Mostrando entradas con la etiqueta En Blanco y Negro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En Blanco y Negro. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de septiembre de 2015

Idealismo

Sé que prometí --que juré por el mapa del Merodeador-- que la semana pasada publicaría una reseña de La sangre del Olimpo. Y ese era el plan. Lo prometo. Pero la entrada ha acabado creciendo más de lo que esperaba y ya no es una reseña, no, es un resumen de toda la trama de Nico con un montón de comentarios míos sobre cosas e imágenes monas de Nico --o, al menos, planeo que haya muchas imágenes monas de Nico--.
El caso es que no sé cuándo la acabaré y, bueno, quiero publicar el kennal antes de que se publique el quinto capítulo de Corrientes de tiempo y quede desfasado. Porque después seguro que algo ha desbaratado todo lo que yo he escrito. Si tengo suerte será una escena de Álvaro y Kenneth confesando sus sentimientos a la luz de la luna. Pero seguramente tenga algo que ver con lo que le ha pasado a Tim o qué sé yo. Es lo que suele pasarme. En plan, podría haber pasado lo que he escrito, peeeeeeeeero no pasa una noche hasta que van a no sé dónde. Sí, es frustrante. Por si acaso, yo he evitado toda referencia temporal. Y no he mencionado a Tim. Lo siento, Tim, conste que me caes bien y tal, pero te interponías en el camino del fanfic.
Obviamente, dado que hasta lo comienzo con un fragmento, es necesario haber leído el capítulo cuatro de Corrientes de tiempo. Y, además, no os vendría mal leer los comentarios que intercambiamos Magik y yo al respecto, dado que deja de fingir que Álvaro es heterosexual --como si nos lo hubiésemos creído en algún momento...-- y nos da datos sobre su vida sentimental.
Sí. Lo sé. Ahora ya no sólo tenemos el kennal y felal, también tenemos el mateal. Podría ser el alteo, pero entonces rompería la concordancia y quedaría mal. Shippeamos algo llamado felal en vez de alvipe para mantener esa concordancia. Kennal suena demasiado bien como para no ajustarnos a su forma. Y de todos modos, es la única relación con futuro y fragmentos monos, así que no perdemos nada.
He intentado apegarme lo más posible al canon y mantener todos los personajes en IC, pero no sé si lo he conseguido, sobre todo al final. Es que he tenido que añadir y cambiar un montón de cosas con la nueva información y me he liado mucho. Y ya no sé cómo piensa Álvaro porque creía que sí, pero no, y eso confunde. Magik, si están OoC, no pienses algo en plan "Esa petarda obsesiva ya está destrozando mis personajes..." --que sería lo que pensase yo en tu lugar, lo admito-- piensa, en su lugar, que tus personajes son tan únicos y geniales que resulta imposible imitarlos, ;)
Y ahora, el fic. Advierto que son once páginas de Office.





Idealismo.


"–Hay algunas personas que son especiales, ¿sabes? Que poseen un tipo de inocencia que ni siquiera ellos mismos ven, pero sí los demás. Y en este mundo podrido y horrible en el que vivimos, esa inocencia brilla más que nada, aunque también es muy difícil de encontrar. Por eso, considero que esas personas deben ser protegidas, preservadas como si fueran criaturas en peligro de extinción.
Kenneth tragó saliva.
¿Te refieres a Tania?
También.
–¿También? Ah, hablabas de Ariadne entonces.
Bueno... Aún queda algo de inocencia en ella, pese a todo, pero... Kenneth, yo..."

Ese momento llevaba repitiéndose en bucle durante horas, ocupando todos sus pensamientos. El problema era que, solo en su habitación y con 50 Sombras de Grey como único entretenimiento, su mente no dejaba de volver, una y otra vez, a esa escena.
Soy un maldito estúpido.
Si bien era cierto que había estado discutiendo con Kenneth durante demasiado tiempo, con el consiguiente desgaste de sus maltratados nervios, no dejaba de haber cometido un error terrible.
No estaba seguro de cuándo databan esos sentimientos que albergaba por el joven, pero, desde que era consciente de ellos, los había enterrado todo lo hondo que la continua convivencia le permitía. Al contrario de lo que pensaba la mayoría de la gente, envidiosa, sin duda, de su extrema belleza, no era idiota. Cuando recordaba al joven ladrón que había partido en busca de las Cuatro Damas con su mejor amigo y había vuelto con las manos manchadas de sangre, le costaba mucho relacionarse con él. Había pasado demasiado tiempo, demasiadas cosas. Un largo y tortuoso camino le separaba de El Ángel, su nombre en clave como ladrón, y muchas veces, recordando lo acontecido, se veía a sí mismo como un extraño. Nunca se había considerado una persona inocente, pero los años le habían probado que así había sido durante su juventud, inocente, idealista, sin tener ni idea de cuanto podía perder, con toda la vida por delante y un destino claro como el cristal. Todo eso se había perdido en el puente de Sant' Angelo. Álvaro Torres ya no era un niño y quedaban pocos rastros de inocencia o idealismo en él. Por ello, sabía que sus sentimientos debían quedar en absoluto secreto. Que todo lo que pudiese sentir por Kenneth Murray estaba destinado, sin discusión, al fracaso. A un doloroso fracaso, que él se veía incapaz de enfrentar por el momento.
No se trataba de no ser correspondido, aunque tenía prácticamente la certeza en ese aspecto, sino del compromiso que ataba a Kenneth y a Ariadne. Cuando la princesa fuese mayor de edad, tendrían que casarse, lo quisiese ella así o no. Sabía que la joven estaba enamorada de Deker Sterling, debido, principalmente, a que tenía ojos en la cara y, como hemos mencionado, no era estúpido, mas eso tampoco tenía importancia en el gran esquema de los hechos. Por ejemplo:
Hecho número uno. Gerardo había hecho un trato con los Murray a cambio de esos dos votos.
Hecho número dos. Ariadne siempre había sido consciente de sus obligaciones como princesa y, aunque le desagradasen, nunca había titubeado respecto a actuar acorde a su rango. Estuviese o no de acuerdo.
Hecho número tres. Los Murray habían cumplido.
Hecho número cuatro. Ariadne cumpliría su palabra aunque eso la destrozase.
Hecho número cinco. Deker era un Benavente, así que entre esos dos nunca podría haber nada formal, debido a las putas reglas de los ladrones.
Hecho número seis. Eso también se aplicaba a él, dado que era un asesino, incluso si olvidasen el compromiso y se asumiese que Kenneth era, como mínimo, bisexual, además de que sintiese algo por él. Lo cuál era improbable.
Hecho número siete. La boda era la única conclusión lógica.
Y ni siquiera él, que siempre había sido un magnífico actor, podía mentir al respecto. Iba a haber boda, lo quisiese él o no. Lo quisiese Ariadne o no. Lo quisiese Kenneth o no. Lo quisiese Felipe o no. Lo quisiese… Hizo una pausa en sus reflexiones, preguntándose quién, entonces, estaba a favor de ese enlace. La única respuesta que le vino a la mente era María Luisa de Murray, o cómo se hiciese llamar.
Esa zorra.
La furia contra esa estúpida mujer siempre le hacía sentirse mejor, debido a que era un blanco perfecto para ser culpado por sus problemas. Además, era una pésima persona y no tenía muchas dudas sobre cómo debió ser la infancia de Kenneth bajo su cuidado. La extrema inseguridad y la incapacidad de tomar decisiones por sí mismo que, al principio, había demostrado, eran muy reveladoras.
En definitiva, Álvaro había aceptado que, fuesen esos sentimientos profundos o no, cosa en la que evitaba pensar, estaban abocados a un final agrio y espinoso que él no necesitaba. Estar rodeado de jóvenes idealistas en ese internado le había hecho darse cuenta de lo amargado que llegaba a estar en según qué cosas y estaba haciendo un consciente esfuerzo por evitar caer en ello, el cual se vería truncado ante el aplastante y, de seguro, horrorizado rechazo que recibiría si, en un ataque de locura espontáneo, confesase sus sentimientos. La imagen podría haber sido incluso divertida, de no haber estado dirigida a él la negativa. Su única opción, por ende, era dejarlo pasar. Seguir adelante, callado y sonriente, y acabar superándolo y saliendo del brete en el que, de nuevo, su sentimental interior le había metido. Cuando recordaba las palabras de su rey, que tenían cierto regusto a profecía, algo en él se estremecía, consciente de lo acertadas que habían estado. Sí, de seguro el ser un sentimental acabaría costándole su vida, acabaría por ser su ruina.
El compromiso, de nuevo, era el obstáculo más visible, mas no por ello el más insalvable, pues había tantas cosas que se interponían en el camino de una hipotética relación que resultaba imposible considerarlas todas.
Por una parte, él lo consideraba sólo un amigo. Por otra, seguía sin tener una mínima pista de si le gustaban, aunque fuese un poquito, los hombres. Álvaro había hecho cambiar a más de uno de opinión pero, con sinceridad, eso nunca tenía efectos duraderos y traía más problemas de los que solucionaba. Además, estaba el que era un asesino, por los que Kenneth sentía un odio visceral. Cierto que parecía haber perdido toda animadversión hacia él y que, en la lucha contra los Benavente, ni siquiera había parpadeado al verlo matar a su atacante, mas eso significaba poco. Él era lo que era. Nadie podía hacer nada al respecto. Bastante había sido lograr su aprecio sincero y, conseguir que correspondiese sus sentimientos, se presentaba como un imposible.
¿Era de cobardes callarse y fingir que nada sucedía? Esa era una pregunta para la que no tenía respuesta, como tampoco la había tenido cuando se enamoró de Felipe o de Mateo, pero, de nuevo, prefería ser uno antes que poner en peligro la amistad que habían entablado, dejarse en evidencia a sí mismo y colocar al pobre chaval en la posición de rechazarlo, con todo lo que eso conllevaría. Incluso si, por un casual, debido a un Objeto descontrolado o a una conspiración de sus hadas madrinas, se viese correspondido, pondría a Kenneth en una situación en extremo complicada, debido, de nuevo, al maldito compromiso.
La gran pregunta, que dejaba sus reflexiones en un absurdo y conseguía que perdiesen todo su sentido, era la siguiente: ¿qué había interpretado Kenneth de sus palabras?
Primero las había atribuido a Tania, luego a Ariadne y, si sus mejillas sonrojadas eran un indicio, había acabado por caer en que estaba hablando de él. Ahora, cabía la pequeña, ínfima y microscópica posibilidad de que no hubiese hilado. Cualquier otro lo habría hecho, pero era posible, incluso plausible, que Kenneth no. No era que el joven ladrón no fuese inteligente o algo así, dado que había demostrado en infinidad de ocasiones que no carecía de recursos o capacidad, pero no dejaba de ser Kenneth. Kenneth, que no podía ser más inocentón porque no entrenaba, que se sonrojaba ante la mínima insinuación y que, de seguro, nunca se plantearía que él estaba… Bueno, que él tenía sentimientos de carácter romántico. Hacia él. O hacia nadie.
Hizo una mueca al recordar las duras palabras que le había dirigido, rezumando sarcasmo, ante el comentario de Tania sobre él siendo un conquistador. Y, aún así, los agonizantes rastros de su idealismo se atrevían a susurrar en su oído que a lo mejor eran celos. Los rastros de su idealismo eran estúpidos y no quería escucharlos, porque luego sería mucho más doloroso, pero la mera posibilidad le hacía sonreír como a un tonto.
Cuando la puerta se abrió de improviso, no pudo evitar el alzar la mirada, sintiendo una extraña emoción ante la visita. Emoción que se drenó en un par de segundos, cuando comprobó que era Felipe el que había ido a visitarle. Dedicó una sonrisa a su amigo, dejando el libro en la mesilla.
¿Problemas en el paraíso? ¿Por qué no estás con Valeria? No me digas que habéis discutido –se preocupó.
No, Valeria y yo estamos bien.
Me alegro, porque no tengo otra habitación a la que ir. Y tú no querrías dejar sin cama a un pobre tullido, ¿verdad?
¿Estás seguro de eso?
Tus palabras me hieren, que lo sepas. ¿De verdad estarías dispuesto a echarme? –preguntó, llevándose una mano al pecho con teatralidad.
No me refiero a eso –replicó Felipe con paciencia, dirigiéndole una mirada astuta–. Me refería a si de veras no tienes otra habitación a la que ir.
Bueno, estamos en un castillo, haber hay habitaciones, pero el traslado sería un engorro…
Álvaro, sabes lo que quiero decir.
No –admitió, algo perdido–. La verdad es que no lo sé, prueba a ser menos críptico.
¿Sabes de qué me he dado cuenta en estos días que llevo despierto del coma?
De muchas cosas, supongo. Con todo lo que está pasando.
Sí, pero la que me más me ha llamado la atención es una concreta –dijo con suavidad, alzando la mirada para que sus ojos se encontrasen–. ¿Qué tipo de relación te une a Kenneth Murray?
Mierda.
No se había esperado esa pregunta. ¡Ni siquiera tenía sentido que se la hiciera! Después de todo, nunca le había confesado a su mejor amigo que le gustaban los hombres. Siempre había sido un secreto que sólo él, además, obviamente, de sus amantes, había conocido. Álvaro nunca había sido de los que daban explicaciones y, después de todo, sus gustos eran sólo asunto suyo. El que, de algún modo, se las hubiese arreglado para enamorarse de sus dos mejores amigos en su momento, había sido determinante en su decisión de ocultárselo.
Presionó un poco los labios, inclinando la cabeza y pensando muy bien en su próximas palabras.
Bueno, en un principio nos llevamos fatal. A él no le gustaba que yo fuese un asesino, a mí no me gustaba que Ariadne tuviese que casarse con él… Pero supongo que, al final, conseguimos llegar a un punto intermedio. Nos hicimos amigos –concluyó, encogiéndose de hombros–. Es cierto que nos hemos pasado la mayor parte del tiempo discutiendo desde que despertaste, pero no es nuestra tónica habitual. Al menos, no últimamente –añadió.
Felipe lo examinó con el rostro impasible.
Bonito discurso. Ahora la verdad.
Es la verdad.
Álvaro, en serio. Si no eres sincero conmigo voy a sentirme ofendido, sobre todo teniendo en cuenta que no os habéis esforzado mucho en ocultarla.
Estoy siendo sincero –insistió–. Somos amigos.
Ah, ¿eso es todo lo que sois?
Sí –asintió con decisión.
Por mucho que me duela.
Está bien –decidió–. Te creo.
Gracias.
Pero, ¿qué te gustaría que fueseis?
Álvaro bufó, pasándose los dedos por el cabello dorado, que estaba incluso más despeinado que antes de la reunión.
¿A qué viene esa pregunta?
¿Tú a que crees que viene?
No lo sé.
Vamos a ver. Me despierto del coma y, unos minutos después, casi te desmayas porque él se está yendo a Londres.
Eso fue por el vínculo –se defendió.
¿Quieres entrar en por qué le cediste uno de tus ojos? –preguntó Felipe, alzando una ceja.
Porque no quería que Ariadne tuviese que hacerlo.
Ya, seguro. El caso es que después te pasaste media hora quejándote, muy preocupado, porque estaba siendo un inconsciente al ir allí sin ti y porque era prácticamente un chiquillo, por el que no podías dejar de preocuparte.
También dije que me preocupaba por Ariadne y por Jero… –negó con la cabeza, recordando la escena en el avión– ¿También estoy enamorado de ellos?
Espero que no, porque eso sería pederastia y es ilegal.
En realidad, la edad de consentimiento en España es precisamente a los dieciséis.
Felipe alzó una mano para interrumpirle.
Mira, podría entrar en que, mientras subíamos al piso de Tim en Londres la primera vez, estabas más nervioso de lo que he visto desde tu expulsión del clan. Podría mencionar el terremoto en el rascacielos de los Benavente, en el que sólo estuviste pendiente de él y, cuando cayó sobre ti, en vez de echarlo o hacer un chiste, le colocases las gafas con la sonrisilla. También podría hacer referencia al que recibieses una puñalada por protegerle y que, después, cuando estabas moribundo, le soltases un “No te preocupes, Ken, no pienso abandonarte tan pronto” –continuó, alzando de nuevo la mano para que no le interrumpiese, indignado por la pésima imitación, que le hacía parecer una quinceañera hormonada–. Podría seguir hablando, podría recordarte cómo os mirabais el uno al otro cuando estabas herido o cómo os habéis dedicado durante días a tiraros de las coletas y a discutir como niños. Por no mencionar el célebre “Me alegro de que, aunque te enfades conmigo, sigues considerándome guapo” –lo imitó de nuevo, incluso con menos acierto que la vez anterior, puesto que en esa ocasión le habrían tomado por Zaza de La jaula de las locas– y la consiguiente reacción de irse dando un portazo, dejándonos a todos anonadados. Podría incluso anunciar que no soy estúpido y, al entrar esta tarde al despacho, él estaba rojo como un tomate y evitaba tu mirada, mientras que tú, por mucho que disimulases y bromeases, parecías querer gritar de frustración. Podría hablar de todas esas cosas –concluyó–, pero no lo voy a hacer.
¿Ah, no?
No –repitió su viejo amigo, antes de clavar los ojos, que parecían astutos y afilados, en los suyos–. No será necesario, porque yo no dije que estuvieses enamorado de Kenneth, pero tú si has hecho referencia al amor en el comentario sobre Ariadne y Jero.
Hubo una pausa, unos momentos de silencio, antes de que Álvaro se desinflase sobre los almohadones. Parecía mentira. Se sentía como si lo fuese. Años de ocultarse, de hablar sobre “sus citas” en género neutro y de actuar como un conquistador despreocupado y cínico respecto al amor. Años que ahora parecían no tener sentido, como si se hubiesen desdibujado. Era extraño y, sobre todo, incómodo. Como si el que hubiesen descubierto su secreto le hubiese dejado, de alguna forma, más vulnerable.
Felicidades. Años de abogacía y nadie me había pillado nunca en un renuncio. Menos en uno tan obvio –se quejó, echándose el dorado cabello hacia atrás con una mueca.
Me lo has puesto fácil –reconoció con docilidad–, pero yo tampoco te lo puse más difícil cuando te hablé de Valeria.
Bueno, es que tú no lo ocultaste. Fue algo como: “Álvaro, he encontrado trabajo como profesor en un internado y, cuando fui a hablar con el director, ¡conocí a la mujer de mi vida! Es tan guapa y tan rubia y tan guapa…” Incluso cuando te pregunté si era más guapa que yo, ¡tú insististe en que lo era! –le recordó con una sonrisa petulante– Y esa ceguera sólo puede ser fruto del amor, amigo mío.
Felipe lo miró mal, aunque llevaba haciendo caras desde que comenzó con la imitación, que lo había dejado como un absoluto panoli. Álvaro lo había hecho a propósito. Como venganza.
Puedes burlarte de mí todo lo que quieras, Álvaro, pero eso no cambia el que te haya pillado.
Supongo que no –suspiró.
Bueno, no he podido evitar darme cuenta de que te gustan los hombres, así que me preguntaba cuándo pensabas contármelo. Suponiendo –añadió después de unos segundos de silencio– que pensases hacerlo.
¿Importa?
Pues no sé –ironizó–. Pero comprende que me ofenda un poco saber que mi mejor amigo, al que conozco de toda la vida, me ha estado mintiendo durante años.
No te he mentido.
Pero me has ocultado cosas, que es lo mismo.
¿Acaso cambia algo? ¿Es esto de verdad necesario?
No, por supuesto que no cambia nada –admitió, con una mirada fulminante–. Y, precisamente, el que te atrevieses a dudar de ello, es lo que más me ofende de todo.
No dudaba de ello.
Entonces, ¿por qué ocultarlo?
No era asunto tuyo –repitió, cruzándose de brazos–. No era asunto de nadie.
Después de unos minutos de silencio, la expresión de Felipe se suavizó un poco.
¿Mateo?
Álvaro se limitó a asentir, pues no tenía ningún deseo de añadir que también había estado enamorado de él, antes de que se distanciasen tras su exilio.
¿Desde cuándo?
Al ver que se encogía de hombros, su amigo continuó mirándolo con fijeza, dándole a entender que no lo dejaría hasta que le diese una respuesta.
Desde el primer día.
Comprendo –suspiró–. Y… ¿Sigues sintiendo algo por él?
Supongo que no.
Supones.
Álvaro volvió a encogerse de hombros y apretó los labios, dejando claro que, en esa ocasión, no iba a hablar más del tema.
Imagino que es una buena noticia, ¿no? Que lo hayas superado y ahora te guste Kenneth.
Sí –constató con amargura–. Es genial.
Tú no pareces muy feliz.
¿Por qué iba a estarlo? –se quejó– Oh, sí, he superado a Mateo y me gusta otra persona. Es genial. Porque no es heterosexual, ni un ladrón que odia a los asesinos ni está prometido. Qué suerte tengo.
Vale, no puedo negar que esté prometido y tampoco estoy muy seguro de su actitud hacia los asesinos en general –reconoció, mirándolo con seriedad–, pero sobre la parte de heterosexual, tengo mis dudas.
Ya.
Álvaro –suspiró, mirándole con algo que no supo identificar por completo, pero parecía una mezcla de pena y ternura–, tú no has visto cómo te mira ese chico.
Mal.
Bueno, ahora sí porque le has ofendido, pero yo estuve en Londres, ¿recuerdas? No te miraba precisamente mal.
Sí, ya.
En serio –insistió–. ¿Quieres saber cómo te miraba?
No, no quiero.
Te miraba –continuó, ignorándolo– de la misma forma en la que yo miro a Valeria. Como si no hubiese en el mundo nada más importante o digno de atención.
Si hubiera sido cualquier otra persona, Álvaro habría sacado fuerzas de la flaqueza y le habría echado de su habitación a patadas, herido o no. Pero era Felipe y le miraba con la cara ilusa y monilla, así que sólo suspiró. De alguna forma, le debía tener esa conversación.
Eres un cursi.
Lo digo en serio –insistió.
Déjalo ya, Felipe –pidió, con un tono que dejaba clara la advertencia.
Pero, ¿por qué? No es como si me lo estuviera inventando para animarte, es cierto. Tú no lo viste mientras te curaba la herida, pero temblaba como una hoja, cada vez que te miraba a la cara parecía al borde de la ruptura, ¡es por eso por lo que se enfadó!
¡Ya está bien! –zanjó– Mira, sé que quieres ayudar, pero no puedes hacer nada por mí en esta ocasión, excepto dejarlo estar, ¿vale?
¿Dejarlo estar? ¿Crees que eso va a ayudar a alguien? –preguntó, enfadándose un poco.
Lo hará más fácil para todos –aseguró, ignorando el bufido incrédulo de su amigo–. Da igual lo que yo sienta, ¿no lo entiendes? No cambia nada. Prefiero ignorarlo y actuar como si todo estuviese bien.
¡Pero nada está bien!
¡Se va a casar! Incluso si tuvieses razón, incluso si él correspondiese mis sentimientos, entonces… –casi se atragantó con su propia voz, como si su garganta luchase para no emitir esas palabras, sabiendo que serían demasiado dolorosas–. Entonces todo sería aún peor, porque no cambiaría nada. Él se casaría con Ariadne, se convertiría en el rey de los ladrones.
No tiene porqué ser así.
Pero lo será. Y no sería justo. No sería justo para mí y tampoco sería justo para él. No quiero ponerle en esa situación, Felipe. O me rechaza porque no siente nada por mí y, conociéndolo, se sentirá culpable por romperme el corazón y eso se cargará nuestra amistad, o me rechaza por sus obligaciones y tiene cargo de conciencia por el resto de su vida. No quiero que ninguno se atormente con el “¿y si…?”. ¿Por qué no entiendes eso?
Porque quizá no te rechace –exclamó–. Quizá él está teniendo las mismas dudas que tú ahora mismo y teme que tú no le correspondas. Quizá está dispuesto a romper el compromiso, con el que no se le ve muy emocionado, por ti.
Ya –ironizó–. Y después huiremos a Narnia en unicornio, ¿no?
¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
Porque las cosas no funcionan así –clamó, levantándose de la cama y acercándose a la ventana de la habitación, en la que se apoyó, cruzándose de brazos–. Las cosas nunca funcionan así.
¿Y por qué no? A veces las cosas salen bien, Álvaro. A veces uno consigue ser feliz.
No a mí –zanjó–. ¿Cuándo he tenido yo suerte? ¿Cuándo me han salido a mí las cosas bien? –negó con la cabeza, antes de volver a mirarle– Conmigo no funciona así. Cuando lo que quiero es algo verdaderamente importante, todo se estropea.
Eso no es cierto.
Esa es la pura verdad. Dime una, solo una vez, en la que tuviese suerte. En la que, con todo en mi contra, consiguiese lo que quería de verdad.
Bueno, quizá estás, precisamente, ante esa única y maravillosa situación en la que las cosas te salen bien a ti. En la que consigues al chico.
Álvaro bufó de nuevo, revolviendo de nuevo su melena dorada mientras miraba hacia el jardín. Desde su habitación no se veía el lugar donde habían enterrado al asesino brasileño, pero él sabía que no estaba muy lejos. Aún recordaba esa noche, en la que Kenneth se había sincerado con él y le había contado la verdad sobre su padre. En la que su relación había dejado de ser un tira y afloja continuo, para convertirse en una amistad. En la que la animadversión había pasado a convertirse en confianza.
Cuando lo pensaba desde la perspectiva de Felipe, los jirones de su idealismo aullaban y se retorcían, diciéndole que apostase. Que dejase de ocultarse y de mentir a todos a su alrededor. Que pusiese el corazón sobre el tapete y jugase hasta el final.
Pero entonces se acordaba de Kenneth junto a su abuela, de cómo quedaba callado y resignado, completamente a su merced. De cómo, después de que le hubiese dado uno de sus ojos, él se había quedado con María Luisa una noche y al día siguiente había vuelto avergonzado y culpable, esperando una ejecución verbal, casi de forma mansa, como si no hubiese otra opción después de cometer un error. Como si la consecuencia de ser sincero con él sobre lo que pensaba y sentía, de abrirse, fuera que utilizasen sus confesiones como armas arrojadizas.
Antes de la reunión Kenneth había mostrado seguridad, decisión e incluso dureza. Pero había sido con él. Con él, que llevaba meses tratándolo, dejando claro que respetaba su opinión, que le interesaba, que podía ser sincero.
Le gustaría pensar que podía enfrentarse con la misma fuerza a su abuela, pero los jirones de su idealismo y su inocencia no eran lo bastante poderosos como para cambiar el tinte cínico que su vida estaba adquiriendo bajo la luz de la luna creciente.
Sabía que todavía no sería capaz de enfrentarla. Y hasta que no fuese capaz, si es que lo era algún día, no se rompería el compromiso. Incluso cabía la posibilidad de que ganase ese valor demasiado tarde, cuando la boda ya fuese un hecho.
Álvaro no podía enfrentarse a esas duras posibilidades y mantener la esperanza. No después de tantos años de querer a Felipe en silencio, sin atreverse a ser sincero con la persona que mejor lo conocía en el mundo. No después de tantos años viendo a Mateo llorar por Elena. No cuando llevaba tantos años asumiendo que el amor no era para él. La esperanza era un arma de doble filo y lo más probable era que acabase hiriéndose a sí mismo. Como siempre.
No digas tonterías, Felipe –pidió, apoyando la cabeza contra el cristal y sintiendo el sordo tirón de la herida en su costado, en cuyas puntadas, de técnica perfecta, seguía percibiéndose el temblor de las manos que las habían llevado a cabo–. Yo nunca consigo al chico.

jueves, 31 de julio de 2014

Sequía, crisis nerviosas y síndromes de abstinencia

Los dioses salven a Community y a Abed, porque son lo único que me queda.
Después de que, la semana pasada, mi ordenador se rompiese definitivamente, las cosas no han estado bien.



En primer lugar por el hecho en sí mismo. No pude recuperar ninguno de mis archivos, lo que me afectó tanto que ni siquiera hice una sola vez el chiste de "estaba a punto de jubilarse" que, por otra parte, era cierto. Es decir, tenía como mínimo diez años. Lo echo de menos...
Por suerte me decidí a tener betas para mi proyecto de novela, porque sino habría perdido más de doscientas páginas. Ahora sólo he perdido unas treinta. Pero sigue siendo mal.
El word nuevo es distinto al mío. ¡Odio los cambios! --si tenéis un buen programa de escritura agradecería que me pasaseis el nombre-- Y encima tengo que volver a corregirlo todo. Es agotador.



También pasa que, poco después, acabé La princesa mecánica --grandioso-- y los últimos relatos de The Bane Chronicles --épicos--. Como aún no han traducido Ciudad de Fuego Celestial y no encuentro una puñetera traducción ni a tiros, estoy pasando por un síndrome de abstinencia bastante serio. ¿Qué? ¡La saga engancha! (SPOILERS CIUDAD DE LAS ALMAS PERDIDAS ON) ¡Alec y Magnus lo han dejado! ¡Maureen es una loca psicópata que se ha cargado a Camille vestida con una camiseta sobre unicornios! ¡Jace se ha convertido en Edward Cullen y ahora no puede tener relaciones con Clary porque podría matarla de un polvo! ¡Simon e Izzy por fin empiezan a avanzar! (SPOILERS CIUDAD DE LAS ALMAS PERDIDAS OFF)



Los adelantos son crueles y sólo traen más ansia.

Sí, ahora es cuando deliro un poco acerca del tema. Dejadme cancha, lo estoy pasando muy mal.
¡SEIS PERSONAJES PRINCIPALES! ¡SEIS! Y, ¿quienes? Porque ahora me pregunto quién prefiero que muera y es peor. Porque NO pueden matar a Jace, que es un Herondale y es Jace. Y Clary, que es súper y se la quiere un taco. Simon, tan mono y tan friki y seguramente tan muerto cuando acabe la novela. Isabelle, que me cae bien y no quiero que muera pero, claro, entre lo malo... Alec, que se lo merecería un poco después de dejarse engañar por Camille --según una escena eliminada, es que hasta la alimentó, el gilipollas--, pero que me sigue cayendo bien y NO QUIERO QUE ME JODAN EL SHIPP. Y Magnus, que es mi personaje favorito desde siempre y que, si matan, me romperán en trocitos muy pequeños y me llevará el viento. Así que, yo pongo mis fichas sobre Luke o Jocilyn --seguramente sólo uno de los dos muera--, sobre Robert Lightwood --que me cae fatal, por lo que DESEO que muera--, sobre Sebastian --que oye, es principal--, sobre Simon --que no me hace gracia y duele pero es genial y a esos suelen matarlos--, sobre Maia o Jordan --y si no muere ninguno, apuesto a que cortan o algo-- y... Y no sé más. No se me ocurre ninguna otra muerte que no me desgarre el corazón. ¿Por qué no me estoy metiendo spoilers? ¿Por qué soy gilipollas y no resuelvo esta tensión? ¡NO LO SÉ! ::se encoge en una esquina y solloza mucho::



Sufro mucho.

Y, necesitada de algo que me distrajese de mi dolor, me metí de lleno en Panem. Sí, la trilogía de Los Juegos del Hambre me calmó ligeramente, pero como me la acabé en dos días --de forma literal-- no tuvo resultados a la larga. Además, tenía cinco personajes favoritos, de los que murieron tres. (SPOILERS SINSAJO ON) ¡FINNICK! ¡PRIM! ¡CINNA! Es que sólo se salvaron Haymitch y Peeta, lo que es mal. (SPOILERS SINSAJO OFF) Lo extraño es que, en vez de las pesadillas que esperaba, me provocó un sueño ñoño en plan novelilla romántica. Mi subconsciente tiene ese tipo de detalles, a pesar de su firme oposición a darme sueños con maromazos.

Como ninguno de los libros que quiero leer está en Internet, lo único que me mantiene en pie es Community. Porque tendría que comprarme La profecía, secuela de Kate y sus hermanas, mas, después del ordenador nuevo, estoy muy arruinada y tengo que guardarlo todo para Septiembre y Ciudad de Fuego Celestial.
Y es que, encima, la abstinencia de Cazadores de Sombras ha despertado nuevas abstinencias que tenía controladas. ¿¡QUÉ COÑO PASARÁ CON DEMONIO!DEAN!? ¿¡Y CON ROBIN HOOD Y REGINA Y HOOK Y EMMA Y EL RUMBELLE!? ¿¡QUÉ PASARÁ CON ARIADNE, DEKER Y JERO PERDIDOS EN EL TIEMPO!¿ ¿¡Y CON EL KENNAL!? ¿¡CUÁNDO COÑO EMPIEZA CORRIENTES DE TIEMPO!? ¿¡EL HIJO DE DIANA Y MATHEW NACERÁ BIEN O ELLA TENDRÁ OTRO ABORTO!? ¿¡FINN Y KATE ACABARÁN JUNTOS!? ¿¡KURT Y BLAINE SE CASARÁN EN LA PRÓXIMA TEMPORADA!? ¿¡CÓMO LLEVARÁN LO DE LUCRECIA Y HERNÁN!? ¿¡NOS LIBRAREMOS DE LA TRAMA ABSURDA DE NUÑO E IRENE!? ¿¡DÓNDE HA QUEDADO MI PROPÓSITO DE NO ABUSAR DE LAS MAYÚSCULAS!? ¡¡¡SON DEMASIADAS PREGUNTAS!!!




En resumen, que si tenéis la traducción de CHF la exijo. Completamente en serio. Y, por lo que más queráis, ¡qué alguien me recomiende una saga juvenil de literatura fantástica antes de que tenga un verdadero ataque de pánico y acabe hospitalizada!




PD: También está True Blood, pero es semanal y eso no me sirve de mucho.
PD2: Puede que esto haya sido ligeramente exagerado pero, en todo caso, lo estoy pasando muy mal y os fastidiáis.
PD3: Cassandra Clare es malvada.
PD4: Sobre Cazadores de sombras...




domingo, 5 de enero de 2014

Bodas

Bueno, se suponía que esto era una comedia romántica. Se suponía. Porque no lo es. Hay una boda, pero apenas tiene humor. Me dejé llevar por el drama. También, es que una boda de conveniencia no es divertida.
...
En todo caso, no es que me convenza mucho, sobretodo el final, pero os presento la boda de Kenneth y Ariadne - no, no la he escrito mal, es con Kenneth, pero confiad en mí -. Dedicado especialmente a esta foto:



Que después de todo, en gran parte es la culpable de que estéis leyendo esto. Lo digo sin miedo porque no seríais capaz de linchar a alguien tan mono como a Martin Freeman, ni a alguien tan sherlockniano como Benedict Cumberbatch.





Bodas.



Se sentía verdaderamente incómodo.
Kenneth ajustó de nuevo la pajarita, pero sabía que no era por eso. No, su incomodidad no tenía nada, absolutamente nada, que ver con la ropa. Aunque esta no ayudase.
Llevaba un chaqué clásico, con un chaleco de color claro y una pajarita. Nunca había tenido problemas con la ropa elegante, pero en esa ocasión… Se sentía ridículo.
Le quedaba bien, por supuesto, pero se disponía a salir a la catedral de los ladrones, oculta en las entrañas de Lyon, y a la que la gente consideraba la mayor obra arquitectónica jamás construida. Y lo haría para colocarse al lado de Ariadne. Podía recubrirse de oro, y seguiría pareciendo pequeño e insignificante al lado de ambas.
Por supuesto, no era eso lo que le molestaba, realmente. El sentirse menos que Ariadne era algo que había asumido. Era algo global. Y la catedral, era la catedral. Ni el mayor de los ególatras podría considerarse por encima de algo tan hermoso.
El problema, era lo que había pasado esa noche.
Había pasado poco más de una semana desde entonces, y no sabía muy bien si le había parecido una eternidad o unos segundos.
No había tenido una despedida de soltero, propiamente dicha. No había ido a un local de strepteasse, ni a las Vegas, ni a ningún lugar que saliese en las películas. Sólo había sido una pequeña cena.
Después de todo, sólo había invitado a una persona. Su familia estaba ansiosa por ir, por relacionarse con gente de mayor estatus social y medrar, pero él se sentía demasiado cansado como para concederles ese estúpido capricho. Dijo que no la celebraría, ellos tuvieron que fastidiarse, e invitó a Álvaro a un restaurante.
Ambos cenaron, rieron, y se lo pasaron bien, pero no estaban del todo cómodos. Por una parte, Álvaro consideraba a Ariadne como a una hija, y sabía que detestaba la idea de la boda, por lo que no podía sentirse cómodo en su compañía.
Y después… Después estaba esa tensión. Entre ellos, con el paso de los años, había ido creciendo cada vez más y más. Kenneth no estaba del todo seguro de lo que significaba, no quería preguntárselo a sí mismo, no quería saberlo. Lo único que sabía es que, cuando se concentraba demasiado en su cercanía, sus manos temblaban, el corazón comenzaba a latirle desbocado, la boca se le secaba, le faltaba el aire, se sentía ligeramente mareado y tenía ganas de llorar sin tener ningún motivo ni comprender el porqué.
Y esa noche… Esa noche estaba muy cansado, y quería olvidar esa tensión.
Puede que… No, puede no era el verbo correcto para lo que había acontecido. Era una certeza. Habían bebido demasiado. Era un buen vino, de una cosecha excelente, combinaba a la perfección con lo que habían pedido y ambos estaban incómodos. ¿No era una increíble colección de casualidades? Y gracias al alcohol, todo carecía de sentido. La boda, principalmente. Todas las razones que uno hubiese esgrimido eran realmente absurdas. Y su pelo estaba tan bien esa noche…
Hay una enorme laguna en su mente, entre las copas y la charla, y el estar en el piso de Álvaro – realmente desordenado, por cierto –. Besándose. No era un beso especialmente hábil, a decir verdad. Era lento, empalagoso, sabía a vino y a la tarta de fresas que habían tomado de postre. Kenneth estaba convencido de que cualquier mujer – u hombre, o ser con un mínimo de gusto por el sexo masculino – lo había hecho mejor de lo que lo hacía él.
Pero no importaba.
¿Cómo iba a importar realmente en ese momento? ¿Cómo iba a importar cuando era Álvaro, y su pelo, y su piel, y sus labios, y su olor, y los sonidos guturales que surgían de su garganta o pecho o de donde quiera que saliesen, y sus manos, y su nariz chocando ligeramente con la suya, y sus cuerpos en contacto, y esa especie de corriente eléctrica que le recorría de cabo a rabo y le hacía querer llorar, esta vez de clara frustración, porque era demasiado y muy poco y quería más pero no y era Álvaro? ¿Cómo?
Y acabaron, lógicamente, en el dormitorio. Trastabillando, botones saliendo de los ojales, hebillas de cinturones desabrochándose, más besos, susurros que ninguno entendía, manos aflojando corbatas, caricias en la piel, el pelo, la ropa, en todas partes, olores embriagantes y la certeza de cómo iba a acabar todo.
Y la certeza, como también era lógico por propia definición, era correcta.
A la mañana siguiente sentía que la cabeza le iba a explotar. Sentía ganas de morirse. De no salir de esa cama. De llorar. De cancelar la boda. De huir a las Bahamas. De aferrarse a él y no irse.
No habían hablado desde esa incómoda mañana.
La pregunta muda.
Su respuesta clara.
Había boda.
Por supuesto que había boda.
¿Qué diría su abuela si no la hubiese?
La habría.
La estaba habiendo.
Comenzaría en unos minutos.
Y él estaría allí.
Y sería imposible no verle.
Imposible.
Porque se sentaba en su mesa.
Porque siempre le buscaba con la mirada.
Porque era imposible no reparar en la presencia de Álvaro Torres.
Y seguía sintiéndolo.
Sus labios, torpes por el vino. Suaves, cálidos, lentos, carnosos, con un roce que te hacía tocar el cielo con la punta de los dedos.
La fricción de su piel perfecta y aterciopelada contra la suya.
Su olor masculino y embriagante.
Esa corriente eléctrica que había recorrido su cuerpo con un chasquido al enredar la mano en su pelo.
Por supuesto que lo sentía.
Por supuesto que no debía.
Se casaba en unos minutos y no es que pensase en otra, es que pensaba en otro. En alguien a quien su futura esposa apreciaba sinceramente.
Se asqueaba a sí mismo.

¤

Todos parecían expectantes. Bueno, todos los que no conocían realmente a los novios. Los que les conocían parecían tristes, como si se sintiesen mal por el futuro matrimonio.
No tenían ni puta idea de lo que era sentirse mal.
Se había acostado con el novio.
Con dos cojones.
Se sentía TAN Ana de Bolena…
Dios, si hasta las nacionalidades de los novios concordaban.
Pero su dolor no se refería sólo a su orgullo herido – ni a su corazón roto –, se refería a algo mucho más complicado.
¿Qué pasaría si se lo dijese a Ariadne?
Se trataba de Ariadne, era completamente impredecible, podría incluso escribir una ópera al respecto y no estaría sorprendido realmente.
Podía ser que se enfadase. Que se enfadase mucho. Que le gritase. Que la aporrease con el ramo como en las películas. Que rompiese a llorar. Que le odiase por el ridículo, la vergüenza, y sobretodo la traición.
Podía ser que se desmayase por la sorpresa.
Podía ser que no le importase.
Podía ser que montase un espectáculo y aporrease con el ramo a Kenneth por cabrón infiel.
Podía ser que montase el espectáculo para escaquearse del matrimonio.
También podía ser que les pegase un tiro a los dos.
A decir verdad, la penúltima opción era la que más le dividía.
Si se lo contaba, si ella lo utilizaba para dejar atrás ese matrimonio, todo iría bien. Es decir, ella estaría con Deker, que era lo que quería. Y él… Él… A decir verdad, él, en ese preciso momento, se importaba una mierda a sí mismo. No pensaba dirigirle la palabra a Kenneth en mucho tiempo, eso lo tenía claro. Tampoco pensaba responder a las ligeras y casi invisibles insinuaciones de Felipe. ¿Después de lo de Valeria y todas las mujeres de las que su “amigo” se había enamorado a lo largo de los años en cuanto empezaban a avanzar? No, gracias. Claro que volver a su vida de antes, de mero ligoteo sin sentimientos, se le antojaba imposible y le provocaba una enorme pereza, junto con ganas de tirarse por un puente. Por otro lado, la idea de acabar rodeado de gatos no le parecía demasiado divertida. En todo caso, él no importaba.
Importaba Ariadne. Incluso un poco Kenneth. Poco.
Miró a su alrededor, fingiendo apreciar la estructura del lugar. Deker no estaba allí.
Oh.
Mal asunto.
Aunque claro, ¿cómo iba a estar?
Sacó el móvil maravillándose de esa perfecta estructura que la catedral. Estaban a kilómetros bajo tierra, y había Wifi. Increíble.
¿Se invita al amor de tu vida a tu boda con otro?
Por desgracia, incluso el todopoderoso dios Google carecía de respuestas. Había una pregunta en un foro sobre ir a la boda de tu ex, un enlace a la página web de Águila Roja, y artículos femeninos sobre ex-novios, amor, y sueños. Nada que pudiese serle útil.
Por una parte, que él hubiese aparecido habría sido completamente descarado por parte suya y de Ariadne.
Por otra, también significaba distanciamiento entre ambos.
Conclusión: lo mejor es casarse por amor, ahorra problemas logísticos.

¤

El cigarrillo sabía amargo en su boca.
Por supuesto, no era culpa del cigarrillo, si no de la situación.
En ese mismo momento, estaría comenzando la boda. Ariadne estaría preciosa vestida de novia, mientras se casaba con Murray.
Que asco le daba ese tío.
En realidad, lo único que quería era desaparecer. Quería fundirse lentamente con la cama y dejar de existir.
Sin dramas. Sin llantos. Sin pruebas.
Bueno, eso, y pegar una paliza a Murray. Con una silla. O una porra. O algún instrumento de tortura. De algo le tenía que servir el horrendo entrenamiento que había recibido, ¿no?
Pero, como no podía hacer ninguna de las dos cosas, fumaba. Llevaba ya media caja de cigarrillos y se sentía sinceramente enfermo. Aunque sinceramente, prefería con mucho ese tipo de malestar.
Sabía que no debía. De verdad que sí. Pero, de todos modos, en lo que llevaban de mañana había cedido cinco veces. Y eran las once. Se había despertado a las diez y media.
Cogió la fotografía que tenía sobre su mesilla, y la desdobló otra vez.
En ella, Ariadne le sonreía. Estaban en el paseo marítimo de Niza, una mañana algo fría de Marzo en la que el viento les despeinaba y se respiraba tranquilidad, alejados de le época turística.
Era media mañana y acababan de salir de su habitación en el hotel Negresco. La noche anterior no habían dormido hasta muy tarde, y ella parecía algo adormilada todavía. Se había recogido el pelo húmedo en dos trenzas despeinadas por el viento y que caían sobre sus hombros, cubiertos por una camiseta amplia de un color suave. Sus ojos brillaban y sonreía de forma suave, cálida y familiar, con el mar de fondo y un cielo cubierto por las nubes. La fotografía era una gama de colores suaves, grisáceos y brumosos. La había sacado con una cámara polaroid que ella misma le había regalado por su cumpleaños, de esas que sacaban la fotografía al instante por una ranura. Tenía algunas gotas de lluvia, porque poco después había comenzado a llover, y ellos habían tenido que correr al hotel. Habían pasado varios meses, y el ambiente entre ellos era distinto, extraño. Una mezcla de “la boda se acerca, falta poco” y de “aun tenemos tiempo, aun queda tiempo” que había resultado en desastre. Pero en esas pequeñas vacaciones no. Fueron unas buenas vacaciones, después de todo. Y estuvieron juntos. Eso era importante.
Los cuatro cuadrados en los que se dividía la foto por haberla doblado para meterla en su cartera, la gama de colores, las gotas de lluvia. Todo eso le daba un aspecto antiguo, viejo, apagado. Había pasado poco tiempo, pero éste era relativo, después de todo. En ese mismo momento, puede que Ariadne estuviese dando el sí quiero. Eso les distanciaba más de esa fotografía que varias décadas.

¤

Tenía la mirada perdida en el espejo.
Estaban haciendo los últimos arreglos a su vestido de novia, murmurando incansables lo guapa que estaba, lo bonita que era la boda, y demás felicitaciones.
Era como si no estuviese allí. Como si lo estuviese viendo desde fuera para no sentir emociones.
El vestido era una preciosidad. Una preciosidad increíblemente alejada de ella. Tanta tela, esa cola larguísima, las docenas de adornos que lo cubrían… Era el vestido que todos esperan de una boda real. Y cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de arrancárselo y salir de allí.
-Estás preciosa.
Ariadne se giró hacia Tania, que le sonreía cogiendo su mano con delicadeza. Se esforzó en devolverle la sonrisa.
-Gracias.
Obviamente, Tania sabía que no le importaba en absoluto, que no estaba bien, y que daría lo que fuese por salir de ahí, pero no dijo nada al respecto y actuó como si todo fuese felicidad.
No sabía como le habían dado el papel de Doña Inés, con lo mal que actuaba.
-Princesa – dijo una de las primas de Kenneth – es la hora.
Ariadne suspiró, asintió con seriedad y bajó de la banqueta, mientras todas las desconocidas que actuaban como si fuesen sus mejores amigas colocaban bien la cola y el velo. Aceptó el ramo que Tania le tendía y cogió aire.
Las puertas se abrieron, mientras la clásica y manida música de las bodas llenaba la catedral. Su tío colocó sus brazos con delicadeza y ambos avanzaron por el larguísimo pasillo. Cada paso era una tortura, y no precisamente por los tacones.
Kenneth esperaba, nervioso e inseguro, delante del altar. ¿Dónde estaba María Luisa? Ariadne se encogió de hombros mentalmente. Cada segundo en el que no tenía que ver a esa mujer era un maravilloso regalo, aunque, teniendo en cuenta que esa boda era su culpa, podría haber aparecido.
Ese tipo de ceremonias las oficiaba el rey, es decir, su tío, puesto que con ella iba incluida la coronación de ambos como reyes. Aparte de eso, era bastante parecida a la tradicional.
-Y, por supuesto, si un ladrón se opone a esta unión, deberá hablar ahora, o callar para siempre y obedecer a sus reyes.
Hubo unos instantes de silencio, y entonces, un móvil comenzó a sonar.
Un murmullo recorrió la catedral, mientras su tío arqueaba una ceja.
-Bueno, que alguien lo coja y veremos si es una señal divina.
Hubo algunas risas, mientras uno de sus primos le pasaba a Kenneth su móvil. Éste, rojo como un tomate, descolgó tartamudeando, antes de quedarse blanco como el papel.
-Mi… Mi abuela está en el hospital en medio de una operación de urgencia.
-¿Que qué?
-Le ha dado un ataque cardíaco.

Kenneth y algunos de sus familiares habían corrido al hospital, mientras que otros se habían quedado para acosarla sobre que podían volver a planear la boda. Ni siquiera sus miradas de princesa de hielo podían alejar a esas aves de rapiña.
El resto de invitados se había pasado por allí para dar el consabido consuelo y alabar su vestido de novia, pero ahora disfrutaban del convite, que no habían cancelado para no armar un escándalo.
Ella apenas había comido, y parecía la viva imagen de la prometida afligida, mirando el móvil como si esperase una llamada. En realidad, estaba mirando fotografías.
Tenía muy pocas, la verdad, pero la que estaba mirando bastaba. Se la había sacado a escondidas, para meterse un poco con él. Llevaba una camiseta vieja, y no se había molestado en ponerse unos pantalones de pijama. Estaba sentado, mirando por la ventana abierta mientras se fumaba un cigarrillo. No tenía mucha calidad, pero era suficiente.
No creía poder volver a pasar por eso de nuevo. Volver a ponerse ese vestido de novia, que se había quitado nada más llegar, como tenía planeado, sustituyéndolo por un elegante vestido de fiesta mucho más cómodo. Volver a salir a la catedral. Volver a escuchar todo el discurso. Decir que sí.
Era demasiado duro, y ella se sentía más cansada de lo que lo había estado nunca.
A esas horas, él estaría en su piso de Londres. No planeaban volver a verse nunca más.
Habían discutido por última vez hacía una semana, y no estaba dispuesta a que todo se complicase aun más. No podía hacerle eso, no podía permitir que le viese con otro hombre, simplemente no podía.
Y, la verdad, tampoco podía hacerse eso a sí misma.
Iba a cerrar el móvil, cuando este sonó. Una fotografía de Kenneth aparecía en pantalla.

¤
-María Luisa está muerta – comentó como si nada.
Él asintió, sentándose a su lado.
Estaban sentados en el borde de la fuente que coronaba ese pequeño jardín. El restaurante lo alquilaba como escenario para fotografías. Era bastante bonito.
-¿Cómo está? – preguntó, reprochándose a sí mismo que le importase lo más mínimo como se sintiese Kenneth.
-En shock – ella acarició el móvil con el pulgar, absorta en sus pensamientos –. Ha cancelado la boda. Dice que estoy libre del compromiso.
-¿Y?
-No lo sé. Puede que lo diga por el dolor, puede que los cabrones de sus familiares le convenzan para ello.
-Lo dudo, no quiere casarse contigo, Ariadne.
-Eso espero. Vosotros sois amigos, ¿qué crees que va a pasar?
-No lo sé – admitió –, es un tema complicado.
-Sé que lo sabes.
-¿El qué?
-Que sé que estás ocultando algo.
Álvaro se pasó la mano por el pelo, con un suspiro.
-No sé como decirte esto. Es decir, puedes reaccionar de mil maneras diferentes, y no te haces idea de lo mal que me siento.
-Porque…
-Me he acostado con Kenneth.
-¿Perdón? – preguntó sorprendida, alzando por fin la cabeza para mirarle a los ojos.
-Lo siento, de verdad, lo siento mucho. Estábamos borrachos y… Y no sabía si me ibas a odiar, o si ibas a cancelar el matrimonio, o si te daría igual…
-¿Con Kenneth? ¿En serio? ¿De verdad te gusta?
Álvaro dejó caer la cabeza hacia atrás en un suspiro.
-Me odio a mí mismo.
-No te ofendas, pero deberías dedicarte a las mujeres, siempre que eliges a un hombre es el peor de todos.
-Me lo he planteado, no te creas.
-¿Y qué pasó?
-Apenas entendí lo que dijo mientras recuperaba su ropa, pero el mensaje estaba claro: había boda.
-Que cabrón.
-¿Me lo dices o me lo cuentas?
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-Me siento dividido entre que raza de gato debería elegir.
Ella se rió.
-En el fondo es un buen chico. Pero sin carácter.
-Lo sé.
-Perdónale, aunque sea sólo para que yo pueda ver las caras de su familia.
Ambos estallaron en carcajadas.
-Fliparían mucho, ¿verdad?
-Habría más ataques al corazón en el seno de la familia Murray.
-Entonces vale. Todo sea por una buena causa.
-Pero hazle sufrir un poquito antes.
-Completamente de acuerdo – quedaron en silencio unos segundos –. ¿Y tú?
-¿Yo? No lo sé. Deker y yo discutimos antes de… – hizo un gesto abarcando la situación.
-Estoy seguro de que cuando se entere de esto, se le olvidará ese detalle.
-Es complicado, Álvaro. Es un Benavente. ¿Crees de verdad que esta gente se olvidará de ese detalle?
-No les invites a la boda, te ahorrarás una buena cantidad. La alta nobleza de los ladrones come como una lapa.

¤

Era una boda sencilla. Se habrían casado directamente por el juzgado, pero esa iglesia tenía unas tallas del período barroco verdaderamente increíbles. Y después de todo, la novia elige.
Deker llevaba un chaqué clásico que le quedaba como un guante y el pelo peinado hacia atrás. Lo llevaba todo con una naturalidad pasmosa que le hacía parecer un modelo, un actor, o ago por el estilo.
Ariadne llevaba un vestido mucho más acorde con su personalidad que en esa primera boda/no-boda interrumpida. Un vestido de novia vintage hasta el suelo en color crema, con encaje sutil y amplias mangas de tul de seda acabadas en puños con poca pedrería.
Había sido una boda polémica, que había conllevado cuatro meses de papeleo, de llamadas a abogados, de reuniones, de debates, de lecturas de antiguos códigos de los ladrones, de acuerdos prematrimoniales y de demás cosas difíciles de comprender. El resultado final: Deker no era rey, ni siquiera consorte, y sus hijos deberían contar con la aprobación del Consejo para poder reinar.
El primero ya estaba en la boda.
Tania tenía en brazos al pequeño Brandon – con múltiples incomodidades, provocadas seguramente por su embarazo de seis meses, gemelas, además – perfectamente vestido y arreglado para la ocasión. Éste no paraba de preguntar donde estaban sus padres y de intentar escaparse para ir a jugar fuera.
Finalmente, viendo que iba a ser imposible, Tania optó por encasquetarle el niño a Álvaro y a Kenneth, con la excusa de que ella tenía que estar en el altar como madrina.
La balada nupcial había sido sustituida por Time after time por cortesía del padrino, lo que le conllevó la mirada sorprendida de ambos novios. Jero se puso a silbar la melodía fingiendo prestar atención a las cristaleras. Nunca confesó como sabía que esa era su canción.
Y, por supuesto, nadie interrumpió la ceremonia, por lo que sí hubo boda. Posteriormente, Deker confesaría que había tenido la esperanza de que sonase para decirle que su abuelo había muerto, pero que nada era perfecto.