdad, de los que cuestan un riñón. Y el enano tiene un chichón enorme porque se ha caído de cabeza en la guardería.
-¿Otra más?
-Creo que sería más práctico contratar a una canguro, no podemos exigirles a las profesoras que estén pendientes cada segundo de él. Hasta con nosotros tiene accidentes.
-No es natural.
-Completamente de acuerdo.
-¿Sabes que estoy alargando la conversación a propósito, verdad?
-¿Qué clase de marido sería si no supiese leer eso entre líneas?
-Tengo que colgar.
-Está bien, te quiero.
-Y yo.
Los pitidos del teléfono le pusieron de mal humor.
Sí, Bran estaba engordando demasiado.
Iba a empezar la dieta del puerro crudo.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Sueños de Futuro

Vale, pues ya he acabado mi fic Ariker onírico/futurista/crossover-con-Lord.
Aviso de que tiene un final abierto. Muy abierto. Vamos, que parece más un capítulo que un fic autoconclusivo, pero con la poca información que tenemos sobre los episodios de En blanco y negro, no se pude refinar más.
Diosa Magik, lamento lo que he hecho con tus personajes, porque seguramente no estará a su altura.
Suma Sacerdotisa Sofía, lamento el poco Kennal.
Y ahora, a publicar.




Sueños de Futuro.


Ariadne no sabía donde estaba. Pero sí era consciente de que estaba soñando.
Se encontraba en una cocina bastante moderna, pero casi todo era de madera de roble muy clara, y entre eso y el ventanal por el que entraba la luz a raudales, parecía más grande de lo que era. Lo que significaba mucho, porque debía medir como dos habitaciones del Bécquer.
La nevera, además, estaba cubierta de dibujos y fotografías.
Estaba en una casa familiar. ¿Pero de quién era?
Oyó pasos acercándose, y se sobresaltó, encontrándose con Deker.
-¡Mamá!-llamó, Ariadne estaba esperando a oír algún chiste en plan “Se nos ha colado una princesa en casa”, así que puso los ojos en blanco; de todas formas, esa casa no parecía la de Deker- ¿Se puede saber donde estás?
¿Eh?
No me ha visto.
¡Un momento! ¡Ese no es Deker!
No, desde luego que no. Podía parecerse, pero no era él. Ella podría identificarle entre cien personas.
Que patético sonaba…
Pero no, no era él.
Era más joven, debía tener su edad. Y el estilo de pelo y ropa no concordaba mucho con el de Deker. Además, hablaba y andaba de forma distinta.
Pero no era natural que se pareciese tanto. Los mismos ojos, el mismo pelo, el mismo cuerpo… ¿Sería su juventud? No, para nada, ¡nadie podía cambiar tanto en tan poco tiempo!
Decidió que, ya que no le veía, no pasaría nada si le seguía y se enteraba de qué estaba soñando exactamente.
Llegaron a un salón enorme, aunque acogedor. Tenía una alfombra mullida, paredes de un color cálido, y elaboradas columnas de impoluta escayola subían por ellas para acabar en un techo ligeramente abovedado. En el centro había una mesa redonda de cristal, que más que mesa era una obra de arte, la rodeaban varios sillones de cuero brillante, y encima de ella había varias cosas, entre las que destacaba un candelabro de plata antiguo. Ese salón era una oda al arte y a la belleza, e igualmente, habían conseguido hacerlo cálido y familiar gracias a la gama de colores tierra que habían elegido para el mobiliario, podía imaginarte a una familia charlando allí, mientras veían la televisión.
-Esto es un sueño – susurró impresionada, antes de hacer una mueca –. Vale, eso es una obviedad. Pero es increíble, ¡ese es un reloj de Luís XIV! ¡Siempre he querido uno! ¡Es como tener tu propio Din Don!
Obnubilada totalmente con la belleza del lugar, no se dio cuenta de que había una mujer de espaldas a ella, que parecía jugar con un niño pequeño, de unos tres años.
-Mamá, quería preguntarte si…
-No – respondió la mujer automáticamente.
Un momento, ese pelo… No, no era posible.
-Pero mamá… – se quejó él.
-Ya lo hemos hablado – una versión suya con treinta y tantos se giró hacía ellos, obviamente irritada –. No.
-Por favor, déjame ir – le suplicó.
Nunca habría podido imaginarse a Deker Sterling suplicando por nada ni a nadie.
Ahora podía, y la perspectiva no le gustaba, no parecía él.
Porque no lo es, Ariadne.
-No vas a perderte la fiesta del Sábado, Brandon, es mi última palabra.
-He estado en quince de sus cumpleaños. ¿Tanto importa que falte a uno?
-Sí. Mucho.
-Estoy seguro de que ni siquiera quiere celebrarlo. ¡Cumple los cuarenta! Es una desgracia, no algo para celebrar.
Parecía que su yo onírico iba a responder, pero el niño se puso a patalear.
-Mamá, mami – exigió tendiéndole los brazos.
Suspiró, cogiendo al pequeño en brazos, que se aferró a ella. Era moreno, y tenía unos enormes ojos verdes. Su hermano los había tenido de ese color…
-Ya está – el adolescente puso los ojos en blanco, y ella se estremeció al reconocer un gesto tan suyo en la cara de Deker, o Brandon, de ese tío –. ¿Quieres dejar de llorar, enano?
-Deja a tu hermano en paz – exigió con voz férrea mientras acariciaba la espalda del niño.
-¡Se cela con nada!
-Tiene dos años, tú a tu hermana la mordías cuando nació, y tenías nueve.
Ariadne se sorprendió. Que grande era ese niño, no aparentaba dos años. Esbozó una mueca de terror al preguntarse si sería tan grande al nacer.
Eso debió doler…
-Estoy convencido de que os inventasteis esa historia…
Y se oyó el ruido de una puerta abriéndose. Junto al trino de los pájaros. O era la de la calle, o la del jardín.
Por favor, no. Por favor, que no sea…
-¡Hemos vuelto!
Se giró hacia la voz, que entraba en el salón.
Deker Sterling, un Deker al que, como mucho, le echarías unos treinta y pico, y no los cuarenta que decían que iba a cumplir, entró en salón de la mano de una niña de unos siete años.
La niña corría, tirando de él, y nadie del Bécquer habría creído que él sonreiría con algo cercano a la adoración mientras la seguía. Claro que ella le había visto con Hanna.
¿En qué estás pensando, Ariadne?
-¡Mamá! – la niña soltó su mano y corrió a abrazar a la otra Ariadne, que se las arregló con maestría para devolverle el abrazo y darle un beso sin soltar al pequeño.
-¿Cómo te ha ido en el pueblo, cielo?
-¡Bien! Papá me ha comprado un helado y una muñeca, está en el coche para que tú no la veas.
Su yo adulto miró a Deker con reprobación.
-La estás malcriando. Todavía más. Habría jurado que era imposible cuando le compraste el pony.
-Eh, cuida de Maximus y lo monta a menudo, no fue un error.
-¡Maximus es lo que más quiero del mundo! – le aseguró la niña, que se sobresaltó – ¡Y a ti y a papá y a mi hermanito también!
-¿Y yo dónde quedo? – preguntó el mayor.
-Tú eres tonto – le aseguró con decisión.
-No discutáis –les cortó –. En todo caso, cariño, ¿no crees que tienes bastante muñecas? No puedes jugar con todas ellas.
-¡Sí que puedo!
-Tienes mínimo cincuenta muñecas de porcelana y una docena de trapo.
-¡Papá! – se quejó la niña, buscando indignada la protección paterna.
-¿Tú y yo no habíamos dicho que no se lo íbamos a contar a mamá?
-Y, además, el helado. Ahora no va a merendar.
-El helado vale de merienda – se defendió.
Brandon, debió de ver, igual que ella, que no iban a acabar pronto, por lo que interrumpió.
-Papá, ¿puedo ir a Barcelona este fin de semana?
-A mí no me líes, habla con tu madre.
-Pero, ¿a ti te importaría que me perdiese tu cumpleaños?
-¿Y cómo ha estado mi niño favorito mientras no estaba? – preguntó a su vez, ignorándole y cogiendo al niño en brazos, que murmuró un incomprensible “papá”, mientras rodeaba su cuello con los brazos.
Bufó, tumbándose en un sillón, como si les diese a todos por perdidos.
-Muy bien, no se ha caído, tropezado, herido o golpeado en todo el día.
-No es natural la cantidad de accidentes que tiene este niño.
-A mí me lo vas a contar…
El niño – del que todavía no sabía el nombre – pareció darse cuenta de que hablaban de él, porque emitió una serie de sonidos inteligibles, mientras agitaba uno de sus bracitos hacía el reloj Din Don.
-Sí, mi vida, ahora te traigo la merienda – le aseguró su otro yo, levantándose y yendo hacia la cocina.
-Papá – comenzó Brandon, volviendo a la carga –, he sacado cinco sobresalientes en el último curso. Creo que soy lo bastante responsable y adulto como para poder ir a Barcelona para el concierto de The Guide.
-Hijo – respondió en el mismo tono serio –, si eres tan maduro y adulto, no necesitarás que te saque las castañas del fuego, y podrás convencer a tu madre por ti mismo.
-Pero…
-Ni peros ni peras, luego el que se la carga soy yo. A tu madre.
-¡Mamá nunca da su brazo a torcer! ¡Es imposible convencerla de algo! ¡Tardó catorce años en entender que no me gusta el yogurt con azúcar!
-Si eso fuese cierto, tú no estarías aquí – observó cogiendo su móvil, que acababa de sonar indicando que le había llegado un mensaje –. Tu madre se negaba, pero yo le dije que por una vez en la que se me había olvidado bajar a la farmacia, no iba a pasar nada – le miró con una ceja arqueada –, y tu eres la prueba viviente de que sí que pasa. Fueron nueve largos meses de “No va a pasar nada, ¿eh? ¡No va a pasar nada tu madre!”.
-¡Por favor, deja de decir esas cosas! ¡No quiero saberlas!
-No tortures al niño-se oyó desde la cocina.
-Eso. ¡Vosotros queríais tenerme!
-No te creas, es que tu madre es una gran actriz y por eso parece feliz en las fotos, se pasó un año con cara de ogro por ese incidente.
La otra Ariadne volvió tranquilamente de la cocina con la merienda, pegó un manotazo a Deker, y se arrodilló sobre la alfombra, mientras éste le tendía al niño.
-Queríamos tenerte, Brandon, no le escuches. Tu padre es estúpido.
-Por que tú lo digas, Rapunzel.
Sintió algo extraño retorciéndose en su pecho. Rapunzel… Sonaba tan raro en sus circunstancias…
-Te perdono si me dejas ir al concierto – le ofreció Brandon a su… a Deker.
-Imposible, el mensaje era de tío Álvaro, al final ha acabado sus asuntos antes de lo previsto y vendrá a la fiesta. No tendrías con quien quedarte en Barcelona.
-¿Y la tía Karen?
-Kenneth volvió antes por un asunto interno entre los ladrones que tenía que atender como rey – respondió su otro yo, dejándola patidifusa –. Y no le llaméis así.
-Tú también te reíste – le recordó Deker.
-La primera vez. Y había bebido.
-Pero te reíste.
-¿Y si fuese con mis amigos? – continuó Brandon.
-Aun menos.
-¡Pero mamá…!
-Tienes dieciséis años, no puedes ir sin vigilancia a una ciudad extraña.
-Vosotros a mi edad estabais salvando el mundo del chiflado ese con el que salías.
Su yo parecía querer responder, pero igual que ella, no tenía una respuesta para eso.
-Tu padre tenía diecinueve – dijo después de un largo silencio, en el que ni siquiera el niño se quejó por esa cuchara en el aire y sin movimiento –. Y teníamos supervisión, el tío Álvaro estuvo con nosotros todo el tiempo.
-Ya, ¿y cuándo robasteis la dama azul, qué?
-¡Exacto! – exclamó victoriosa – Tu padre estuvo al borde de la muerte en esa misión.
-También por culpa del chiflado con el que salía – añadió.
-Deker… – la advertencia sonaba clara en su voz.
-Vamos, princesa, tu madre está de mal humor – cogió la mano de la niña, que le dedicó una enorme sonrisa –. Vamos a por tu muñeca nueva.
-¡Bien! – exclamó – ¿Podemos coger también los vestidos de la semana pasada?
-Carlota, eso también era un secreto – le recordó pasándose una mano por la cara.
-Ya hablaremos tú y yo – le aseguró Ariadne.2 de mal humor.
Ambos salieron de la casa, y Brandon volvió al ataque.
-Mamá…
-Es su cumpleaños.
-Lo sé, pero…
-¿Recuerdas tu sexto cumpleaños?
-No, mamá, chantaje emocional no.
-Estuviste tres horas llorando porque no podía venir. Vino desde París en coche, con la mitad de las carreteras cortadas por la nieve para llegar a tiempo.
-… Cuando haces eso te odio – bufó frustrado, antes de volver a hundirse en el sillón con una mueca.
-Lo sé – limpió al niño con su babero, antes de cogerle en brazos –, pero te quedas voluntariamente.


Deker era consciente de estar soñando.
Lo que no sabía era porque estaba soñando con el cuarto que habría sido el sueño de su hermana, y de cada niña del mundo.
Era… Enorme. Las paredes estaban empapeladas en su totalidad con grandes franjas blancas y verde espuma de mar. La cama, también verde y con dosel, era del tamaño de una habitación promedio, pero se notaba que sólo se usaba una zona, dejando a un lado la lógica, por las centurias de peluches que llenaban la mayor parte.
Además, la pared frente a la cama parecía un enorme expositor de muñecas más que una pared.
Sintió que la puerta se abría y entraron dos personas.
-¿Ese tío soy yo? – preguntó incrédulo.
Los años le habían sentado de cine, desde luego.
Le arrastraba una niña, que era inquietantemente parecida a Ariadne, pero con sus ojos.
-Oh, esto es una mala señal – murmuró –. No, definitivamente no. No puedo estar soñando que tengo hijos con ella. ¡No puedo haberme convertido en Tania!
Ese hombre sorprendentemente parecido a él, cargaba con una caja y varias fundas para ropa con una mano, mientras la niña aferraba la otra.
-Papá, ¿puedo probármelos? – suplicó la niña con los ojos brillantes.
Su doble tanio arqueó una ceja.
-No creo que sea una buena idea. Además, estoy enfadado contigo.
La niña parecía al borde de un sincope.
-Pero… ¡Pero tú nunca te enfadas conmigo!
-Te dije que no se lo dijeses a tu madre, y ha sido lo primero que has hecho – la niña parecía incómoda –. Esto significa que no puedo confiar en ti, y por tanto, se acabó el trato de favor.
-¿Qué significa eso?
-Que haré caso a tu madre, y no habrá más compras en una buena temporada.
-Pff, siempre dices eso.
-Esta vez es en serio – miró a su alrededor –. Empieza a ser bochornoso que la gente entre en esta habitación y vean todo lo que tienes.
>>Lo que me recuerda. No subas a tus primas a la habitación, ¿quieres?
-Vale…
-Bien.
-¿Pero puedo probármelos?
El Tanio, suspiró con pesadez.
-Uno. Sólo uno.
-¡Eres el mejor padre del mundo! – le abrazó.
-Niña interesada – dijeron al mismo tiempo.
Deker se horrorizó ante la similitud con su yo tanio. ¡El nunca se comportaría así!
Excepto con Hanna.
¡Pero la situación es completamente distinta!
-¿Va a venir el tío Jason?
-No, no va a venir.
-¿¡Por qué no!? – la niña, de nuevo, parecía horrorizada.
Tanio suspiró.
-Carlota, ¿no te parece raro que se haga tanta fiesta por mi cumpleaños?
-Sí, bueno, con mamá no es algo tan grande – admitió.
-Eso es porque no es propiamente mi cumpleaños, es una excusa para reunirnos todos los del viejo grupo, ya que yo soy el único que cumple en verano y la reunión no interfiere con el trabajo.
-Pero el tío Jason es tu mejor amigo.
-Mi mejor amigo del trabajo. Mi mejor amigo es el tío Jero, y él si viene a la fiesta.
-¡Pero el tío Jero no es tan guapo como el tío Jason!
Tanio rió divertido.
-Así que es eso, ¿eh?
La niña se sonrojó, antes de desviar el tema.
-Quiero el vestido azul.
Su yo tanio no borró la sonrisa mientras dejaba las cosas sobre la cama y cogía una de las fundas.
Se oyó un claxon.
-Dejémoslo para otra ocasión. Ya ha llegado alguien.
-¡Bien!
La tal Carlota corrió fuera de la habitación, arrastrando a Tanio con ella.
Él dudó un segundo antes de seguirles, suspirando.
Fuera, Murray estaba bajando del coche.
Desde que sabía lo del compromiso, sentía verdaderas ganas de pegar una paliza a ese tío. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo en su sueño, pero a menos que fuesen a pelear, no le gustaba.
-¡Tía Karen! – gritó la niña abrazándole.
-¿Tía Karen? – rió.
La cosa estaba mejorando.
Karen suspiró, devolviéndole el abrazo.
-¿Tenéis que llamarme siempre así?
-Lo hacen de forma cariñosa, su majestad – afirmó Deker con una sonrisa torcida.
-Ya, cariñosísima – puso los ojos en blanco –. ¿Y Ariadne?
-En el salón.
-Vale, gracias.
-¿No me vas a felicitar?
-Tu cumpleaños es mañana.
-Que poca diplomacia emplea conmigo, majestad, ¿los ladrones se sienten seguros con usted defendiendo sus intereses?
-Más que con un Benavente sí.
-Au, cómo duele.
-¿Y el tío Álvaro? –preguntó la niña.
-Vendrá mañana por la mañana, Carlota – afirmó con una sonrisa.
-¿Y quién ha conducido?
-Yo – respondió con sorpresa.
-¿Te deja conducir solo?
-¡Por supuesto que me deja conducir!
-Papá no deja que mamá conduzca – observó –. Dice que es un peligro público.
-¿Y?
-Pensé que sería igual contigo, tía.
Tanio estaba conteniendo la risa, aunque él empezaba a comprender lo que estaba pasando. No, no podía tener tanta suerte.
-Ya, bueno, tu tío me deja conducir, y lo hago incluso mejor que él – afirmó con voz aguda.
-Vale, la tía Tania también conduce.
Murray parecía verdaderamente indignado.
-Kenneth – una Ariadne adulta salió a recibirle –, ¿qué tal el viaje?
-Hasta ahora bien – se colocó las gafas con el dedo índice.
-¿Qué ha dicho Deker? – preguntó mirándole mal.
-Tu hija parece pensar que no puedo conducir, porque a ti Deker no te deja.
Ella fulminó a ambos con la mirada.
-¿Es que quieres volver a la niña homófoga?
-No estamos metiéndonos con su orientación sexual, nos estamos metiendo con él – se defendió.
-De verdad, Deker, eres peor que los niños.
-No es posible.
Oh, mierda.
Esa voz…
Se giró lentamente, y vio a Ariadne Navarro mirándole horrorizada.
-Genial – susurró –. No es un sueño normal.
-¿Qué haces tú en mi sueño?
-¿Yo? ¡Eres tú la que se ha colado en mitad del mío!
-Esto es horrible – afirmó –. ¿Crees que tiene algo que ver con el Objeto que provoca sueños a Tania?
-No lo sé, pero el que escriba esto me cae fatal. ¡Esa niña me domina con dos frases!
-¡Y yo no quiero tener tres hijos!
Deker dio un paso atrás.
-¿Tres? – se horrorizó.
-¡Sí! ¡Tres! ¡Y uno es enorme!
-Esto es una pesadilla.
-Lo único bueno de este sitio es la casa.
-¿Casa? Es un palacio.
Ariadne se giró, mirando hacia la fachada.
-Joder.
-Vivimos en una sucursal del palacio de Versalles – observó.
-Y en medio del bosque. Estamos en el castillo de la Bella y la Bestia.
-Bueno, vale que me he dejado barba, pero de ahí a compararme con Bestia…
-En todo caso, está claro que esto no puede pasar, las cosas no coinciden con la realidad.
-Completamente de acuerdo, ¡ni siquiera tiene sentido! Se supone que estamos casados, pero yo he llamado a Murray majestad y mencionado su puesto como rey de los ladrones.
-¿En serio?
-Sí, y aquí está liado con Álvaro.
Ariadne se horrorizó.
-Lo peor es que no me sorprende.
-¿Y has visto el cuarto de esa niña? ¡Parece que estemos en una fantasía de Tania! Nunca había visto tantas muñecas juntas.
-¿Y el hijo mayor? ¡Eres tú con otra ropa y otro peinado!
-¿Se puede saber donde estamos?
-¿Cómo esperas que lo sepa?
Deker se dio cuenta de que desde que sabía el compromiso, no había cruzado tantas palabras con Ariadne. No supo como sentirse al respecto.
-A ver, primero hay que asegurarse de que esto no es un sueño raro de alguno de los dos.
-¿Y cómo hacemos eso?
-Mañana por la mañana, nada más vernos diremos una palabra, si el otro le mira de forma rara, es que esto no tiene que ver con un Objeto.
-¿Y si la decimos los dos?
-Entonces investigaremos esto. Sin decir nada a Tania y a Jero.
-Completamente de acuerdo.
Entonces, todo comenzó a ondularse y algo les separó de golpe, mientras las imágenes se dividían y multiplicaban.
Deker gritó la primera palabra que se le ocurrió antes de que todo se convirtiese en una especie de lámpara de lava que se cerró sobre su cabeza.

Deker abrió los ojos en su cama, y nada más hacerlo, todo volvió a él. Se incorporó de golpe, atrayendo la atención de Jero.
-¿Más pesadillas?
-Algo así.
Después de una ducha, se vistió con rapidez para bajar al comedor.
Ariadne ya estaba allí, y se levantó, acercándose a él.
Mala señal.
-Barraca – dijeron al mismo tiempo –. Mierda.
-Eh… ¿Qué pasa, chicos? – preguntó Jero algo perdido – ¿Os habéis reconciliado?
Ambos le miraron extrañados. Es verdad, no se hablaban.
-Larga historia. Cosas de Benaventes y ladrones. Cúbrenos en clase.
Agarró la muñeca de Ariadne y tiró de ella para salir de allí.
-Vamos al subterráneo. Hay que encontrar al Objeto que ha hecho esto.
-Tendremos que pasar ante Álvaro para llegar.
-Tiráremos una foto de Murray al aire y saldrá a perseguirla.
Ella puso los ojos en blanco.
Su muñeca le ardía en la palma de la mano.