miércoles, 18 de diciembre de 2013

Hechos con sabor a piña

Bueno, todo el que me siga en twitter sabrá que soy una fangirl de otra serie: Psych.
La entrada al respecto está aquí.
Y, finalmente, me he decantado por shippear el Shassy. Ya que no iba a shippear el Shawn&Juliet - buuuuuu, buuuuuu, la reina de la basura, es la reina de la basura, Juliet es la reina de la basura, y La princesa prometida me ha dejado muy tocada :3 -, pues voy a elegir un shipp que me entretenga y me haga sufrir. Yo soy así.



En todo caso, como ya ha acabado la época de exámenes...



... he pasado la tarde escribiendo fic. Vale, quizá ha sido sólo un ratico, pero ya está acabado, así que da igual. Es un fic de Psych con temática Shassy, como ya habréis supuesto. Está escrito desde la perspectiva de Lassiter, porque así, además, me da la oportunidad de hablar de lo guapo que es Shawn - suspira azorada y vulnerable -.

Lo he escrito con esto de fondo, y con esta imagen de referente.
Y ahora, el fic:





Hechos con sabor a piña



La gente era estúpida.
Hablaba demasiado de temas que no comprendían, y que no lograrían comprender nunca, pero en los que creían tener la potestad absoluta. Carlton podrían sentarse con ellos y explicárselo, pero había aprendido mucho tiempo atrás que eso era inútil, estúpido, una soberana perdida de tiempo.
Toda la comisaría parecía pensar que apreciaba sinceramente a Spencer.
Ja.
ODIABA a Shawn Spencer cada día más.
Algo que la gente no sabía, y que era importante en la relación que tenían ambos, por lo cual nunca podrían comprenderla, era el Hecho Aislado.
El Hecho Aislado. Con mayúsculas. Si estuviese escribiendo en el ordenador, Carlton lo escribiría subrayado, con negrita, un tamaño más de letra y en cursiva, quedando algo como el Hecho Aislado. Pero no estaba escribiendo a ordenador. Bueno, técnicamente sí, pero estaba elaborando informes acerca de robos de sombrillas – sí, no os guardaría rencor si le pegaseis un tiro en ese momento; o sí, porque era increíblemente rencoroso –, no hablando sobre el Hecho Aislado.
Se había dado cuenta en el instituto.
El Hecho Aislado se manifestó por primera vez cuando tenía quince años.
Carlton siempre había estado en buena forma, pero no tenía capacidades como atleta. En cambio, su único amigo, Bob, estaba en el equipo de baseball. Era el aguador, pero eso no tenía importancia.
Aunque le gustase el baseball nunca había tenido ningún interés en jugar en el equipo, ni en seguir su trayectoria, pero Bob se emocionaba tanto con su papel como aguador, que Carlton, consciente de que no tenía a nadie más en el instituto que quisiese cruzar un par de frases con él en público, siempre iba a los partidos.
Y fue entonces.
Era el último partido de la temporada, y el equipo del instituto contaba con un arma secreta: Philippe Green. Philippe era un alumno de Boston con raíces francesas que había llegado a final de ese mismo año, todos hablaban de su habilidad como jugador, pero nadie fuera del equipo lo había visto.
Ganaron con holgura.
Pero eso no era lo importante.
Todo el tiempo que duró el partido, Carlton se emocionó verdaderamente, pero no por su instituto, ni por las bolas que se escapaban del estadio con lo fuerte que bateaban sus compañeros, henchidos por una energía desconocida. Fue por él.
Con la respiración acelerada y las manos fuertemente aferradas a su asiento, labios temblorosos y mirada huidiza, vio como Philippe llevaba a la victoria al instituto.
Esos enormes ojos oscuros le atravesaban de medio a medio, y cuando ganaron y se quitó la gorra, el cabello moreno, empapado en sudor, cayó sobre ellos con una gracia que no parecía humana.
Carlton no estaba preparado para sentirse así por un chico.
No era amor, obviamente.
La historia de Carlton Lassiter no era una comedia romántica que pudiese marcarse por la impresión que un alumno nuevo le causase en el instituto.
No, eso no pegaba con él.
Puede que se sintiese atraído por los chicos, pero no era homosexual.
Nunca, nunca, se había enamorado de uno.
Su único amor había sido su ex mujer, Victoria.
¿Que por qué el Hecho Aislado era importante entonces?
Pues porque había vuelto a pasar. Con Spencer. Y como la otra vez, no era amor.
Por favor, no era una niñata de quince años que se dejase engatusar con un pelo bonito. ¡Era detective de policía! Y eso quería decir algo.
Excepto en O’Hara.
Apreciaba a su compañera, pero parecía sacada de un anuncio de My little pony.
No sentía nada remotamente bueno por el falso vidente, más allá de unas sanas, o insanas, o ganas a secas, de empotrarle contra el escritorio de la jefa Vick cada vez que decía estupideces o se ponía a fingir espasmos. Además, siempre aprovechaba para meterle mano. Era un misterio como no sentía esas pequeñas y vergonzosas erecciones que le provocaba cuando hacía eso.
Pero no era culpa de Carlton, por supuesto.
Era Spencer, que se comportaba de forma impúdica y obscena continuamente. No entendía como le dejaban ir por la calle.
Se paseaba por la comisaría como si le perteneciese. SU comisaría. Esa que tanto le importaba, por la que haría cualquier cosa, y la que se merecía un respeto. Pero no, claro, él no sentía respeto por nada. Sentía ganas de darle una paliza cuando se comportaba así, fantaseaba con ello, aunque el final se alejase del castigo. Bueno, quizá no se alejaba tanto, pero eso no era importante.
Iba por ahí, con su pelo maravilloso, sonriendo a todo el mundo de esa forma luminosa y abierta que hacía sentirse importante a cualquiera. Con esa barba de algunos días que perfilaba sus rasgos y enmarcaba sus labios finos y sensuales, con el inferior más grueso que el superior, perfectamente torneados. Y esos ojos, cubiertos por unas cejas gruesas y casi rubias según que luz, pestañas cortas y claras, bordes verde musgo, oscuro y brumoso, que se iba convirtiendo en una especie de color pardo al llegar a la pupila. Pantalones indecentemente apretados, que se ceñían a la perfección, marcándolo TODO, y dándole forma a sus piernas. Camisa con los primeros botones desabrochados, perfectamente preparada para que pudieses disfrutar de su maldita manzana de adán subiendo y bajando por su cuello en cuanto hablaba. Y hablaba. Continuamente. Sin descansar. Se preguntaba sinceramente como respiraba. Sólo paraba de hablar para comer. Y entonces, tragaba, por lo que tampoco ayudaba especialmente.
Y Carlton, que, como ha sido aclarado, no era una maldita quinceañera, sino un importante detective de la policía de Santa Bárbara, podría soportar todo eso.
Podría.
De no ser porque era un hombre verdaderamente impúdico.
De no ser, porque le tocaba continuamente, se sentaba en su regazo e intentaba abrazarle, como si supiese lo que su contacto le provocaba. De no ser, porque coqueteaba con los escritorios, las plantas, O’Hara, la jefa Vick, y también con él mismo. De no ser, porque le llamaba Lassy, porque no dejaba nunca de hacer referencias, porque bromeaba continuamente, y porque no dejaba de comer snacks de todo tipo. De no ser, porque resolvía todos sus casos pasándose el protocolo por el arco del triunfo, porque montaba un espectáculo para hacerlo, y porque siempre acababa encontrando la respuesta. De no ser, porque en los momentos verdaderamente importantes estaba dispuesto a todo, porque era capaz de resistir que le tiroteasen y aun así lograr salvarse casi por sí mismo, y porque siempre iba un paso por delante de todo el mundo. De no ser porque lanzaba galletas de la fortuna a detectives con dudas y les salvaba aunque éstos le tratasen mal todo el tiempo.
Sí, de no ser por eso.
Se sentaba en su escritorio con naturalidad, como si le estuviese permitido, como si no se diese cuenta de cómo se le iba la mirada hacía la zona que apoyaba contra la madera maciza.
Spencer no era un psíquico, pero tenía algo, algo que le permitía saber cosas.
La pregunta era sencilla: ¿por qué no se daba cuenta de su secreto?
No lo sabía, y tampoco sabía el porqué de su obsesión con las piñas. Lassiter no aguantaba el no saber cosas.
Y, sobretodo, no soportaba que ese maldito cabrón, egocéntrico e inmaduro, hubiese encontrado un estúpido champú con olor a piña.
Asociaba invariablemente al detective con esa fruta.
No podía ir a la compra, porque al verla, había algo dentro de él que se removía, y acababa sintiéndose un completo idiota. No sería la primera vez que soñaba con que registraban su casa, y en el doble fondo del cajón de los calcetines, donde guardaba las revistas para hombres, encontraban fotografías de piñas y le arrestaban por degenerado, mientras Spencer le miraba como diciendo: “Sé perfectamente lo que significa esto”.
Al día siguiente estaba de tan mal humor que podría arrancar la cabeza a alguien, pero nadie parecía notar diferencia en él. Lo que le ponía de peor humor. Había acabado por hacer la compra por Internet, sin mirar la sección de fruta.
No. No sentía nada por Shawn Spencer mas que odio y deseo.
Pero no era culpa suya.
Sólo era un nombre más en la lista de las personas incapaces de resistir el influjo de Shawn.
Un nombre más.
Eso le hacía sentirse mejor.
A veces.

Otras, necesitaba whisky escocés y rodajas de piña.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Artemisa va a la papelería

Sí, he puesto el título en honor a joyas de la literatura infantil como Teo va al parque, o Teo va al zoo. Poco realistas, sus aventuras, inundó su casa y su madre dijo que no pasaba nada y le dio un beso. La mía se habría puesto tal que así:



En todo caso, ayer, según mi planing, debería haber estado toda la tarde copiando los apuntes de CMC, porque, con sinceridad, en esa clase escribo el fanfic que vosotros leéis después. Cual sería mi sorpresa, al descubrir que el próximo Martes tengo examen de esa asignatura.



Y no, no es por descubrir que el examen era el Martes, es por descubrir que HABÍA un examen de esa asignatura. Bueno, habrá, porque lo tengo la semana que viene. Sí, debería estar estudiando para él, y para el de lengua, y haciendo dos trabajos.
...
En todo caso, yo no tomaba apuntes desde hace unos... Dos meses, más o menos. Y claro, esto era un problemón, que había que solucionar.
Así que, pedí los apuntes a mi amiga Pétalo - sí, como la supernena, larga historia -, que, algo insegura, me los dejó, con la condición de que los devolviese hoy mismo. Yo asentí, muy agradecida y ella me los dio. Siete hojas por las dos carillas. En una tarde. Yo, optimista, me dije que al menos entendía la letra, no como la de otra amiga a la que le copie los apuntes de GRIEGO - esto fue por cambiarme a esa clase a mitad de trimestre, no por ser vaga -. ¿Os imagináis lo que es copiar apuntes de griego cuando no entiendes la letra? Si no entiendes las letras en tu alfabeto, las letras griegas son para llorar.
En todo caso, yo me pasé gran parte de la tarde en twitter, y en el blog, y viendo Psych. Porque no había exámenes. POR FIN. Y claro, vi que no me iba a dar tiempo, y, sobretodo, que no me apetecía copiarlos, así que recurrí a otra solución: hacerle fotos con el móvil y copiarlos otro día. Sí, soy de lo que no hay :P Bueno, pues que mi madre me pilló, porque claro, después de todo era su móvil, ya que yo no tengo. Y me preguntó porque no bajaba a fotocopiarlos. Yo le respondí que no sabía si lo hacían en algún sitio de cerca, y ella arqueó una ceja y me dijo que en la papelería a la que llevamos yendo unos tres años y de la que tenemos hasta carnet de descuento. Así que aproveché, y fui. Al salir hacia allí, cerca de las ocho, que según mi madre era la fecha de cierre, tuvo lugar esta escena:

Señora Madre: ¿Llevas los folios?
Artemisa: Sí, mamá ::piensa para sí en lo estúpido que sería bajar a hacer copias sin llevarlos::.
SM: ::le mira mal por su tono y le tiende un euro:: Toma.
A: Vale mamá, te quiero ::beso en la mejilla y se va::

... Sí, soy una niña de mamá y una moñas, pero eso no es lo importante.
Mientras tanto, bajo, como siempre, por las escaleras, mientras me digo que, después de todo, la menda no necesitaba el euro porque tiene la cartera llena, ya que al final no aguantó la espera, se leyó La marca de Atenea por internet, y sigue conservando lo que ahorró para comprarselo. Pero claro, ¿quién rechaza un euro? Fui hasta allí  reflexionando sobre situaciones en las que se rechazaría un euro, aunque no se me ocurrió ninguna.
Llegué allí, y le dije a la chica que venía a hacer unas copias. Abrí mi mochila - que tiene mi nombre con brillantitos, por cierto ::se chulea sin venir a cuento:: - y, para mi horror, me di cuenta. Tenía la libreta de latín, y la libreta de historia, pero en la libreta de escribir/agenda/casi-todas-las-asignaturas-porque-me-da-pereza-pasarlo-a-sus-correspondientes-libretas no. Y, en plan flash back, vi como metía los folios en esa libreta, la dejaba un momento sobre el escritorio, y no la metía luego.
La mirada de mi madre al volver fue tal que así:



Y volví a bajar corriendo y resoplando, diciéndome que la chica no podía cerrar, porque dije que volvía en un momento, y eso sería de mala gente. Ella no parecía mala gente. La anterior encargada se veía más cómoda tratando con libros, pero la actual siempre había sido simpática, para compensar, supongo.
Llegué, le di los folios, y aproveché para encargar The great Gasby, que nos han mandado leer en inglés. La chica me preguntó un número de teléfono, para llamarme cuando lo tuviesen, y yo, que no me lo sé, busqué mi cartera, donde lo tenía apuntado. Me la había dejado en casa. Es que ya no uso las llaves, y se me olvidó pasarla de nuevo a la mochila después de llevarla en el bolso el finde para ver Frozen. Le dije que me pasaría por allí, y como había una chica esperando recogí todo y me aparte, cerrando la mochila con las copias.
La chica me avisó, muy amablemente, de que no había pagado.
...
Sí, me pasa muy a menudo. Yo me disculpé, y le di el euro. Mi madre al volver no quiso las vueltas, por cierto.
Después, me quedé por allí, a ver si encontraba el nuevo libro de mi adorado y venerado Pérez-Reverte, El francotirador paciente, que tiene buena pinta, creo que femslash, y sólo existen en este mundo dos libros suyos que no me he leído. Están en mis lecturas pendientes. No. Lo. Tenían. Pero eso sí, el libro ese que ha sacado la Obregón, puesto central en el escaparate. Y POR ESO, cambié de librería. Por eso, y porque quitaron la revista que compraba, cambiaron a la encargada, y modificaron el sistema organizativo. Pero esa, es otra historia.
Al llegar a casa, comprobé la calidad de las fotocopias - sí, yo hago esas cosas al llegar a casa, cuando no se puede arreglar, por eso tengo una libreta milimetrada -, y, ¡oh, el oprobio se cernía sobre mí! ¡Una estaba mal hecha! Traté de leerla, y, por suerte para mí - porque ya habría sido mucha mala suerte en la misma aventura - eran ejercicios, y no apuntes en sí.



Y esta, ha sido mi aventura de ayer. Que no publiqué al llegar porque ya había publicado ese día y no quería ser pesada.

Fin.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El Pensamiento Sofista

Bueno, por esta semana ya no tengo más exámenes.
Me queda pasar todos los apuntes de Ciencias del Mundo Contemporáneo para mañana y hacer dos trabajos para el lunes.
:3
Y, claro, aprovechando mi libertad - se tapa los oídos por si queréis despertarla - voy a publicar más fanfic.
Pensé en dejarlo para cuando se acabasen los exámenes, pero... Entonces Magik habrá publicado. Y de esa publicación saldrá nuevo fanfic. Así que, nada, a eso voy.
No es un fic en sí mismo, sino una viñetilla de ese mundo que cree para Sueños de futuro, y que me ha inspirado un comentario de la diosa Magik:

Qué bueno, me encanta, encima Ariadne es la que manda en la familia lo que me pega muy mucho :P
La familia futurista muy mona, por cierto, me encantan =D Y, ey, al mayor le llamarían Bran en vez de Brandon, por CDHYF ;)

Sí, cuatro líneas suyas me inspiran a mí un fic de cuatro páginas de word. Porque ella lo vale. ¿Qué pensabais? Yo no montó religiones alrededor de cualquiera ::alza la nariz con autosuficiencia::.
Bueno, pues aquí está, una de las contadas veces en las que Deker saca su sangre Benavente. Cualquier parecido con 50 Sombras de Grey es coincidencia, y si lo asocias automáticamente es que ese libro te ha dejado muy tocad@. Cualquier error sobre filosofía es culpa de mi profesora, que es la que lo ha explicado así :P
Magik, siento, como siempre, lo que he hecho con tus personajes.
Sofía, te aviso desde ya para que no haya decepción luego: No salen Álvaro ni Kenneth. Lo lamento. No se dio la cosa, en realidad es bueno porque en esa época, ¡Álvaro tendría más de cincuenta!




El Pensamiento Sofista


Deker se masajeó el puente de la nariz. Alzó la mirada, donde Bran estaba encogido en el sillón.
A buenas horas.
Ariadne estaba en Viena, en un asunto ladronil del que él no sabía ni podía saber nada. El solo hecho ya le ponía de mal humor, porque eso significaba a) que se quedaba en la inopia, b) que sólo podrían hablar con ella una media hora al día, y c) que tenía que encargarse solo de tres niños.
Que vale, Bran era mayor, pero estaba demostrando ser gilipollas.
De no ser por el notable parecido físico, empezaría a preguntarse si Ariadne no le habría engañado con Rubén Ugarte o con el asno de Sreck.
Peor, porque el asno al menos molaba.
-Te das cuenta de que se te va a caer el pelo, ¿verdad?
-Lo siento – le aseguró –. Sólo quería impresionar a una chica.
-Robando un coche.
-Ya, ahora parece tonto – admitió –, pero en ese momento tenía todo el sentido del mundo. ¡Puede que usase un Objeto!
-O puede que te cayeses demasiadas veces de pequeño – ofreció con voz falsamente calmada –, porque empiezo a preguntarme si nos correspondería subvención.
-Lo siento, sé que estuvo mal y no volveré a hacerlo.
-Es que verás, Bran, esto no es algo que se pueda dejar pasar – le explicó con voz lenta –. Le has robado un coche al director.
-Mamá lo hacía.
-Tu director no es tu tío.
-Vale, lo comprendo, no volveré a hacerlo.
-Ahora eso no vale, Bran. He tenido que hacer malabarismos para poder venir y convencer al director de que no pusiese una denuncia. Con lo que he pagado podrían ponerle mi nombre al ala de un hospital. Y todo para que tuvieses el expediente limpio por tu futuro como ladrón.
-No quiero ser ladrón.
-Eso me importa una mierda, yo ya he pagado, y no ha sido poco.
-Lo siento – repitió.
-¿Es que no había más coches?
-… Es complicado.
-¿Qué has hecho en ese coche, Bran?
Su hijo se sonrojó hasta la raíz del cabello.
Mierda.
Cómo se entere su madre estamos todos muertos.
-Genial – puso los ojos en blanco –. Al menos dime que usaste protección.
Bran se indignó, aun más rojo.
-¡Por supuesto que la he usado!
-Bueno, al menos no debo ser tan mal padre. Las mujeres te manipulan y utilizan, pero eres lo bastante listo como para no preñarlas.
-Marta y yo vamos en serio – le espetó de mal humor.
-¿Y eso que coño tiene que ver? Cómo nos hagas abuelos tu madre te mata. Y a mí también.
-No pensaba hacerlo…
-¿Y pensabas robar un coche?
-¡Te he dicho que lo siento!
-¡Tus disculpas no me valen! Te va a caer un castigo tan gordo, que la Santa Inquisición me mirará con reprobación por pasarme de cruel.
Brandon suspiró, repantigándose en el sillón aun más.
-Pues acaba rápido, quiero volver a mi cuarto.
-Te voy a cortar el grifo – afirmó –. Vamos, que no vas a tener ni medio euro para salir por ahí, porque también voy a bloquear tus cuentas, y a llevarme tu hucha.
-¡Pero papá…!
-No he acabado. Porque volverás TODOS los fines de semana a casa, y no saldrás de tu cuarto menos para comer. Desayunarás y cenarás allí. Por suerte, tu habitación tiene baño.
-No puedes hacer eso – le aseguró asustado.
-¿Recuerdas el segundo libro de Harry Potter? Pues seguro que podremos instalar una trampilla para pasarte la comida. Y no tendrás ordenador, ni móvil, ni reproductor de CD, ni libros que no sean de texto.
-¡Pero…!
-¡No hay peros que valgan!
-¡Mamá también robaba coches!
-¡Pero a ella no le pillaban!
-¡Eso es injusto!
-Hijo, ¿has oído hablar del pensamiento sofista? – le preguntó.
-Eh… No.
-Pues fíjate, hago bien castigándote así, es obvio que necesitas repasar filosofía. Los sofistas creían en el relativismo moral, en que no existía el bien y el mal, es decir, si robabas una barra de pan, para Sócrates eras un criminal, pero si no te descubrían, ellos no le veían nada de malo.
-¿Y?
-Que a ti te han descubierto, y que yo cuando me cabreo soy peor que Sócrates.

Cogió el móvil, que comenzaba a sonar.
En la pantalla apareció la fotografía de Ariadne, y a él se le escapó una sonrisa. Menos mal que nadie se había dado cuenta. Descolgó el teléfono.
-¿Deker?
-No, soy Claudia, ¿quién eres tú?
Se oyó un bufido al otro lado de la línea.
-Esa broma nunca ha tenido gracia.
-¿Qué broma?
-Déjalo. Me ha llamado Brandon gritando, muy enfadado y acusándote de maltrato infantil.
-¿Y?
-Tenía curiosidad. ¿Qué ha hecho?
-¿No te lo ha contado?
-No, se le puso la voz aguda y comenzó a disertar sobre que eso no tenía importancia, y que ningún crimen se merecía tal castigo, y que tú eras peor que Elsa Calzas.
-¿Quién es esa?
-Ni idea, será algún personaje de esa serie a la que es adicto.
-¿Recuerdas cuando nos sabíamos todos los personajes de todas las series y libros que salían a conversación? – preguntó con añoranza.
Ella rió.
-En ese entonces no teníamos hijos ocupando cada segundo de nuestro tiempo libre. Y además, la industria televisiva prácticamente se ha ido al garete.
-Internet, que es muy fuerte.
-Vale, y ahora no me cambies de tema, ¿qué ha hecho para que te pongas así? – él suspiró, incómodo – Deker, en dieciséis años puedo contar con los dedos de una mano las veces que has impuesto un castigo serio a alguno de los niños. Si no me lo cuentas apareceré por allí a preguntarlo personalmente.
-Ha robado el coche del director para irse con una chica.
-¿Una chica?
Eso es lo malo de que tu mujer sea la reina de los ladrones, reflexionó, que está acostumbrada a los robos, y aunque teóricamente lo desapruebe, en la práctica no le importa mucho que vuestros hijos roben algo.
-Sí. Y un coche. Del director.
-Tienes razón, es serio. Deberíamos hablar con él.
-¿Sobre el coche o la chica?
-Sobre ambos.
-No es necesario, ya lo he hecho yo. Y le he castigado.
-Sí, un castigo un poco duro, ¿no crees?
-Ha robado un coche – repitió más despacio.
-Cuando te pones así recuerdo que eres de familia de policías – bromeó.
-Pero bien que disfrutas tú de mi dominio con las esposas.
-Puedo sacar mis manos de las esposas en menos de un minuto.
-Pero no cuando te las pongo yo.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
-A lo mejor es que no lo intento, ¿no crees?
-No. Porque cuando no hago el truquito siempre te las quitas y me lo restriegas por la cara.
-No estábamos hablando de esto.
Deker rió, divertido por su incomodidad. Si su abuelo supiese que era capaz de esposar a la reina de los ladrones sin que esta pudiese escapar, puede que hasta se sintiese orgulloso. De no ser porque estaba casado con ella, y las esposas eran parte de un juego sexual. Eso lo hacía incluso más divertido.
-Te echo de menos – admitió.
Cuando llamaban, había una especie de competición por ver quien aguantaba más hasta decirlo. Lo triste es que solía perder él. Dios, se había convertido en Tania.
-Yo a ti también – su voz sonaba suave y cálida a través de la línea, y él volvió a maldecir a los estúpidos ladrones y sus estúpidas misiones.
-¿Qué llevas puesto, Rapunzel?
Volvió a oír risas al otro lado de la línea.
-Un pijama.
-Me gusta. ¿Qué pijama?
-Uno de andar por casa.
-¿Y debajo?
-Lencería fina – ironizó.
-¿Con o sin corsé?
-Deker, llamaba para saber como iba todo, conoces las reglas.
Odiaba las reglas.
-Sí, sí, lo sé. Media hora máximo.
-Y ha pasado hace unos cinco minutos.
-Pienso endurecer el castigo de Bran por llamarte.
-No lo hagas, las pocas veces que castigas, castigas a lo bestia.
-Creo que va a empezar un régimen.
-Mira, ya hablaremos de esto cuando vuelva, ¿vale? No te pases mucho con él. Y averigua quien era esa chica.
Reinas, ladronas, o enfermeras, una madre seguía siendo una madre, después de todo.
-Vale, ¿cuándo volverás?
-Pronto – le aseguró, hubo unos segundos de silencio –. Te quiero.
Al menos, era ella la que perdía en esa categoría.
-Y yo a ti.
-Ah, ¿y los demás niños?
-Carlota está convencida de que tengo que comprarle un vestido de princesa para Carnaval, no de esos que venden en las tiendas, quiere uno de verdad, de los que cuestan un riñón. Y el enano tiene un chichón enorme porque se ha caído de cabeza en la guardería.
-¿Otra más?
-Creo que sería más práctico contratar a una canguro, no podemos exigirles a las profesoras que estén pendientes cada segundo de él. Hasta con nosotros tiene accidentes.
-No es natural.
-Completamente de acuerdo.
-¿Sabes que estoy alargando la conversación a propósito, verdad?
-¿Qué clase de marido sería si no supiese leer eso entre líneas?
-Tengo que colgar.
-Está bien, te quiero.
-Y yo.
Los pitidos del teléfono le pusieron de mal humor.
Sí, Bran estaba engordando demasiado.
Iba a empezar la dieta del puerro crudo.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Sueños de Futuro

Vale, pues ya he acabado mi fic Ariker onírico/futurista/crossover-con-Lord.
Aviso de que tiene un final abierto. Muy abierto. Vamos, que parece más un capítulo que un fic autoconclusivo, pero con la poca información que tenemos sobre los episodios de En blanco y negro, no se pude refinar más.
Diosa Magik, lamento lo que he hecho con tus personajes, porque seguramente no estará a su altura.
Suma Sacerdotisa Sofía, lamento el poco Kennal.
Y ahora, a publicar.




Sueños de Futuro.


Ariadne no sabía donde estaba. Pero sí era consciente de que estaba soñando.
Se encontraba en una cocina bastante moderna, pero casi todo era de madera de roble muy clara, y entre eso y el ventanal por el que entraba la luz a raudales, parecía más grande de lo que era. Lo que significaba mucho, porque debía medir como dos habitaciones del Bécquer.
La nevera, además, estaba cubierta de dibujos y fotografías.
Estaba en una casa familiar. ¿Pero de quién era?
Oyó pasos acercándose, y se sobresaltó, encontrándose con Deker.
-¡Mamá!-llamó, Ariadne estaba esperando a oír algún chiste en plan “Se nos ha colado una princesa en casa”, así que puso los ojos en blanco; de todas formas, esa casa no parecía la de Deker- ¿Se puede saber donde estás?
¿Eh?
No me ha visto.
¡Un momento! ¡Ese no es Deker!
No, desde luego que no. Podía parecerse, pero no era él. Ella podría identificarle entre cien personas.
Que patético sonaba…
Pero no, no era él.
Era más joven, debía tener su edad. Y el estilo de pelo y ropa no concordaba mucho con el de Deker. Además, hablaba y andaba de forma distinta.
Pero no era natural que se pareciese tanto. Los mismos ojos, el mismo pelo, el mismo cuerpo… ¿Sería su juventud? No, para nada, ¡nadie podía cambiar tanto en tan poco tiempo!
Decidió que, ya que no le veía, no pasaría nada si le seguía y se enteraba de qué estaba soñando exactamente.
Llegaron a un salón enorme, aunque acogedor. Tenía una alfombra mullida, paredes de un color cálido, y elaboradas columnas de impoluta escayola subían por ellas para acabar en un techo ligeramente abovedado. En el centro había una mesa redonda de cristal, que más que mesa era una obra de arte, la rodeaban varios sillones de cuero brillante, y encima de ella había varias cosas, entre las que destacaba un candelabro de plata antiguo. Ese salón era una oda al arte y a la belleza, e igualmente, habían conseguido hacerlo cálido y familiar gracias a la gama de colores tierra que habían elegido para el mobiliario, podía imaginarte a una familia charlando allí, mientras veían la televisión.
-Esto es un sueño – susurró impresionada, antes de hacer una mueca –. Vale, eso es una obviedad. Pero es increíble, ¡ese es un reloj de Luís XIV! ¡Siempre he querido uno! ¡Es como tener tu propio Din Don!
Obnubilada totalmente con la belleza del lugar, no se dio cuenta de que había una mujer de espaldas a ella, que parecía jugar con un niño pequeño, de unos tres años.
-Mamá, quería preguntarte si…
-No – respondió la mujer automáticamente.
Un momento, ese pelo… No, no era posible.
-Pero mamá… – se quejó él.
-Ya lo hemos hablado – una versión suya con treinta y tantos se giró hacía ellos, obviamente irritada –. No.
-Por favor, déjame ir – le suplicó.
Nunca habría podido imaginarse a Deker Sterling suplicando por nada ni a nadie.
Ahora podía, y la perspectiva no le gustaba, no parecía él.
Porque no lo es, Ariadne.
-No vas a perderte la fiesta del Sábado, Brandon, es mi última palabra.
-He estado en quince de sus cumpleaños. ¿Tanto importa que falte a uno?
-Sí. Mucho.
-Estoy seguro de que ni siquiera quiere celebrarlo. ¡Cumple los cuarenta! Es una desgracia, no algo para celebrar.
Parecía que su yo onírico iba a responder, pero el niño se puso a patalear.
-Mamá, mami – exigió tendiéndole los brazos.
Suspiró, cogiendo al pequeño en brazos, que se aferró a ella. Era moreno, y tenía unos enormes ojos verdes. Su hermano los había tenido de ese color…
-Ya está – el adolescente puso los ojos en blanco, y ella se estremeció al reconocer un gesto tan suyo en la cara de Deker, o Brandon, de ese tío –. ¿Quieres dejar de llorar, enano?
-Deja a tu hermano en paz – exigió con voz férrea mientras acariciaba la espalda del niño.
-¡Se cela con nada!
-Tiene dos años, tú a tu hermana la mordías cuando nació, y tenías nueve.
Ariadne se sorprendió. Que grande era ese niño, no aparentaba dos años. Esbozó una mueca de terror al preguntarse si sería tan grande al nacer.
Eso debió doler…
-Estoy convencido de que os inventasteis esa historia…
Y se oyó el ruido de una puerta abriéndose. Junto al trino de los pájaros. O era la de la calle, o la del jardín.
Por favor, no. Por favor, que no sea…
-¡Hemos vuelto!
Se giró hacia la voz, que entraba en el salón.
Deker Sterling, un Deker al que, como mucho, le echarías unos treinta y pico, y no los cuarenta que decían que iba a cumplir, entró en salón de la mano de una niña de unos siete años.
La niña corría, tirando de él, y nadie del Bécquer habría creído que él sonreiría con algo cercano a la adoración mientras la seguía. Claro que ella le había visto con Hanna.
¿En qué estás pensando, Ariadne?
-¡Mamá! – la niña soltó su mano y corrió a abrazar a la otra Ariadne, que se las arregló con maestría para devolverle el abrazo y darle un beso sin soltar al pequeño.
-¿Cómo te ha ido en el pueblo, cielo?
-¡Bien! Papá me ha comprado un helado y una muñeca, está en el coche para que tú no la veas.
Su yo adulto miró a Deker con reprobación.
-La estás malcriando. Todavía más. Habría jurado que era imposible cuando le compraste el pony.
-Eh, cuida de Maximus y lo monta a menudo, no fue un error.
-¡Maximus es lo que más quiero del mundo! – le aseguró la niña, que se sobresaltó – ¡Y a ti y a papá y a mi hermanito también!
-¿Y yo dónde quedo? – preguntó el mayor.
-Tú eres tonto – le aseguró con decisión.
-No discutáis –les cortó –. En todo caso, cariño, ¿no crees que tienes bastante muñecas? No puedes jugar con todas ellas.
-¡Sí que puedo!
-Tienes mínimo cincuenta muñecas de porcelana y una docena de trapo.
-¡Papá! – se quejó la niña, buscando indignada la protección paterna.
-¿Tú y yo no habíamos dicho que no se lo íbamos a contar a mamá?
-Y, además, el helado. Ahora no va a merendar.
-El helado vale de merienda – se defendió.
Brandon, debió de ver, igual que ella, que no iban a acabar pronto, por lo que interrumpió.
-Papá, ¿puedo ir a Barcelona este fin de semana?
-A mí no me líes, habla con tu madre.
-Pero, ¿a ti te importaría que me perdiese tu cumpleaños?
-¿Y cómo ha estado mi niño favorito mientras no estaba? – preguntó a su vez, ignorándole y cogiendo al niño en brazos, que murmuró un incomprensible “papá”, mientras rodeaba su cuello con los brazos.
Bufó, tumbándose en un sillón, como si les diese a todos por perdidos.
-Muy bien, no se ha caído, tropezado, herido o golpeado en todo el día.
-No es natural la cantidad de accidentes que tiene este niño.
-A mí me lo vas a contar…
El niño – del que todavía no sabía el nombre – pareció darse cuenta de que hablaban de él, porque emitió una serie de sonidos inteligibles, mientras agitaba uno de sus bracitos hacía el reloj Din Don.
-Sí, mi vida, ahora te traigo la merienda – le aseguró su otro yo, levantándose y yendo hacia la cocina.
-Papá – comenzó Brandon, volviendo a la carga –, he sacado cinco sobresalientes en el último curso. Creo que soy lo bastante responsable y adulto como para poder ir a Barcelona para el concierto de The Guide.
-Hijo – respondió en el mismo tono serio –, si eres tan maduro y adulto, no necesitarás que te saque las castañas del fuego, y podrás convencer a tu madre por ti mismo.
-Pero…
-Ni peros ni peras, luego el que se la carga soy yo. A tu madre.
-¡Mamá nunca da su brazo a torcer! ¡Es imposible convencerla de algo! ¡Tardó catorce años en entender que no me gusta el yogurt con azúcar!
-Si eso fuese cierto, tú no estarías aquí – observó cogiendo su móvil, que acababa de sonar indicando que le había llegado un mensaje –. Tu madre se negaba, pero yo le dije que por una vez en la que se me había olvidado bajar a la farmacia, no iba a pasar nada – le miró con una ceja arqueada –, y tu eres la prueba viviente de que sí que pasa. Fueron nueve largos meses de “No va a pasar nada, ¿eh? ¡No va a pasar nada tu madre!”.
-¡Por favor, deja de decir esas cosas! ¡No quiero saberlas!
-No tortures al niño-se oyó desde la cocina.
-Eso. ¡Vosotros queríais tenerme!
-No te creas, es que tu madre es una gran actriz y por eso parece feliz en las fotos, se pasó un año con cara de ogro por ese incidente.
La otra Ariadne volvió tranquilamente de la cocina con la merienda, pegó un manotazo a Deker, y se arrodilló sobre la alfombra, mientras éste le tendía al niño.
-Queríamos tenerte, Brandon, no le escuches. Tu padre es estúpido.
-Por que tú lo digas, Rapunzel.
Sintió algo extraño retorciéndose en su pecho. Rapunzel… Sonaba tan raro en sus circunstancias…
-Te perdono si me dejas ir al concierto – le ofreció Brandon a su… a Deker.
-Imposible, el mensaje era de tío Álvaro, al final ha acabado sus asuntos antes de lo previsto y vendrá a la fiesta. No tendrías con quien quedarte en Barcelona.
-¿Y la tía Karen?
-Kenneth volvió antes por un asunto interno entre los ladrones que tenía que atender como rey – respondió su otro yo, dejándola patidifusa –. Y no le llaméis así.
-Tú también te reíste – le recordó Deker.
-La primera vez. Y había bebido.
-Pero te reíste.
-¿Y si fuese con mis amigos? – continuó Brandon.
-Aun menos.
-¡Pero mamá…!
-Tienes dieciséis años, no puedes ir sin vigilancia a una ciudad extraña.
-Vosotros a mi edad estabais salvando el mundo del chiflado ese con el que salías.
Su yo parecía querer responder, pero igual que ella, no tenía una respuesta para eso.
-Tu padre tenía diecinueve – dijo después de un largo silencio, en el que ni siquiera el niño se quejó por esa cuchara en el aire y sin movimiento –. Y teníamos supervisión, el tío Álvaro estuvo con nosotros todo el tiempo.
-Ya, ¿y cuándo robasteis la dama azul, qué?
-¡Exacto! – exclamó victoriosa – Tu padre estuvo al borde de la muerte en esa misión.
-También por culpa del chiflado con el que salía – añadió.
-Deker… – la advertencia sonaba clara en su voz.
-Vamos, princesa, tu madre está de mal humor – cogió la mano de la niña, que le dedicó una enorme sonrisa –. Vamos a por tu muñeca nueva.
-¡Bien! – exclamó – ¿Podemos coger también los vestidos de la semana pasada?
-Carlota, eso también era un secreto – le recordó pasándose una mano por la cara.
-Ya hablaremos tú y yo – le aseguró Ariadne.2 de mal humor.
Ambos salieron de la casa, y Brandon volvió al ataque.
-Mamá…
-Es su cumpleaños.
-Lo sé, pero…
-¿Recuerdas tu sexto cumpleaños?
-No, mamá, chantaje emocional no.
-Estuviste tres horas llorando porque no podía venir. Vino desde París en coche, con la mitad de las carreteras cortadas por la nieve para llegar a tiempo.
-… Cuando haces eso te odio – bufó frustrado, antes de volver a hundirse en el sillón con una mueca.
-Lo sé – limpió al niño con su babero, antes de cogerle en brazos –, pero te quedas voluntariamente.


Deker era consciente de estar soñando.
Lo que no sabía era porque estaba soñando con el cuarto que habría sido el sueño de su hermana, y de cada niña del mundo.
Era… Enorme. Las paredes estaban empapeladas en su totalidad con grandes franjas blancas y verde espuma de mar. La cama, también verde y con dosel, era del tamaño de una habitación promedio, pero se notaba que sólo se usaba una zona, dejando a un lado la lógica, por las centurias de peluches que llenaban la mayor parte.
Además, la pared frente a la cama parecía un enorme expositor de muñecas más que una pared.
Sintió que la puerta se abría y entraron dos personas.
-¿Ese tío soy yo? – preguntó incrédulo.
Los años le habían sentado de cine, desde luego.
Le arrastraba una niña, que era inquietantemente parecida a Ariadne, pero con sus ojos.
-Oh, esto es una mala señal – murmuró –. No, definitivamente no. No puedo estar soñando que tengo hijos con ella. ¡No puedo haberme convertido en Tania!
Ese hombre sorprendentemente parecido a él, cargaba con una caja y varias fundas para ropa con una mano, mientras la niña aferraba la otra.
-Papá, ¿puedo probármelos? – suplicó la niña con los ojos brillantes.
Su doble tanio arqueó una ceja.
-No creo que sea una buena idea. Además, estoy enfadado contigo.
La niña parecía al borde de un sincope.
-Pero… ¡Pero tú nunca te enfadas conmigo!
-Te dije que no se lo dijeses a tu madre, y ha sido lo primero que has hecho – la niña parecía incómoda –. Esto significa que no puedo confiar en ti, y por tanto, se acabó el trato de favor.
-¿Qué significa eso?
-Que haré caso a tu madre, y no habrá más compras en una buena temporada.
-Pff, siempre dices eso.
-Esta vez es en serio – miró a su alrededor –. Empieza a ser bochornoso que la gente entre en esta habitación y vean todo lo que tienes.
>>Lo que me recuerda. No subas a tus primas a la habitación, ¿quieres?
-Vale…
-Bien.
-¿Pero puedo probármelos?
El Tanio, suspiró con pesadez.
-Uno. Sólo uno.
-¡Eres el mejor padre del mundo! – le abrazó.
-Niña interesada – dijeron al mismo tiempo.
Deker se horrorizó ante la similitud con su yo tanio. ¡El nunca se comportaría así!
Excepto con Hanna.
¡Pero la situación es completamente distinta!
-¿Va a venir el tío Jason?
-No, no va a venir.
-¿¡Por qué no!? – la niña, de nuevo, parecía horrorizada.
Tanio suspiró.
-Carlota, ¿no te parece raro que se haga tanta fiesta por mi cumpleaños?
-Sí, bueno, con mamá no es algo tan grande – admitió.
-Eso es porque no es propiamente mi cumpleaños, es una excusa para reunirnos todos los del viejo grupo, ya que yo soy el único que cumple en verano y la reunión no interfiere con el trabajo.
-Pero el tío Jason es tu mejor amigo.
-Mi mejor amigo del trabajo. Mi mejor amigo es el tío Jero, y él si viene a la fiesta.
-¡Pero el tío Jero no es tan guapo como el tío Jason!
Tanio rió divertido.
-Así que es eso, ¿eh?
La niña se sonrojó, antes de desviar el tema.
-Quiero el vestido azul.
Su yo tanio no borró la sonrisa mientras dejaba las cosas sobre la cama y cogía una de las fundas.
Se oyó un claxon.
-Dejémoslo para otra ocasión. Ya ha llegado alguien.
-¡Bien!
La tal Carlota corrió fuera de la habitación, arrastrando a Tanio con ella.
Él dudó un segundo antes de seguirles, suspirando.
Fuera, Murray estaba bajando del coche.
Desde que sabía lo del compromiso, sentía verdaderas ganas de pegar una paliza a ese tío. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo en su sueño, pero a menos que fuesen a pelear, no le gustaba.
-¡Tía Karen! – gritó la niña abrazándole.
-¿Tía Karen? – rió.
La cosa estaba mejorando.
Karen suspiró, devolviéndole el abrazo.
-¿Tenéis que llamarme siempre así?
-Lo hacen de forma cariñosa, su majestad – afirmó Deker con una sonrisa torcida.
-Ya, cariñosísima – puso los ojos en blanco –. ¿Y Ariadne?
-En el salón.
-Vale, gracias.
-¿No me vas a felicitar?
-Tu cumpleaños es mañana.
-Que poca diplomacia emplea conmigo, majestad, ¿los ladrones se sienten seguros con usted defendiendo sus intereses?
-Más que con un Benavente sí.
-Au, cómo duele.
-¿Y el tío Álvaro? –preguntó la niña.
-Vendrá mañana por la mañana, Carlota – afirmó con una sonrisa.
-¿Y quién ha conducido?
-Yo – respondió con sorpresa.
-¿Te deja conducir solo?
-¡Por supuesto que me deja conducir!
-Papá no deja que mamá conduzca – observó –. Dice que es un peligro público.
-¿Y?
-Pensé que sería igual contigo, tía.
Tanio estaba conteniendo la risa, aunque él empezaba a comprender lo que estaba pasando. No, no podía tener tanta suerte.
-Ya, bueno, tu tío me deja conducir, y lo hago incluso mejor que él – afirmó con voz aguda.
-Vale, la tía Tania también conduce.
Murray parecía verdaderamente indignado.
-Kenneth – una Ariadne adulta salió a recibirle –, ¿qué tal el viaje?
-Hasta ahora bien – se colocó las gafas con el dedo índice.
-¿Qué ha dicho Deker? – preguntó mirándole mal.
-Tu hija parece pensar que no puedo conducir, porque a ti Deker no te deja.
Ella fulminó a ambos con la mirada.
-¿Es que quieres volver a la niña homófoga?
-No estamos metiéndonos con su orientación sexual, nos estamos metiendo con él – se defendió.
-De verdad, Deker, eres peor que los niños.
-No es posible.
Oh, mierda.
Esa voz…
Se giró lentamente, y vio a Ariadne Navarro mirándole horrorizada.
-Genial – susurró –. No es un sueño normal.
-¿Qué haces tú en mi sueño?
-¿Yo? ¡Eres tú la que se ha colado en mitad del mío!
-Esto es horrible – afirmó –. ¿Crees que tiene algo que ver con el Objeto que provoca sueños a Tania?
-No lo sé, pero el que escriba esto me cae fatal. ¡Esa niña me domina con dos frases!
-¡Y yo no quiero tener tres hijos!
Deker dio un paso atrás.
-¿Tres? – se horrorizó.
-¡Sí! ¡Tres! ¡Y uno es enorme!
-Esto es una pesadilla.
-Lo único bueno de este sitio es la casa.
-¿Casa? Es un palacio.
Ariadne se giró, mirando hacia la fachada.
-Joder.
-Vivimos en una sucursal del palacio de Versalles – observó.
-Y en medio del bosque. Estamos en el castillo de la Bella y la Bestia.
-Bueno, vale que me he dejado barba, pero de ahí a compararme con Bestia…
-En todo caso, está claro que esto no puede pasar, las cosas no coinciden con la realidad.
-Completamente de acuerdo, ¡ni siquiera tiene sentido! Se supone que estamos casados, pero yo he llamado a Murray majestad y mencionado su puesto como rey de los ladrones.
-¿En serio?
-Sí, y aquí está liado con Álvaro.
Ariadne se horrorizó.
-Lo peor es que no me sorprende.
-¿Y has visto el cuarto de esa niña? ¡Parece que estemos en una fantasía de Tania! Nunca había visto tantas muñecas juntas.
-¿Y el hijo mayor? ¡Eres tú con otra ropa y otro peinado!
-¿Se puede saber donde estamos?
-¿Cómo esperas que lo sepa?
Deker se dio cuenta de que desde que sabía el compromiso, no había cruzado tantas palabras con Ariadne. No supo como sentirse al respecto.
-A ver, primero hay que asegurarse de que esto no es un sueño raro de alguno de los dos.
-¿Y cómo hacemos eso?
-Mañana por la mañana, nada más vernos diremos una palabra, si el otro le mira de forma rara, es que esto no tiene que ver con un Objeto.
-¿Y si la decimos los dos?
-Entonces investigaremos esto. Sin decir nada a Tania y a Jero.
-Completamente de acuerdo.
Entonces, todo comenzó a ondularse y algo les separó de golpe, mientras las imágenes se dividían y multiplicaban.
Deker gritó la primera palabra que se le ocurrió antes de que todo se convirtiese en una especie de lámpara de lava que se cerró sobre su cabeza.

Deker abrió los ojos en su cama, y nada más hacerlo, todo volvió a él. Se incorporó de golpe, atrayendo la atención de Jero.
-¿Más pesadillas?
-Algo así.
Después de una ducha, se vistió con rapidez para bajar al comedor.
Ariadne ya estaba allí, y se levantó, acercándose a él.
Mala señal.
-Barraca – dijeron al mismo tiempo –. Mierda.
-Eh… ¿Qué pasa, chicos? – preguntó Jero algo perdido – ¿Os habéis reconciliado?
Ambos le miraron extrañados. Es verdad, no se hablaban.
-Larga historia. Cosas de Benaventes y ladrones. Cúbrenos en clase.
Agarró la muñeca de Ariadne y tiró de ella para salir de allí.
-Vamos al subterráneo. Hay que encontrar al Objeto que ha hecho esto.
-Tendremos que pasar ante Álvaro para llegar.
-Tiráremos una foto de Murray al aire y saldrá a perseguirla.
Ella puso los ojos en blanco.
Su muñeca le ardía en la palma de la mano.