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miércoles, 20 de agosto de 2014

Números de la suerte, celebraciones y adelantos

Como la semana pasada no publiqué entrada, vamos a hacer algo especial. Bueno, eso y que ¡esta será mi entrada número 44! ::sopla por un matasuegras:: Mi número de la suerte es el cuatro, ¿vale? Me hace ilusión porque son dos cuatros y dos es la mitad de cuatro y tal. Y eso.



Últimamente estoy ocupadísima porque, como ya os he comentado, el ordenador se me fastidió y perdí muchos de mis archivos. Así que, ahí estoy. Volviendo a rellenar las fichas de los personajes y, lo peor, a CORREGIR. Porque mis adoradísimas betas son geniales y me han indicado un montón de cosas que corregir, por lo que yo quiero comerlas a besos, y apliqué sus consejos de mil amores. Claro que, cuando tienes que corregir doscientas páginas del tirón, pues no mola tanto. Oh, seamos sinceros. NO MOLA NADA. Y eso me recuerda que tengo que contestarle el mail a Magik, pero aún no puedo porque no he corregido los últimos capítulos que beteó. Un desastre todo.
Que vale, que podía ser peor. MUCHO peor. Pero esas cosas te tocan un poco la moral, ¿vale? Estoy sensible y es como si las ganas de escribir se me hubiesen ido por el caño.
Un. rollo. Haced copias de seguridad, mis niños. Creedme, lo necesitáis.
Resumiendo. Que como ha pasado todo eso y yo no era físicamente capaz de obligarme a continuar escribiendo la novela, pues intenté escribir historietas. Un principio de novela que no estaba mal pero tampoco bien. Una historia alterna dentro del universo de mi novela que, finalmente, demostró mi incapacidad para escribir robos decentes. El principio de una historia en plan "infancia de tal personaje". No acabé ninguna. Finalmente, arracándome el pelo de la cabeza de forma violenta y chillando cual banshee, acabé diciendo: A tomar por saco. Y escribí fanfic. Sí, escribí fanfic sobre mi propia novela. ¿No soy patética? Soy patética.

Sí, mi fanfic es parte de la parte especial. Pero la otra parte especial es que os voy a contar como surgió mi novela --que finalmente he bautizado como Crónicas la Caída I: Secretos de Sangre, porque soy rimbombante y dramática que no veas--. ¿Creíais que soy rara? Pues ya os he reventado parte de la historia.

A ver, ya he contado esto, pero es importante para la historia saber que yo, cuando me aburro, juego con personajes. Crossovers rarunos, situaciones flipadísimas... Crack puro, vamos. Estoy corriendo o aburriéndome y mi mente simplemente se va a jugar con ellos. Y así surgió.
Uno de mis personajes predilectos. que narró uno de mis fics kennal, tiene una hija. Scarlett, que así la llamé después de ver Lo que el viento se llevó, es una niña monísima y una adolescente inusualmente elegante y una adulta famosa por su trabajo como actriz. Sí, voy alternando los tiempos según tenga el día. En todo caso, el mejor amigo de Scarlett, y sobrino de mi obsesión principal, se llama Alex y es muy friki y quiere ser escritor. O lo es.  Depende de la línea temporal.
En todo caso, necesitaba por motivos de la trama que Scarlett fuese actriz en una serie y que su personaje fuese parecido a Lucrecia de Santillana. Así que Alex se transformó en guionista y creó esa serie. Era una mierda de serie, pero oye, era como Ultra-Héroe de Sinchan, ¿vale? Parte del trasfondo. En todo caso, la idea acabó gustándome y decidí que Alex se la quedase.
Así que, durante un par de meses, Alex y Scarlett volvían a ser adolescentes y él estaba muy concentrado en escribir su historia --con cortas interrupciones para defender que Misha Collins estaba más bueno que Jensen Ackles frente a una Scarlett que disentía--.
Así que, mientras trabajaba en el esqueleto básico de la novela y de los personajes --que acabaron por no tener nada que ver con la idea original--, lo hacía a través de Alex.
Él --que sabía pintar-- dibujaba los mapas. Él caracterizaba a los personajes. Él discutía con Scarlett sobre como llevar la trama. Él lo hacía absolutamente todo hasta que yo, el 24 de Diciembre, puse las primeras palabras sobre el papel. Oh, bueno, había escrito alguna descripción de la bruja antes, pero a mano. No es nada serio hasta que lo paso a ordenador. Cabe decir que fue el prólogo más patatero, absurdo y cargante de la historia de los malos prólogos. Pero ya había empezado.
Poco después pasé de escribir la primera novela, la resumí en el primer capítulo --lo cual fue una de las decisiones más inteligentes que he tomado en mi vida-- y pedí y recé por betas --que son a las betas lo que Bilbo a la monez, así os lo digo--.


Y hasta aquí. Dicho así no suena tan raro, pero en serio. La trama no es mía, la he robado vilmente. Vale, se la he robado vilmente a un personaje que es mío, pero si muero durante la noche es que Alex ha tomado el control de mi mente y se ha vengado.  Lo veo poco probable porque le he puesto una historia nueva y un novio fantástico, pero nunca se sabe.

Y sí, ahora el fic sobre mi pareja protagonista que, a mi entender, se entiende aunque no sepáis mucho de que va y que no mete spoilers. O al menos yo no los he visto, aunque soy despistada y tal.

Escena 1

A Galímedes le gusta su risa. Tiene varios tipos de risas, pero esa es definitivamente su favorita. No es irónica, no es sarcástica, no es burlona, no es coqueta. Es una risa pura y vibrante, que dice <<me ha hecho gracia>> y nada más.
Le gusta, pero le encoge el corazón. Y sólo acompaña su carcajada de forma corta, tratando de centrarse en otro asunto. Porque la Bruja del Oeste le impresionó cuando se conocieron y, ahora, no puede más que quedarse boquiabierto ante ella. Tiene quince años y sin embargo es la mujer más increíble que ha conocido. Y, sorprendentemente, no es un insulto a otras mujeres. Pobrecillas, ellas no tenían ninguna oportunidad: estaban condenadas a la derrota desde el principio.
Y no es por la magia, o, al menos, no del todo. Tiene que ver con la magia, pero no es por ella en sí. No es sólo una bruja, es mucho más que eso. Hay mucho más allá de sus vestidos juveniles, su aire de superioridad y su franqueza.
También es sorprendente que sea franca. La joven es franca pero no porque no mienta o le oculte cosas, sino porque es clara. No se anda con rodeos y va al grano. Directa y contundente como un puñetazo a la mandíbula. Rotunda e incontestable como palabra divina.
Y hermosa.
Apenas acaba de convertirse en una adulta y ya es más madura que cualquier mujer que haya conocido. Inteligente, aguda y decidida. Quizá caprichosa y voluble --como negarlo, a esas alturas--, mas todo eso empalidece y se difumina, languidece y se esfuma, al verla discutir sobre cualquier asunto con esa seguridad en sí misma y en sus argumentos. A Galímedes le gustaría poder ser así, pero duda que cualquier otro parezca más que un estúpido arrogante. Incluso ella parece arrogante, que no estúpida.
Y, repite, hermosa.
A veces, Galímedes se pregunta si no debería sentirse culpable. Es joven, descarnadamente joven. Apenas ha entrado en la edad adulta mientras que él ya tiene diecisiete años. Son sólo dos años de diferencia, pero parece un mundo. A veces ella le mira con sus enormes ojos abiertos, tratando de disimular su curiosidad o confusión cuando él le cuanta alguna de sus aventuras --que, admite, no son especialmente remarcables--, y se plantea si alguna vez habrá salido al mundo exterior, lejos de la Cueva, si es algo más que una niña. Después ella le dedica un comentario hiriente, irónico y con la dosis justa de amargura y él recuerda. La Bruja del Oeste es muchas cosas, pero definitivamente no es una niña.
Por Vilida*, no sabe cómo pero siente que tiene más experiencia que él.
Siente que, a pesar de su reclusión, ha vivido más cosas de las que él llegará a vivir. Que comprende más, que sabe más sobre la vida que él.
Y sí, también tiene más experiencia en ese aspecto. Lo cual sí que resulta molesto e inquietante se mire por donde se mire.
Y lo disfruta, ¡vaya si lo disfruta! Le encanta poner esa cara de falsa sorpresa cuando ve que él desconoce algo y preguntar <<¿Esto no os lo enseñan en la Universidad?>>. Es odiosa la mayor parte del tiempo. Porque Galímedes no es precisamente un niño virginal. Ha estado con mujeres que conocía en la taberna donde se hospedaba, con la misma tabernera --cuyo marido, por suerte, no se había llegado a enterar nunca-- y con esa jálica* que les había dado clase de anatomía. Una profesora de anatomía. En teoría debería saber mucho más que la joven. Le fastidiaba que no fuese así.
Si fuese cualquier otra habría afirmado sin dudarlo que era conocimiento teórico, aprendido en su extensa biblioteca --en la que sí había libros de esa temática--, pero la bruja era más dada a la práctica que a la teoría en todos los aspectos. Y, cuando le había preguntado acerca de esos tomos, ella sólo se había encogido de hombros antes de admitir que había ojeado uno cuando tenía once años.
Frustrante.
Pero podría con todo eso sin mayor problema de no ser por un factor a tener en cuenta: había sentimientos. Si fuese sólo admiración y deseo hacia al joven, todo resultaría ridículamente fácil. Lamentablemente, no era así. La Bruja se había colado por las pocas y camufladas grietas de su coraza sin siquiera saberlo, había atravesado todas las capas protectoras, todos los engaños, todas las protecciones. Se le había metido debajo de la piel.
Ese era el problema. Esa era la razón por la cual evitaba mirarla cuando reía. Porque era obvio. Porque estaba escrito en sus ojos.
Porque a ninguno le hacía gracia verle invadido por una emoción tan fútil y molesta como el amor.
Ambos preferían ignorarlo, fingir no darse cuenta.
En algunos momentos, creía ver una chispa, un rastro casi desvanecido de luz en sus ojos cambiantes, que parecía indicar sentimiento. Que podría señalar que era correspondido.
Él lo ignoraba. Podría ser una ilusión, podría no ser cierto. Y ella no estaba en absoluto preparada para sentir amor --dioses, que palabra más absurda-- por alguien que no fuese ella misma. Y él no estaba preparado para ser correspondido.
Quizá algún día. O no.
Porque después de su risa, todo volvía a su cauce.
Como si nada hubiese pasado.
Porque, realmente, era así y todo seguía estático. Tal y como ambos lo habían dejado.

*Diosa de la vida, por la cual los que carecen de magia suelen jurar.
*Sacerdotisa de Jaliryo, dios del comercio, que se caracterizan por estar muy instruidas.




Lo sé, lo sé. Hasta el título --si podemos llamarle así-- es poco original.
...
¡FELIZ ENTRADA NÚMERO 44 SABÉIS QUE OS QUIERO BESOS!

viernes, 7 de marzo de 2014

Estrenos, celebraciones y sorpresas.

Hoy es un día especial. Estrenan la secuela de 300, peliculón si dejamos aparte lo de cenar en el "infierno" - en el Hades, catetos, en el Hades -, que a mí me gusta mucho.
Hay griegos, batallas, pectorales de maromos guapos y calzoncillos de cuero. Ya seas cinéfilo, te gusten los chicos, o simplemente respires, tienes que verla. En serio. TIENES QUE.
Os dejo el trailer:


Tiene buena pinta, ¿eh? Espero que no la fastidien.

Aparte de eso, también es mi cumpleaños.


Diecisiete ya, como pasa el tiempo...
Espero pacientemente a que las fuerzas del orden entren rompiendo nuestras ventanas para romperme el DNI y darme uno del 98. Vamos, dudo que me dejen tener diecisiete. A mí. Sería muy irresponsable por su parte. Elevaría una queja.
Me gustaría contaros alguna aventura que os haga emocionaros, que os haga levantaros del asiento y aplaudir, o caeros de la silla y revolcaros por el suelo de risa, pero no ha pasado nada especial.
...
Ya, en España no se hacen fiestas sorpresas ni nada chulo.
Pena.
Pero, como ahora soy una adulta de pleno derecho en el mundo mágico - maldita lechuza que perdió mi carta de Hogwarts... -, he decidido que tengo que hacer algo especial.
Y como tampoco le he dado mucho al coco, pues os dejo el prólogo de algo que estoy escribiendo. Y así me fuerzo a mí misma a centrarme en ello, y no ponerme con cualquier otro proyecto. Lo hago mucho. Mucho mushísimo. Y cuando no, fanfic. Y cuando no, series. Y cuando no, libros. Y cuando no, exámenes. Muy inconstante soy, lo sé.
Pues eso, que os lo dejo aquí, y os pido humildemente que lo leáis, saquéis un bolígrafo que no sea rojo - ODIO los bolígrafos rojos - y corrijáis, critiquéis y saquéis cada pequeño, mínimo y liliputiense defecto que pueda tener. Sin miramientos. Sin educación. Quiero maldad. Bueno no, pero objetividad, sí. Miradlo como un regalo de cumpleaños. No os pido a Gary Oldman, después de todo. Ni a Benedict Cumberbatch. Ni a David Tennant. Ni a Eoin Macken. Ni a Jensen Ackles. Ni a Patrick Criado. Ni a Johnny Deep. Ni Nikolaj Coster-Waldau. Ni a Colin O'Donoghue. Ni a Gale Harold. Ni a Martin Freeman. Ni a Hugh Grant. Podría pediros muuuuuuuuuuuuuuuucho más. Me estoy pensando seriamente hacerlo. Pero bueno, con esto me vale.
Gracias por adelantado, queridos maestros del frikismo. Recordad que es mi cumple. Y si comentáis o seguís el blog o cualquier cosa, pues mejor. Porque, inmerecido o no, merito mío o no, es mi cumple. Y mi unicornio os mirará mal si no lo hacéis. Y todo el mundo sabe que si un unicornio te mira mal es que eres un ser deleznable que no se merece vivir. Así que, ya sabéis. No seáis Voldemort, ¡los unicornios molan!




0         Prólogo.


La Bruja del Oeste volvió entrada la noche. Tendió su capa gris ceniza al temeroso aprendiz, y sin mediar una palabra, entró en sus aposentos.
Llevaba un grueso libro, cuya cubierta se estaría deshaciendo en sus manos de no haberla estado manteniendo con magia.
Lo posó con verdadera delicadeza sobre el brillante escritorio, y se sentó ante él. Murmuró un par de palabras, que con el adecuado movimiento de sus dedos, restauró el libro. No mucho, pero lo suficiente. Tampoco era su intención devolverle el aroma de la tinta fresca o algo por el estilo. El libro era y debía seguir siendo antiguo. Simplemente quería evitar que se deshiciese entre sus manos.
Se quitó los guantes de cuero que la habían protegido del frío, y abrió el libro.
La cubierta crujió de forma amenazadora y el fino pergamino que la unía a las hojas se tensó. Posó el cuero endurecido sobre la mesa con todo cuidado y observó fijamente las palabras que la tinta negra dibujaba en la primera hoja. Se le escapó una sonrisa al reconocer el papel de vitela, pero se le borró al recordar las condiciones en las que es pequeña y poco accesible joya había sido almacenada durante siglos. Daba igual su calidad, las huellas del tiempo habían sido rotundas y crueles.
Trazó con una delicadeza y un cuidado extrañamente ajeno a ella el ornamentado dibujo que reposaba bajo el título. Trazó el círculo un par de veces con el dedo corazón, dejando que el olor a pergamino antiguo, la expectación y la euforia que precedía a la lectura, la inundasen.
Pasó la página, y la portada dio paso a las columnas de retorcida letra negra. Tres, para ser exactos. Tres columnas en la primera página. La segunda y la tercera estaban cortadas por el retrato de un hombre maduro. Sus rasgos eran duros y aristocráticos, no especialmente bellos, pero rezumaban dignidad y poder. Esas dos virtudes eran mejores que la belleza.
En una lengua antigua, las palabras, tanto tiempo olvidadas, comenzaban a desgranarse:

“Mi nombre es Másedes, que significa hijo de la tierra. Escribo estas palabras, tantos años después de las acciones por las que seré recordado por la eternidad y las generaciones venideras, bajo un complejo hechizo que alejará a los que carezcan de magia y a los enemigos de mi familia, para que solo mis descendientes puedan acceder a ellas.
Yo soy un brujo, aunque me revelase contra mi pueblo.
Yo soy Másedes I, fundador de Thélarien, rey de las Tierras Arrebatadas, u Orí, como comienzan a ser llamadas por los que en verdad se creen con derecho sobre ellas. Estúpidos. Yo soy aquel que alzó la Gran Cordillera y dividió en dos al mundo. Yo soy leyenda. Yo soy aquel cuyo poder no conoce límites. Yo soy tu ancestro y tu maestro. Y tú, que eres de mi sangre, aprenderás, y obedecerás.”

La Bruja sonrió, divertida. Debería haber puesto un hechizo mucho más global. Las familias de brujos que estaban en las Tierras Arrebatadas, eran como mucho cuatro. Eso quería decir que sólo cuatro familias de brujos, ya extintas, y aquellos que carecían de magia, tenían vetado el acceso al libro.
Siguió leyendo, devorando las palabras de Másedes con expectación y verdadera hambre.
El sonido de las hojas le acompañó toda la noche.
Era un libro grueso, complejo, lleno de cosas que comprobar y asimilar.
Tardó cinco días enteros en leerlo todo. No le dedicó ni un segundo a dormir, y sólo comió aquello que pudo invocar desde sus cocinas sin dejar de leer. ¿Quién necesitaba dormir? Ella no, desde luego. Irse a descansar cuando tenía ese libro entre sus manos, tanto tiempo después, sería tan ridículo e inconcebible que no sabría como reaccionar si la idea apareciese por su mente. Seguramente de forma agresiva.
Sonrió al acabar la lectura, y planes comenzaron a dibujarse en su mente, salpicados de hechizos, sobornos, chantajes y planos de pasadizos secretos que acababa de descubrir.
Pero eso sería después. Una vez agotada la adrenalina y la euforia, el cansancio le sacudía con fuerza.
Sentía sus ojos cerrarse de puro agotamiento, cercados por enormes ojeras. Le dolía el cuello una barbaridad, y toda su espalda estaba en tensión. Bostezó largamente, mientras maldecía a la migraña que se había instalado en su cabeza y sintiéndose algo mareada.
Se levantó de la silla con pesadez y se estiró un poco, acercándose a la cama.
Fue entonces cuando oyó unos fuertes golpes en la puerta.
La Bruja del Oeste esbozó una mueca irritada, ¿cómo se atrevía su aprendiz a interrumpirla en esos momentos? Le había dado órdenes estrictas de no hacerlo.
Con un gesto de la muñeca, todo rastro de cansancio desapareció y ella quedó perfectamente arreglada. Bostezó de nuevo, exhausta, pero no iba a permitir que la viesen débil.
Abrió, entonces, la gruesa puerta de caoba.
Un hombre, a decir verdad bastante atractivo, la atacó con una daga.
No necesitó ni siquiera un movimiento de los dedos para mandarla volando hasta clavarla en el otro extremo del pasillo.
No estaba ayudando a disminuir su irritación.
--Diría --comenzó arrastrando las palabras -- que ha sido un buen intento, pero ni siquiera alguien tan estúpido como debes serlo tú podría creérselo.
Él echó a correr. La Bruja consideró matarlo desde allí e irse a la cama, pero desistió con un suspiro de frustración. Nunca estaba de más saber quién quería matarla.
El joven se había metido en su armería, y ella sintió como la ira comenzaba a bullir en el interior de sus venas. ¿Esa cucaracha se estaba atreviendo a buscar hierro brándico en su propia casa?
--Prepárate para la muerte, bruja -- le espetó, sujetando de la cintura a su esposa.
--Laretián, querida --ironizó --. Veo que has conseguido rescatar a tu maridito.
--No gracias a ti --sus ojos azules ardían devorados por el odio.
--Al contrario, querida, yo te vendí el amuleto que te lo trajo de vuelta.
--Y no se te ocurrió mencionar que el que lo usase moriría, ¿verdad? --preguntó Úfeel con actitud amenazante.
--Se me ocurrió --sonrió con arrogancia --, pero ella no se molestó en preguntar.
--Eres…
--Todo lo que se te ocurra llamarme --le interrumpió sin perder la afilada sonrisa -- me lo ha llamado antes gente más importante, y con más motivo.
--Eres un presagio de dolor y muerte --afirmó Laretián --. Todo lo que se acerca a ti acaba dañado.
--En mi defensa, todo lo que acude a mí suele estar dañado de antes.
--Y por ello --continuó como si no la hubiese escuchado --, tenemos que detenerte.
--El miedo me devora --dijo con sorna; podría haberse reído, pero no estaba de buen humor.
--Debería --Úfeel tiró de una cadena, y la trampa cayó sobre ella.
Lo que una semana antes había sido una lámpara circular, con aros donde enganchar las velas por fuera, cayó ciñendo sus caderas. Sólo habían quitado las velas.
--Es hierro normal --rió divertida. Y furiosa.
--Pero esto no.
Lo primero que pensó al sentir una fina cadena de hierro brándico en el cuello fue que había sido una distracción para que Laretián aprovechase y pudiese atacarla por la espalda. Lo segundo fue que el dolor era tan fuerte como siempre lo era: insoportable. Lo tercero fueron formas de torturar hasta la muerte a los dos.
Se revolvió, furiosa, tratando de arrancarse esa maldita cadena, que comenzaba a hundirse en su carne, quemando como si estuviese al rojo vivo. Laretián no era precisamente débil, pero ella lo era menos.
Sintió un fuerte golpe en el estómago, y se dobló sin poder evitarlo, con lágrimas de dolor y frustración ardiendo en sus ojos.
--Ni se te ocurra, bruja.
Úfeel sustituyó a su mujer, aumentando la presión hasta cortarle la respiración. La Bruja trató de arrancarse la cadena, arañándose el cuello con las uñas, desesperada por un poco de aire.
-Úfeel, ¡rápido!
Se vio arrojada a su propia jaula de hierro brándico. Al dejar de sentir la presión, se arrancó la cadena, que estaba empezando a verse cubierta por una desagradable costra al cerrarse la herida, hundiéndose más en su carne, y la azotó contra los barrotes. Se escurrió entre ellos, produciendo el sonido grave, como campanadas profundas y pesadas, que emitía el hierro brándico.
--Hijos de puta… --temblaba violentamente por la ira.
--Puede que no se os pueda matar, pero tú no vas a salir de ahí.
La bruja rió, estallando en llamas verdes que bailaron ante la sorpresa del matrimonio.
--Vuestro plan tiene un pequeño fallo.
--Puedes hacer magia ahí dentro, pero ni tú ni tus hechizos podéis atravesar esto --dio un par de palmaditas a los barrotes con aire satisfecho.
La Bruja se abalanzó sobre los barrotes, aferrándolos fuertemente con las manos, ignorando el humo que surgía ante el contacto y el dolor agónico que recorría sus brazos hasta electrificar sus clavículas, con el rostro desencajado en una aterradora mueca y sus ojos reducidos a dos esferas negras, con finísimos arcos del un color miel cambiante cercándolas.
--Saldré de aquí --les espetó --. Y os arrepentiréis de este día.
--Vamonos, Laretián --le indicó, volviendo a rodear su cintura con el brazo derecho, pero sin apartar la mirada, fingidamente impertérrita, del rostro de la bruja.
--¡Os maldigo! ¿Me estáis oyendo? ¡Os maldigo! Saldré de aquí y os arrancaré a vuestra hija de los brazos. ¡Lloraréis lágrimas de sangre cuando acabe con vosotros! Pagaréis este momento hasta el mismo instante de vuestra muerte, ¡lo juro por mi nombre y por mi sangre!
--¿Hija?
--No le escuches, Laretián, sólo quiere hacernos daño.
--Sí, no me escuches, Laretián. Podría contarte la verdad sobre las ereidas.
--¿Qué verdad? ¿De qué estás hablando?
--Laretián, no la…
--¡No les encierran, Laretián! --rió -- Mientras tú te desesperabas buscándole, él estaba disfrutando con seres del agua, preñándolas de pequeños bastardos. ¡No duran dos meses, Laretián! ¡Las que mataron a la pobre enamorada eran sus hijas! ¡Él yació con sus propias hijas! Y lo disfrutó, querida, siempre se disfruta con una ereida.
--¡Mientes!
La mujer rió, soltando los barrotes con un gesto de desdén. Enormes marcas de piel quemada y sangrante decoraban ahora las palmas, y de ellas surgía un olor ácido y podrido que resultaba asfixiante.
--Sería tan sencillo entonces, ¿verdad? La malvada bruja está mintiendo, todo lo que nos dice es falso, sólo son mentiras para hacernos daño. Pena que me confundas con las hadas, las brujas no mentimos. Manipulamos, omitimos información, jugamos con las mentes, hipnotizamos… Pero no mentimos. No nos hace falta hacerlo.
--¡No es cierto!
--Oh, te encantaría eso, ¿verdad? Te encantaría saber que no sembró los estanques de agua dulce con sus pequeñas bastardas, que no yació con ellas, y que nunca volverá a disfrutar en tu lecho después de una experiencia como esa. Te encantaría. Pero sabes que tengo razón.
--¡No la escuches, Laretián! ¡Sólo trata de dañarte!
--Por supuesto --admitió con superioridad --, pero eso no quiere decir que no sea cierto.
Ella miró de uno a otro alternativamente, antes de sepultar el rostro en el pecho de su marido.
--Vamonos, Úfeel.
--¡Os arrepentiréis de este día! ¡Os arrepentiréis! ¡Tú sabes la verdad, Laretián! ¡Sabes que tengo razón! --les gritó mientras salían del lugar.
Fue entonces cuando reparó en el cadáver de su aprendiz, oculto detrás de la mesa de las espadas. Nadie acudiría.
Soltó un largo aullido, lleno de frustración y desesperación. Incluso los barrotes de hierro brándico se doblaron momentáneamente, impactados de lleno por el alcance de su ira.




Bueno, es un mero prologo del que no se puede sacar mucho, ni para lo bueno, ni para lo malo, pero seguro que algo podréis decirme. ES MI CUMPLE. Sé que abuso de ello, pero es solo una vez al año. Y no celebro los no-cumpleaños, así que tengo más derecho.

Un abrazo muy fuerte a todos vosotros. Mucho love.


PD: Mi madre me ha hecho una tarta y Sofía me ha mandado una canción de feliz cumpleaños por twitter. Si vosotros no hacéis nada, vais a quedar fatal...

sábado, 28 de diciembre de 2013

El maravilloso cumpleaños de la grandísima suma sacerdotisa Sofía

Vale, esto es un fic chorra sin ninguna calidad. Como todos los míos, siendo sinceros. Pero este es un fic random, para celebrar que la suma sacerdotisa Sofía lleva ya diecisiete años viva.


Sí, sí, todos adoramos a esa maravillosa friki. Se hace querer. Y por tanto, como me sería imposible llegar a donde vive por mi pésimo sentido de la orientación y el precio de los trenes - hasta Robin Hood envidia a Renfe por su talento para robarnos -, además de cosillas familiares y lógica, que tampoco es que me hayan detenido nunca, le regalo este fic chorrilla, sobre su vida y grandeza.
¡Feliz cumpleaños!

Que tarta más chula, ¿eh? Una sacerdotisa con suerte :P




El maravilloso cumpleaños de la grandísima suma sacerdotisa Sofía.


La suma sacerdotisa Sofía cerró su portátil con un suspiro y se alejó del escritorio. Detrás de ella, las demás sacerdotisas, súdbitas que existían solamente para alabar su grandeza, discutían en susurros acerca de si su vídeo de los maromos buenorros élficos bailarines era mejor que su "Lazarillo de Orense". Las primeras defendían que en él salían chicos guapos, las segundas afirmaban que el "Lazarillo de Orense" había sido la cima, y resultaba insuperable.
Estúpidas.
Su grandeza no tenía límite.
Salió a pasear por su enorme templo, construído para adoración de su persona. Porque ella molaba tanto y era tan Amor, que la gente se pegaba por adorarla. Que tiernos.
Como era su costumbre, prendió fuego a un par de imagenes de Daenerys Targaryen, a la que odiaba especialmente desde que le habían dicho que se parecían - obviamente, les había enviado a sus ordas vengandoras para que les asesinasen por tal injuria contra su persona - y rezó un par de oraciones por el kennal.
Como suma sacerdotisa, parte de su trabajo consistía en apaciguar los ánimos de los fans de la diosa Magik, cosa que llevaba horas. Mucha gente lloraba en su puerta durante días. Por suerte, los únicos que había esas semanas eran mega-fans de Deker que se quejaban de la decisión de Álvaro y gente que lloraba porque no había capítulo de escenas eliminadas. Ella lloraba esa gran pérdida por dentro. Lamentablemente, no se la había ocurrido a tiempo eso de hacerle chantaje emocional en plan "es mi cumpleaños y sufro como Geno quiero ver a Tania cantando Esta soy yo de Marta Sanchéz porfa plis". En el fondo era demasiado buena...
Una jovencita, fascinada por su grandeza, avanzó tropezando hacia ella cuando se disponía a tomar su tarta de cumpleaños especial. Exacta a Hogwarts y de chocolate. Ah... Las gratificaciones del frikismo.
-Señora - balbuceó -, alguien quiere veros.
A ella no le sorprendió, ¡todo el mundo quería verla! Esa era una de las razones por las que había llenado la entrada del gigantesco templo con esculturas suyas.
-Ya he acabado por hoy, puedes retirarte.
-Pero, señora... No es un feligrés.
-¿Y quién es?
-Un emisario, señora. De la pitia suprema.
Oh, Artemisa... Su fortaleza respecto al kennal era débil, pero la chica le divertía. Y las shipper debían hacer piña.
-Que pase.
Era su famoso unicornio turquesa, en el que se lanzaba para leer los capítulos.
No se lo imaginaba con gafas de leer. Ni tan regordete. Todavía llevaba la pipa en el hocico, de la que salían anillos de humo mejores que los del mismo Gandalf.
-Le traigo un regalo de mi señora - explicó. Tenía un acento ligeramente británico.
-¿Qué regalo?
-Trasteando con el polvo de hadas que le regalo el joven Pan por Navidad, ha logrado lo que toda friki quiere: la piedra del maromo.
-No es posible - por primera vez en años, su voz se quebró -. Es sólo una leyenda.
-No lo es. Lamentablemente, los efectos son limitados, mi señora. Sólo durará hasta que den las doce.
-Dijiste que era cosa de Peter Pan, ¿por qué tiene las normas de la Cenicienta?
-La disneylización, señora.
-Tráeme el regalo.
Él arrastró un enorme paquete hasta el centro del salón, hizo una inclinación, y salió sin más dilación. Jo, rima.
En todo caso, los envoltorios cayeron, dejándolo a la vista.
-Tú...
Hugh Jackman, el mísmisimo y amantísimo Hugh Jackman, le sonreía con picardía con un lazo enorme. Pensaría que era un sueño, pero llevaba ropa, por lo que era poco probable.
-Mi querida futura esposa, estoy aquí para complacer vuestros deseos en este día.
-¿Lo juras? ¿No es una broma? ¿Y la cámara oculta?
-Lo juro. No. No la hay.
-¿En serio?
-Completamente.
Ella le escuadriñó con la mirada. Parecía sincero...
-Hazme un strepteasse mientras me como la tarta.
-Hecho.
Ella comenzó a degustar la magnífica tarta, ganadora del premio Tartas para Sofía, que se hacía una vez al año, y en la que todos los buenos hacedores de tartas luchaban para poder complacerla. Hugh ya estaba bailando sin camiseta.
Puede que no haya leído El señor de los anillos, pero con el regalo se ha lucido.
Y Hugh se arrancó los pantalones.

lunes, 23 de diciembre de 2013

La maldición del príncipe Kentin

Ayer vinieron mis malvadas primas a dar la tabarra. Y, como siempre, una de ellas se coló en mi habitación, mientras yo leía El Hobbit. Me molestó un poco, pero Bilbo ya había sacado a los enanos de la fortaleza de los elfos del Bosque Negro. Así que me fastidié.  Me llega a pillar un minuto antes y la saco de una patada.
Pena.
Bueno, después de una inocua conversación de convenciones sociales, me pidió ayuda para escribir un cuento para el concurso del colegio. Por pedir ayuda, entended que se lo hiciese yo. Normalmente, me habría negado, ¡al principio lo hice! Pero es que gracias a la lectura de El Hobbit, los cuentos infantiles llenaban mi mente, y decidí contarle una versión de cuento de hadas acerca del Kennal. Con Kenneth como chica. Porque tenía que parecer que lo había escrito ella y en ese colegio me conocen.
Lamentablemente, se aburrió pronto, pero yo decidí que iba a escribir esa historia. Lo comenté en twitter, y recibí el apoyo de la diosa Magik, en esta conversación -sí, me gusta transcribir conversaciones, ya lo habréis notado -:
Artemisa: Que te pidan ayuda con un cuento para el colegio y contarles una versión fantástica y principesca del Kennal. :P 
Magik: xDDD, ey, encima tiene su mensaje positivo para los niños. Mola. 
Artemisa: Desgraciadamente, mi prima se aburrió cuando llegué a la malvada bruja María Luisa. Pienso escribirlo yo en plan fic xD 
Magik: Podrías hacer que Ariadne y Deker se lo contaran a sus hijos, xDD. 
Artemisa: ... Eso, sería un puntazo. ¡Ya sé cuál será el cuento favorito del Lord! Me queda ver como esquivo su nombre xD
Y lo logré, gracias a epítetos como enano, pequeñajo y renacuajo. Menos mal que a Deker le pega lo de no llamar a nadie por su nombre...

Dedicado a la Suma Sacerdotisa Sofía, por su vídeo super mega guay de elfos bailarines, y porque las shippers debemos hacer piña.



Bueno, pues aquí os lo traigo. Érase una vez...




La maldición del príncipe Kentin.


-¿Se puede saber que haces aquí? – preguntó arqueando una ceja.
Su hijo bajo la mirada, avergonzado, y no contestó.
Deker suspiró, esa pregunta había sido un acto reflejo, ¡claro que sabía por qué estaba ahí! Desgraciadamente, Ariadne, de nuevo, no estaba para atender a sus hijos, y Brandon, al que había dejado al cargo, ni se habría dado cuenta de que el pequeñajo estaba fuera de su cama.
-¿Echas de menos a mamá?
Él asintió.
-No me ha contado un cuento… – susurró – No me puedo dormir sin escuchar un cuento.
Deker suspiró de nuevo, antes de coger a su hijo y sentarlo sobre la mesa de la cocina. Un poco irresponsable, teniendo en cuenta la insana propensión de su hijo a los accidentes, demostrada por las veinticuatro tiritas que tenía en ese momento.
-¿Y no se lo pediste a Brandon?
-Sí, pero no quiso, estaba ocupado mandando mensajitos a su novia.
No era difícil de creer. Puede que Brandon ya no le provocase dudas acerca de cómo podía ser un hijo suyo tan estúpido, pero cuando se trataba de mujeres… Rubén Ugarte estaría orgulloso de él. Asno le rechazaría por la vergüenza.
-¿Y Carlota?
-Carlota siempre cuenta cuentos sobre ella misma. Todos los personajes guays se llaman Carlota, y siempre son maravillosos.
Tampoco era difícil de creer. Su hija era un pelín ególatra. Puede que por su culpa. A lo mejor Ariadne tenía razón con lo de pasarse con los juguetes…
-Y decidiste esperarme para que te lo contase.
-Mañana no hay cole, ni tienes trabajo, ¡puedes contarme un cuento largo!
-¿Un cuento largo? – sonrió.
-Larguísimo.
-Bueno, podría contarte ese que te gusta tanto, el de Rumpelstilskin.
-No, quiero uno tuyo.
-¿Mío?
-¡Sí! Invéntatelo.
Deker suspiró por tercera vez, y se planteó a sí mismo si merecía la pena quedarse levantado hasta tarde, después de un duro día de trabajo, para concederle el capricho.
A esos ojos verdes no se les podía negar nada.
Era un blando.
Mierda.
-Bueno, podría contarte uno, La maldición del príncipe Kentin.
-¿Es chulo?
-Eso tendrás que decírmelo tú, ¿no crees?
Sonrió y comenzó a contar la historia, apoyándose en la mesa.
La noche estaba en calma, la luna brillaba a través del enorme ventanal, Ariadne no estaba para echarle la bronca y él tenía mucho morro. Una combinación perfecta.

“Hace mucho, mucho tiempo, en un antiguo y lejano reino, más allá de los mares, había un príncipe.
El príncipe se llamaba Kentin, y sobre él pesaba una maldición. Pero no adelantemos acontecimientos, hijo, no adelantemos acontecimientos.
Kentin era un joven de escasa presencia, y los nobles de su corte, susurraban malvados y crueles que no parecía un rey. Tenía unos enormes ojos azules, el pelo muy negro, y no sabía manejar las espadas.
Además, no podía hablar con nadie, porque, al morir sus padres, había quedado al cuidado de una malvada bruja que le mantenía prisionero en su enorme castillo.
¿Qué como se llamaba? Le llamaban Tía. Todos, aun los que no tenían parentesco con ella. Las brujas y los brujos nunca revelan sus nombres así como así. Los nombres tienen demasiado poder.
En todo caso, Kentin pasaba los días leyendo en un cómodo y cálido sillón, preguntándose como sería vivir realmente todas esas aventuras impresas en papel. No se imaginaba los malvados planes de Tía.
El reino de Kentin, era un reino muy pequeño. Muy, muy pequeño. Estaba situado entre dos grandes montañas, por las que bajaban dos ríos que formaban un lago en los jardines de su castillo. La gente de allí era feliz, pero a los nobles no parecía bastarles.
¿Que por qué no? Los nobles eran malvados y avaros, y querían ser un reino enorme y poderoso, sin importarles lo que se tuviese que hacer. Nunca te fíes de ellos, son perversos.
Bien, pues Tía no era noble, pero también tenía esas aspiraciones.
Y Atler, uno de los reinos más grande y más rico del lugar, en continua guerra con dos malvados reinos, necesitó su ayuda un día.
Moriarty, uno de esos grandes reinos, planeaba un terrible ataque contra él, y para salvar a su pueblo, era necesario atacarles cuando estuviesen cruzando las montañas, antes de que se acercasen demasiado.
Tía, que era la que llevaba los asuntos de gobierno, accedió a dejarles paso a cambio del matrimonio entre la princesa Buttercup, dirigente soberana de aquel reino, con el príncipe Kentin.
Y ahí es cuando entra en juego la maldición.
Cuando el príncipe Kentin nació, la Diosa, también llamada destino, sopló polvo de amapolas en el corazón del joven príncipe para que éste nunca, pero nunca, nunca, nunca, pudiese amar a una princesa.
Por ello, Kentin se negó al compromiso nada más enterarse.
-¿Cómo voy a casarme – exclamaba – con una doncella que me es desconocida, y a la que no podría amar?
Todos los nobles le instaban a hacerlo, diciéndole que, siendo Buttercup una princesa tan hermosa, de seguro acabaría rompiendo la maldición y amándola, pero el príncipe se negaba.
Durante semanas, todas las personas que conocía, y muchas que no, se presentaron ante él, fingiéndose encontradizos, para alabar las virtudes de la princesa Buttercup ante él.
-Dicen que es tan bella, que su sola visión cura de la ceguera a los ciegos de nacimiento – decían unos.
-Dicen que es tan inteligente, que puede recitar todos los libros del mundo de corrido – comentaban otros.
-Dicen que es tan buena reina, que ha aumentado la riqueza de su reino desde que subió al trono hasta el punto de tener caminos pavimentados con baldosas de oro – se maravillaban algunos más.
El príncipe Kentin, cansado y aburrido de tales conversaciones, acabó colgando un cartel en su puerta, que decía: “Los nuevos datos acerca de la princesa Buttercup deberán ser puestos por escrito, y entregados al secretario real.”
Y no leyó ninguna de las doscientas quince notas que le llegaron, en alabanza a la princesa Buttercup.
“Válgame la Diosa, pensaba, “Antes la muerte que desposar a tan noble dama. ¡De seguro que ni siquiera querrá respetar nuestras tradiciones nupciales! Alguien tan perfecto, debe ser, pues, un verdadero monstruo en el fondo. ¡Y una continua fuente de cuitas por aquellos pretendientes despechados, que me culparán a mí de su rechazo! No, no, no. No he de casar con la princesa Buttercup.”
Pero la bruja, que ya había dejado pasar a las tropas de Atler, y ahora quería su recompensa, no respetó su opinión.
-¡Yo soy el príncipe! – exclamó – ¿Cómo no voy a elegir yo a mi propia esposa, Tía?
-¡Niño ingrato! ¿No sabes acaso la suerte que tienes de que, alguien de tan noble cuna y de tanto poder como la princesa Buttercup, esté dispuesta a casarse con alguien de tu poca importancia? – le recordaba.
-¡Me da igual! ¡No he de casar con una princesa tan admirada! Ni siquiera podría amarla, ¿para qué casarnos entonces?
Y la bruja, viendo que no conseguiría convencer a Kentin, sacó un cuchillo de plata, y gritando palabras en un idioma que había dejado de hablarse hacía mil años, se lanzó sobre el príncipe, arrancándole el corazón.
Kentin chilló con todas sus fuerzas, mientras la bruja metía su rojo corazón en un saco, y se lo colgaba al hombro. Después, ésta cogió una gruesa aguja de curtir pieles, y le cosió tres viejos y oxidados botones de latón para cerrar la cuchillada.
-Ya que no puedes amar con él, ¡yo guardaré esto!
Y se fue con grandes zancadas de la habitación del príncipe, que se encogió sobre sí mismo y lloró amargamente por su desgracia. Primero la maldición, después la muerte de sus padres, la tiranía de Tía, y, finalmente, el quedarse sin corazón.
Porque, hijo, el corazón es la cosa más delicada que existe, y la que contiene más magia.
Al robárselo de forma tan burda, sin ser de forma sutil y metafórica como lo hace el amor, había causado mucho daño en el príncipe Kentin. Y ahora, ella podía manejarlo como si fuese un títere, siéndole imposible desobedecer una orden.
¿Qué si tu madre tiene el mío? Oye, ¿quieres que pare de contarte el cuento o qué?
Eso pensaba…
Bueno, pues al día siguiente, llegó la comitiva desde Atler.
Lo que los nobles habían dicho acerca de la princesa, resultó ser verdad. Casi. Es decir, lo habían exagerado lo indecible, pero la princesa Buttercup era la mujer más hermosa y más inteligente del mundo, además de la mejor reina de la historia de Atler.
Con ella, llegaron muchos ciudadanos de Atler, que miraban el pequeño reino con superioridad, acostumbrados a las enormes ciudades y al bullicio, cuando el reino de Kentin era básicamente rural, aprovechando el clima propicio, los terrenos fértiles, y los anchos y cristalinos ríos que lo cruzaban.
Pero, con todos ellos, llegaron dos hombres más.
Uno tenía nombre, pero pocos lo conocían por él. Le llamaban Renegado, y era un miembro de la familia real de Barzini, el reino más nuevo, y a su vez más rico y cruel de todo el mundo. Renegado había, como su nombre indicaba, renegado de su estirpe, y jurado lealtad al reino de Atler y a la princesa Buttercup, pero los nobles de Atler no se fiaban de él, y le trataban francamente mal.
Sí, eran unos estirados, estoy completamente de acuerdo contigo.
Todos le miraban con sorpresa, puesto que, como correspondía a su sangre, tenía los ojos dorados, siendo imposible ocultarlos para no recibir el rechazo de los otros pueblos.
Era un joven notable, y el verdadero y único amor de la princesa Buttercup, pero Kentin no sabía esto.
El segundo hombre, vendrá después, cuando avancemos con la historia.
Kentin besó la mano de la princesa Buttercup con deferencia, y se mostró educado y cortés con ella, que a su vez, respetó la etiqueta de forma fría y distante. ¡Oh, cuánto le había enfurecido la exigencia de esa bruja! No quería casarse con el príncipe Kentin, pero debía hacerlo por su pueblo. Eso le hacía morir de rabia y dolor, pero no estaba dispuesta a que se le notase. Para todo el mundo, ella estaba dispuesta a cumplir con su cometido por su reino, ¡pero cuánto odiaba ese cometido! Sabía que su amor con Renegado era imposible, pero le habría gustado ignorar eso un poquito más. Sólo un poquito más. ¡Pero ese deseo ya era imposible, y ella debía casarse, cumpliendo con su palabra!
El príncipe Kentin no pudo dormir esa noche, afligido por la Diosa, y por la pérdida de su corazón, así que salió a pasear por los pasillos del castillo, como hacía siempre que no podía dormir.
Y ahí, es cuando conoció al segundo hombre.
En principio no pensó que fuese un hombre, pues estaba completamente cubierto por el negro, y parecía una sombra sólida, pero la luz del candelabro le iluminó lo suficiente.
Era Allen Almena, conocido por todos en Atler. Incluso para aquellos que no le conocían, resultaría odioso al ver esa dura máscara que cubría su rostro. Era una máscara de latón negro con pequeñas ventanitas enrejadas para los ojos, y una retorcida red sobre la nariz y la boca, que le dejaba respirar y hablar. Estaba tachonada de clavos y magullada, y tenía una ancha, gruesa y destacada T en la frente. T de traidor.
Sí, era la máscara del traidor, que sólo se aplicaba cuando alguien traicionaba al reino de Atler.
Kentin no sabía que crimen había cometido, pero identificó la máscara, y le odió momentáneamente. Kentin detestaba a los traidores casi tanto como detestaba a la bruja.
-¿Quién sois? ¿Qué hacéis en mi castillo, deplorable rata inmunda?
Allen Almena no pareció ofenderse, pero era difícil saberlo, cuando lo único que veías de alguien eran sus ojos a través de una rejilla.
-Busco a la princesa Buttercup.
-¿Para qué buscáis a mi prometida, vil traidor?
-Porque soy su protector – incluso desde dentro de la abominable máscara, su voz sonaba divertida.
-¿Vos? ¿Proteger a la reina y princesa del reino al que traicionasteis? ¡No me hagáis reír!
-Ah, pero, ¿vos podéis reír? – rió él a su vez, alzando la mano derecha.
Con un movimiento, una docena de cintas de seda surgieron de su brazo. La mayoría estaban, o bien desgarradas, o bien cortadas como si lo hubiesen hecho con una espada, pero había dos que no. La cinta azul brillaba ligeramente, casi flotando, de forma etérea, pero la cinta roja se veía ligeramente desvaída, vieja.
-¿Qué me mostráis? – preguntó absorto el príncipe – ¿Cintas de juramentos, en la muñeca de un traidor? Por la Diosa que debo equivocarme…
-No te equivocas – afirmó desde dentro de la máscara, acariciando la cinta roja, de la que surgió un rostro hermoso y sereno-. El que ves es el gran mago Genlipeff, tío de la princesa. A él me unieron fuertes lazos y juramentos, y aunque soy un traidor para mi reino, sigo siendo fiel a su familia – acarició entonces la cinta azul, y el rostro de la princesa Buttecup brilló sobre sus cabezas –. Ahora y siempre.
-¿¡Pero cómo!? Si sois un traidor al reino, ¡sois un traidor a la familia real!
-Traicioné al reino, obrando como mejor supe. En tiempos del padre de la princesa, había una horrenda ley que quebré, sin arrepentirme después de hacerlo. El rey se enfureció, y me consideró un traidor. La princesa abolió esa ley en tiempos lejanos, pero yo sigo cumpliendo mi pena, y la seguiré cumpliendo hasta que ella se convierta verdaderamente en reina y pueda liberarme.
-Entiendo – suspiró Kentin, aliviado –. Por eso habéis venido a la boda.
-¡En absoluto! – se espantó el enmascarado – Preferiría llevar esta máscara por siempre, antes de tener que verla casarse con vos.
-¿A qué os referís? –preguntó sumamente ofendido.
-A que ella no os ama, y vos no la amáis a ella. ¡Cruel designio del destino, que se casen sin amor dos jóvenes, sobretodo, con la valía de la princesa!
-¿Y quién os dice que no la amo?
-¡Vos mismo! Con vuestros ojos, con vuestro comportamiento, por vuestra tristeza. Esa tristeza no es la de un hombre a punto de casarse con la mujer que ama, príncipe Kentin. Y está la leyenda.
-¿La leyenda?
-De vuestra maldición.
El príncipe bajó la mirada, azorado.
-La maldición ya no tiene efecto en mí.
Allen rió, divertido notablemente por las palabras del joven.
-¿Cómo no va a tener efecto? ¿Tenéis corazón todavía? ¡Por qué entonces sí sigue vigente!
Kentin contuvo las lágrimas, dolorido por sus palabras. ¡No tenía corazón! ¡Demasiado precio por librarse de esa pequeña maldición!
-Seguid hasta el ala este, allí están los aposentos de la princesa Buttercup.
El príncipe se disponía a volver a su cuarto y llorar de nuevo sus penas, pero una mano enguantada en cuero negro se posó con delicadeza sobre el hombro del muchacho.
-Siento algo extraño en vos, ¡cómo si tuvieseis latón en vuestro pecho! Latón, como el de mi máscara, mi prisión. ¿Qué puede haberos pasado, príncipe Kentin, para tener un metal tan zafio en vuestro cuerpo?
Y el príncipe, que no se había atrevido a hablarlo con nadie, y que sentía como si él pudiese comprender de verdad sus penas por alguna extraña razón, confesó la causa de sus tormentos, llorando con fuerza, y abriendo el jubón que guardaba los oxidados botones de latón cerrando su tierna herida.
-¡No es posible! ¡Algo tan vil aconteciendo sobre alguien tan joven y tan triste! – el hombre parecía verdaderamente indignado con su situación –. Pienso ayudarle, alteza, ¡esa bruja lo pagará!
-¿Y qué podríais hacer vos? ¡Ni siquiera nos conocemos!
-Puede que mi cinta blanca esté cortada de un tajo por Tigresa, la espada del mencionado rey, ¡pero sigo siendo un caballero! No os dejaré solo con esto.
Y con esas palabras, el hombre de la máscara de latón desapareció.

Tía, había encerrado el corazón del joven príncipe en una jaula de hierro negro, aun más retorcida e intrincada que la máscara de Allen, y cuya cerradura era imposible de abrir sin la llave.
¿Qué? Oh, sí, tu madre sí podría abrirla, claro, pero ella no estaba en el cuento, ¿no? Pues eso.
Llevaba la llave colgando de su largo cuello, oculta en sus anchas túnicas de colores pastel, que utilizaba para ocultar su fealdad y su mente malvada y cruel.
Nadie podría robar esa llave, y Allen lo sabía.
¿No habíamos aclarado ya que tu madre no estaba en el cuento?
A ver si dejamos de interrumpir, canijo, así la historia pierde dramatismo.
Además, la jaula estaba en lo más profundo, oscuro y peligroso de las mazmorras del castillo, suspendida en el aire por una gruesa y larga cadena, que la dejaba a la altura de loas ojos, balanceándose inquietantemente, recubierta de pinchos y de aristas afiladas para que nadie pudiese ni siquiera tocarla.
El hombre enmascarado descubrió la localización de la jaula y…
Hadas, las hadas se lo dijeron. No interrumpas.
Bueno, pues que descubrió donde estaba la jaula, y fue a esas oscuras mazmorras.
Pudo agarrar la jaula, ya que, como correspondía a alguien con su pena, no había ni una franja de piel al aire que pudiese ser vista, o en este caso, herida.
Sacó del cinturón que llevaba, lleno de armas para defender a la princesa Buttercup, su ganzúa mágica.
La ganzúa estaba forjada en el oro más fino y resistente que existía, creado por duendes de las montañas de Smaug, otro reino del lugar, y bendecido por la Diosa. Con esa ganzúa, no había cerradura inviolable. ¡Claro que no cualquiera podía usar esa ganzúa! Había que ser el mejor del mundo abriendo puertas para poder usarla.
… Tu madre no está en el cuento, por centésima vez.
No, no. Ella es mejor que él.
Allen era el segundo mejor, ¿vale?
¡Porque tu madre no estaba allí para ser la mejor!
No, no cuenta, ¡no había nacido! Fin.
Bueno, pues Allen, que sin contar a tu madre, que no cuenta, era el mejor de ese mundo forzando cerraduras, y por ello podía usar la ganzúa mágica.
Pasó horas y horas y horas trabajando en la oscuridad, iluminado sólo por el brillo de la ganzúa, para poder abrir esa maligna jaula y liberar así al príncipe de la tiranía de Tía.
Cuando por fin consiguió abrirla, cogió con cuidado el corazón del príncipe, y lo envolvió en su negra capa, como si de un hijo se tratase, con tal cuidado que el mundo se maravillaría al ver a alguien tan aterrador con esa máscara, siendo tan tierno y deferente con algo.
Subió, de nuevo, a los primeros pisos del castillo, y allí vio que su aventura no había acabado. La pena había corroído de tal forma al príncipe Kentin, que su corazón se había envenenado con la tristeza y la rabia, volviéndose negro como el ala de un cuervo.
Él, sabiendo que a una carne tan tierna como la del corazón, y además siendo éste un corazón tan suave y dulce como el del príncipe, no aguantaría demasiado así, abrió la reja que le cubría la boca y…
Sí, podía abrir la reja, claro. ¿Si no como comía?
Ya, siempre son esos detalles los que no cierran, ¿eh? Pero bueno, ¿por dónde íbamos?
Ah, sí.
Abrió la reja que le cubría la boca y, como si se tratase de la mordedura de una serpiente, comenzó a extraer el veneno del corazón del príncipe, escupiendo la soledad, la tristeza y la amargura que lo corroían.
Pero hacer esas cosas tiene sus riesgos, renacuajo, y tragó una pequeña parte de los polvos de amapola que la Diosa había soplado en su corazón cuando nació.
Oh, pero es que no le causó daño alguno. Es más, su corazón se iluminó, reconociendo la misma maldición que aquejaba al pobre enmascarado.
Lo importante, es que, teniendo el corazón del príncipe entre sus manos, supo que era un hombre bueno, justo, y que, por mucho que no lo pareciese, podría llegar a ser un buen rey. Y vio tantas cosas, y tan buenas todas ellas, que su otra maldición entró en acción.
En esos reinos, se obligaba a los caballeros a formar esas cintas de juramentos, la fidelidad, el amor, el título, todo se expresaba mediante cintas, que nacían de un complejo ritual. Allen no necesitaba de ese ritual. Desde niño, las cintas nacían en la muñeca de Allen, y se enredaban a todo lo que quería y apreciaba.
Y la cinta roja que le unía Genlipeff, ya vieja, rota y corroída, se desprendió por fin de su muñeca, cayendo en el mundo de los recuerdos, mientras otra cinta, más roja y más fuerte, le unía al corazón del príncipe.
Cierto, los amores a primera vista son un rollo, pero aquí podemos hacer una excepción porque al tener en sus manos su corazón conocía todo lo que había que conocer del príncipe.
Allen se sobresaltó, e incluso a través de la máscara se le notaba. Bajó la mirada, avergonzado por estar en tal aprieto, y volvió a ocultar la cinta roja, junto con las demás, esperando que el príncipe no se diese cuenta.
Fue en su busca, llevando su corazón, de nuevo rojo y aterciopelado, envuelto todavía en su capa negra.
-¡Ya estáis aquí! – exclamó el príncipe con sorpresa, cerrando, sin ni siquiera marcar la página, el libro que trataba de leer.
-Como os prometí – respondió, tendiéndole el corazón envuelto en la tela negra.
-La Diosa os pague lo que habéis hecho – le deseó, verdaderamente agradecido.
Se quitó el jubón, y desabrochó los viejos botones, todos distintos, escogidos al azar para hacerlo ver aun más vergonzoso, colocando de nuevo su corazón en donde le correspondía.
Pero éste no se unía a la carne.
El príncipe, comenzó a temblar, temiendo que sólo la bruja podría volver a unirlo de nuevo, pero Allen, suspirando, lo arregló todo.
Hizo aparecer de nuevo las cintas, y usando la cinta roja, ató el corazón del príncipe a su sitio, cerrando después la herida.
Agradeció entonces llevar esa máscara, para que el príncipe no viese su sonrojo.
Por suerte, el tener esa cinta atada a su corazón provocó en el joven el mismo efecto que tendría tener el del enmascarado entre sus manos. Supo que era bueno y noble, y también se enamoró.
Sí, estoy de acuerdo. Un poco moñas sí era.
En todo caso, la cinta resplandeció, y ambos supieron que era mutuo el amor que se tenían. Normalmente cerrarían la historia con un beso, pero la máscara estaba cerrada, y siendo fría y desagradable al tacto, Allen temía que el príncipe pensase que era horrible y perdiese el amor, que en sus primeros momentos siempre es frágil y etéreo.

Ese mismo día debían confirmar su compromiso, por lo que ambos fueron al salón del trono, donde esperaba la princesa Buttercup.
Aun sabiendo lo que iba a pasar, el príncipe Kentin se sintió intimidado ante los brillantes y amenazadores ojos dorados de Renegado, que parecía dispuesto a destrozarle con sus propias manos, y ante la frialdad de los de la princesa, que parecía a punto de entrar en una batalla que sabía no iba a ganar.
-Princesa Buttercup – comenzó, con voz algo temblorosa –, quiero deciros que quedáis libre del trato impuesto por la malvada bruja, Tía. Y por tanto, podéis usar el paso de las montañas siempre que queráis, sin tener que contraer nupcias conmigo.
Todos empezaron a murmurar, incrédulos ante sus palabras, e incluso la princesa se mostró confusa, y ligeramente ofendida.
-¿Qué queréis decir?
-Este compromiso ha sido orquestado por la malvada que ha dirigido mi reino desde la muerte de mis padres, mediante chantajes hacia vos, y actos deleznables hacia mí. ¡Me robó el corazón para que aceptase el matrimonio con una princesa desconocida y a la que, como bien sabéis todos, me sería imposible amar! Pero ahora, que lo he recuperado, ¡no pienso dejar que sigan jugando con nosotros! Atler es un reino amigo, y como tal, le prestaremos ayuda sin exigir pago a cambio, más que su lealtad, y el establecimiento de una alianza común entre ambos.
Todos se mostraron indignados ante la maldad de Tía, y la princesa Buttercup más feliz que nunca por no tener que rechazar el amor de Renegado, sonrió, antes de asentir.
-Sea pues, que nuestros reinos sean uno en espíritu, pero no en nuestra carne.
-¡Alto! – la bruja Tía avanzó, furibunda, para acercarse al príncipe - ¡Casaréis como yo os digo! ¡Vuestros padres os dejaron a mi cuidado, y debéis obedecerme mientras viváis!
Los presentes bajaron la cabeza, sabiendo que esas eran unas leyes de la Diosa irrevocables. ¡Oh, todo estaba perdido ahora!
-María Luisa – dijo Allen, en medio del silencio.
Y la bruja estalló en llamas, y comenzó a derretirse como si fuese una vela.
Por eso, los brujos y brujas no revelan sus nombres, recuérdalo.
El silencio invadió el salón del trono, y la princesa Buttercup lo rompió.
-Pues entonces, ambos estamos aliados, y ambos somos reyes ahora – cogió su espada, que llevaba hábilmente oculta en el vestido, y se acercó a Allen –. Y como reina, yo, Buttercup, te libero de tu condena – colocó la espada sobre sus hombros – y te vuelvo a nombrar caballero.
Y la máscara de latón cayó al suelo, rebotando contra el pavimento.
Él alzó el rostro, y todos se maravillaron de su belleza. Ante sus ojos azules como el cielo, sus cabellos dorados como el oro, y sus rasgos regios y hermosos.
Y Kentin se sintió aun más maravillado, y agradeció al destino el amor del hombre.
El príncipe, ahora ya rey, se casaría con Allen, de igual modo harían Buttercup y Renegado.
Y todos serían felices, y comerían unicornios celestes, grandes enemigos de sus amigos los unicornios turquesas, pero que estaban deliciosos con patatas asadas.
Fin.”

-Papá…
-¿Sí?
-El príncipe Kentin es la tía Karen, ¿verdad?
-Me siento orgulloso de ti, ¡qué listo es mi niño!
-Si se lo digo a mamá se enfadará.
-Sí, es probable…
-Pues quiero galletas de chocolate.
Suspiró por cuarta vez.
-Vale, pero después a la cama.
El niño sonrió, dio un beso a su padre en la mejilla, y bajó de la mesa, sorprendentemente, sin hacerse ningún daño.
-Tu cuento mola más que los de mamá – le aseguró.
-Na', es que estaba inspirado.